BUENOS AIRES.- Sumidos en la peor crisis de la historia, millones de argentinos concurrirán hoy a las urnas para elegir presidente y vice.
Los escogidos deberán completar, a partir del 25 de mayo, el mandato trunco del radical Fernando de la Rúa y gobernar, a partir del 10 de diciembre por cuatro años a la Argentina.
Por primera vez, desde la reforma constitucional del 94, parece haberse instalado con fuerza la necesidad de recurrir a una segunda vuelta o ballottage.
Con repechaje o sin él, lo cierto es que los comicios podrían convertirse en un punto de inflexión en la historia nacional.
Durante los últimos meses, los postulantes de las 18 fórmulas que competirán por el sillón de Rivadavia intentaron seducir. No sólo para "vender", sino también para sacar del letargo a los más de 25 millones de argentinos en condiciones de votar, pero descreídos de la política, de sus dirigentes y de las principales instituciones del país.
La deserción prematura de De la Rúa y los hechos posteriores dieron paso al "que se vayan todos". La propuesta-eslogan murió de muerte súbita, pero la dirigencia -que, porfiada, siguió en el camino- no fue capaz de encontrar la ruta necesaria para devolverle a la gente una herramienta contundente para "volver a creer".
Así, en medio de una fuerte apatía, descreimiento, desconcierto, falta de optimismo y miedo, pero con una buena dosis de esperanza, los argentinos buscarán en las urnas un mejor futuro para el país.
Con el acto comicial en sí, se habrá consolidado un nuevo peldaño democrático pero, además, se habrán profundizado los reclamos de respuestas largamente demoradas en la Argentina y que llevaron, durante el último año, a la primera página de los diarios imágenes de una República que nadie quiere volver a ver.
La judicialización de la política, la quema de urnas en Catamarca, los polémicos movimientos caudillezcos en el interior del país, la supresión de los derechos de propiedad -con la confiscación de los ahorros y su pesificación-, el aumento de la pobreza y la desnutrición infantil mucho mal le han hecho a la democracia que hoy, con el voto, podría recobrar una buena dosis de oxígeno, aunque sin optimismos mágicos.
La interna irresuelta
Como nunca, el peronismo llega a los comicios fracturado en tres y sin un solo dirigente capaz de alzar los símbolos partidarios. El miedo duhaldista al menemismo llevó al Presidente a la supresión de los comicios internos y a la atomización del partido.
La interna irresuelta entre Menem y Duhalde será dirimida, entonces, con irresponsabilidad, en los comicios nacionales, en el que también aspira a consolidar su posición partidaria Adolfo Rodríguez Saá.
Más cuerdo, en cambio, el radicalismo resolvió sus profundas divisiones con mayor pragmatismo y mayor rapidez. Elisa Carrió y Ricardo López Murphy abandonaron el partido para asfaltar su propia ruta y dejaron con las banderas de la centenaria fuerza a Leopoldo Moreau.
Como en otras ocasiones, la izquierda no pudo sellar acuerdos mínimos ni conciliar fórmulas, mientras otros sectores -integrados por candidatos eternos o ignotos- anotaban sus boletas ante la Justicia Electoral.
Sea quien fuere el presidente -en primera o segunda vuelta- se encontrará con un país desquiciado, con una peligrosa ansiedad en la gente por solucionar sus eternos problemas desde una clase política avara y con compromisos que ponen al país al borde del cepo. La elección está en marcha. La Argentina y los argentinos están a punto a disparar su propia "bala de plata". (DyN)







