29 Abril 2003 Seguir en 
En nuestra edición del domingo, dedicamos amplio espacio al tema del alcoholismo en los adolescentes. Se trata sin duda de una candente realidad actual. Aumenta exponencialmente el número de menores que ingieren bebidas alcohólicas durante sus reuniones con amigos y amigas, en un cuadro que alcanza sus picos más altos en los fines de semana. Dentro de esa realidad, ya no hay diferencia de sexos, puesto que las chicas beben a la par de los varones.
La Encuesta Nacional de Enseñanza Media, que se cita en la nota, al consignar que una enorme mayoría de varones y mujeres confiesa que bebió su primer trago de alcohol antes de los 13 y de los 14 años, respectivamente, no logra sino confirmar algo que es del dominio público.
Es más que suficiente, para corroborarlo, echar una mirada a las mesas de los boliches del Barrio Norte, pobladas por adolescentes que ingieren cerveza o fernet con gaseosa. Horas más tarde, esa euforia tendrá contundente expresión en grescas o en actos de vandalismo y latrocinio, como el reciente destrozo de un drugstore para vaciar la heladera. O llevará a la consumación de tragedias, como el caso de la joven de Alberdi que murió atropellada por el auto que guiaba un joven ebrio.
A quienes viven en la referida zona de San Miguel de Tucumán les resulta habitual encontrar, los domingos por la mañana, a menores que caminan tambaleándose, cuando no están tirados, durmiendo, junto al cordón de la vereda. Tal es la realidad de las divertidas noches de la adolescencia tucumana, noches que parecen desarrollarse sin control alguno de parte de sus progenitores y en cuyo transcurso puede ocurrir cualquier cosa.Frente a todos estos hechos, hay que convenir que la acción de la Municipalidad y de la Policía tiene una alarmante laxitud. Es conocida la prohibición que existe de vender alcohol a los menores, pero a la vista de todos está que se trata de una estipulación meramente teórica, cuya observancia real es mucho más la excepción que la regla. Y existen edictos policiales que sancionan el estado de ebriedad en la vía pública; pero nunca se ve que un representante de la ley intervenga frente al hecho concreto de adolescentes bebidos sentados en los zaguanes o en las veredas, que constituye cosa de todos los días.
Como si fuera poco, también se asiste a francos retrocesos en el tratamiento de esta adicción. Acaba de cerrar sus puertas la Sociedad de Ayuda al Enfermo Alcohólico (Saena), institución que desde hace 15 años constituía el único centro especializado para encarar la enfermedad, y que asistió a alrededor de unos 4.000 adictos, entre ellos muchos niños. La falta de pago de las atenciones por parte del Pami y del Subsidio de Salud ha creado una situación económica insostenible para esa institución. Además de esto, apuntemos que no deja de ser deplorable que la comunidad tucumana, por medio de sus fuerzas vivas, no haya sido capaz de evitar que cese un servicio de tan fundamental importancia, en una provincia donde el alcoholismo es un problema de notoria entidad.Este panorama tiene un deprimente carácter. La ingesta de bebida en los jóvenes significa la semilla de la enfermedad alcohólica, que constituye uno de los flagelos contemporáneos. Convierte en un infierno la vida del que la padece, y en un infierno similar la vida de su grupo familiar. El adicto al alcohol se convierte en un marginado, que no encuentra trabajo, que sufre rechazo social y que está destinado a la muerte prematura.
Debemos evitar, a todo trance, que el alcoholismo se sume a las muchas situaciones que pueden malograr a nuestra juventud. Atañe al Estado organizar una acción intensa y bien planificada contra esto. Y atañe a los padres asumir una responsabilidad que, lamentablemente, no siempre afrontan en tan delicado asunto.
La Encuesta Nacional de Enseñanza Media, que se cita en la nota, al consignar que una enorme mayoría de varones y mujeres confiesa que bebió su primer trago de alcohol antes de los 13 y de los 14 años, respectivamente, no logra sino confirmar algo que es del dominio público.
Es más que suficiente, para corroborarlo, echar una mirada a las mesas de los boliches del Barrio Norte, pobladas por adolescentes que ingieren cerveza o fernet con gaseosa. Horas más tarde, esa euforia tendrá contundente expresión en grescas o en actos de vandalismo y latrocinio, como el reciente destrozo de un drugstore para vaciar la heladera. O llevará a la consumación de tragedias, como el caso de la joven de Alberdi que murió atropellada por el auto que guiaba un joven ebrio.
A quienes viven en la referida zona de San Miguel de Tucumán les resulta habitual encontrar, los domingos por la mañana, a menores que caminan tambaleándose, cuando no están tirados, durmiendo, junto al cordón de la vereda. Tal es la realidad de las divertidas noches de la adolescencia tucumana, noches que parecen desarrollarse sin control alguno de parte de sus progenitores y en cuyo transcurso puede ocurrir cualquier cosa.Frente a todos estos hechos, hay que convenir que la acción de la Municipalidad y de la Policía tiene una alarmante laxitud. Es conocida la prohibición que existe de vender alcohol a los menores, pero a la vista de todos está que se trata de una estipulación meramente teórica, cuya observancia real es mucho más la excepción que la regla. Y existen edictos policiales que sancionan el estado de ebriedad en la vía pública; pero nunca se ve que un representante de la ley intervenga frente al hecho concreto de adolescentes bebidos sentados en los zaguanes o en las veredas, que constituye cosa de todos los días.
Como si fuera poco, también se asiste a francos retrocesos en el tratamiento de esta adicción. Acaba de cerrar sus puertas la Sociedad de Ayuda al Enfermo Alcohólico (Saena), institución que desde hace 15 años constituía el único centro especializado para encarar la enfermedad, y que asistió a alrededor de unos 4.000 adictos, entre ellos muchos niños. La falta de pago de las atenciones por parte del Pami y del Subsidio de Salud ha creado una situación económica insostenible para esa institución. Además de esto, apuntemos que no deja de ser deplorable que la comunidad tucumana, por medio de sus fuerzas vivas, no haya sido capaz de evitar que cese un servicio de tan fundamental importancia, en una provincia donde el alcoholismo es un problema de notoria entidad.Este panorama tiene un deprimente carácter. La ingesta de bebida en los jóvenes significa la semilla de la enfermedad alcohólica, que constituye uno de los flagelos contemporáneos. Convierte en un infierno la vida del que la padece, y en un infierno similar la vida de su grupo familiar. El adicto al alcohol se convierte en un marginado, que no encuentra trabajo, que sufre rechazo social y que está destinado a la muerte prematura.
Debemos evitar, a todo trance, que el alcoholismo se sume a las muchas situaciones que pueden malograr a nuestra juventud. Atañe al Estado organizar una acción intensa y bien planificada contra esto. Y atañe a los padres asumir una responsabilidad que, lamentablemente, no siempre afrontan en tan delicado asunto.







