28 Abril 2003 Seguir en 
El pueblo argentino deberá volver a las urnas en 20 días para definir la elección del presidente y del vicepresidente que conducirán los destinos del país hasta 2007. Este período que se abre hasta el 18 de mayo no sólo representa un desafío para las dos fórmulas que estrenarán la modalidad del ballottage, sino también para los candidatos que no llegaron a esta instancia y, fundamentalmente, para la comunidad toda. El reto de los próximos días es el de la responsabilidad.
A quienes integran los binomios que se medirán en las urnas en la segunda vuelta les cabe asumir que ahora ya no son los candidatos de tal o cual fracción, sino que de ellos surgirá, ineludiblemente, el próximo Gobierno de la Nación y de las provincias sin distinciones, según lo dice la teoría democrática (y según debiera manifestarlo también su práctica). Esta conciencia equivale a advertir que no se ha abierto una guerra sin cuartel de tres semanas entre un bando y otro, sino que hay un plazo tremendamente valioso para consensuar en qué líneas de acción hay que poner el acento para sacar adelante a esta República, independientemente de la letra fina de cada plataforma electoral. Hoy, como nunca antes, el país necesita que se perfilen y se distingan con total claridad las inmutables políticas de Estado de las coyunturales políticas de gobierno.
Esta hora histórica tampoco ha relevado de deberes y obligaciones a la oposición, cuyo papel no es menor. Para dimensionarlo, basta con observar el panorama poco alentador que enfrentarán los próximos gobernantes. La debacle se refleja en los apuros del Tesoro público, que desatiende cada vez más la prioritaria problemática de la salud pública, de la asistencia social y de la educación. Se evidencia en la crisis de la moneda nacional y de las cuasimonedas; en el deterioro de los salarios; en la merma dramática de las fuentes de trabajo y en el desaliento de las actividades creadoras de riqueza legítima, como ítems de una larga lista de hechos negativos.
A esto se suma una crisis moral atormentante, provocada por la falta de probidad en el manejo de la cosa pública, la ausencia de compromiso respecto del destino del país y la expansión de un crudo individualismo. El descreimiento de la población con respecto a la clase gobernante es el lógico corolario del desastre.
De modo que a quienes la ciudadanía ha elegido para que se desempeñen desde el lugar de la oposición les corresponde la tarea de colaborar para que la Argentina pueda recuperarse, controlando que quienes gobiernen no se desvíen del camino del bien común. Justamente, el cemento de que debe sellar las eventuales alianzas con vistas a la segunda vuelta debe ser el de las convicciones y no el del mero oportunismo o el de la conveniencia sectorial.
A los argentinos nos queda una tarea ímproba, que no es sino la de enarbolar la bandera de la sensatez. La historia de la Patria ha demostrado en oportunidades tan dolorosas como incontables que los errores de los gobiernos no se pagan con recursos convencionales sino con generaciones de compatriotas que ven frustrado uno de los anhelos básicos de toda sociedad y que se simplifica en vivir mejor de lo que vivieron sus padres.
Parece claro que, a esta altura, la población quiere una gestión de gobierno realista; la puesta en marcha de programas ajustados al presente y simultáneamente realizables y cuyos ejecutores demuestren una resuelta vocación de trabajo por la comunidad.
El ballottage, además, demostró en Francia que su resultado es un gobierno electo con una consistente mayoría de votos, que le da amplia legitimidad.
Pese a los sacrificios que se le ha exigido y que se le exige, nuestro pueblo sigue creyendo que es posible salir de la crisis y eso es notable. El optimismo a ultranza es tan tendencioso como el pesimismo cerrado. El equilibrio justo es la cordura.
A quienes integran los binomios que se medirán en las urnas en la segunda vuelta les cabe asumir que ahora ya no son los candidatos de tal o cual fracción, sino que de ellos surgirá, ineludiblemente, el próximo Gobierno de la Nación y de las provincias sin distinciones, según lo dice la teoría democrática (y según debiera manifestarlo también su práctica). Esta conciencia equivale a advertir que no se ha abierto una guerra sin cuartel de tres semanas entre un bando y otro, sino que hay un plazo tremendamente valioso para consensuar en qué líneas de acción hay que poner el acento para sacar adelante a esta República, independientemente de la letra fina de cada plataforma electoral. Hoy, como nunca antes, el país necesita que se perfilen y se distingan con total claridad las inmutables políticas de Estado de las coyunturales políticas de gobierno.
Esta hora histórica tampoco ha relevado de deberes y obligaciones a la oposición, cuyo papel no es menor. Para dimensionarlo, basta con observar el panorama poco alentador que enfrentarán los próximos gobernantes. La debacle se refleja en los apuros del Tesoro público, que desatiende cada vez más la prioritaria problemática de la salud pública, de la asistencia social y de la educación. Se evidencia en la crisis de la moneda nacional y de las cuasimonedas; en el deterioro de los salarios; en la merma dramática de las fuentes de trabajo y en el desaliento de las actividades creadoras de riqueza legítima, como ítems de una larga lista de hechos negativos.
A esto se suma una crisis moral atormentante, provocada por la falta de probidad en el manejo de la cosa pública, la ausencia de compromiso respecto del destino del país y la expansión de un crudo individualismo. El descreimiento de la población con respecto a la clase gobernante es el lógico corolario del desastre.
De modo que a quienes la ciudadanía ha elegido para que se desempeñen desde el lugar de la oposición les corresponde la tarea de colaborar para que la Argentina pueda recuperarse, controlando que quienes gobiernen no se desvíen del camino del bien común. Justamente, el cemento de que debe sellar las eventuales alianzas con vistas a la segunda vuelta debe ser el de las convicciones y no el del mero oportunismo o el de la conveniencia sectorial.
A los argentinos nos queda una tarea ímproba, que no es sino la de enarbolar la bandera de la sensatez. La historia de la Patria ha demostrado en oportunidades tan dolorosas como incontables que los errores de los gobiernos no se pagan con recursos convencionales sino con generaciones de compatriotas que ven frustrado uno de los anhelos básicos de toda sociedad y que se simplifica en vivir mejor de lo que vivieron sus padres.
Parece claro que, a esta altura, la población quiere una gestión de gobierno realista; la puesta en marcha de programas ajustados al presente y simultáneamente realizables y cuyos ejecutores demuestren una resuelta vocación de trabajo por la comunidad.
El ballottage, además, demostró en Francia que su resultado es un gobierno electo con una consistente mayoría de votos, que le da amplia legitimidad.
Pese a los sacrificios que se le ha exigido y que se le exige, nuestro pueblo sigue creyendo que es posible salir de la crisis y eso es notable. El optimismo a ultranza es tan tendencioso como el pesimismo cerrado. El equilibrio justo es la cordura.







