Yo y mis circunstancias

Una sociedad que vive alimentándose del pasado.

27 Abril 2003
Por Roberto Espinosa

Hay pensamientos que tienen la buena fortuna de perdurar en el tiempo, pero, pese a ser repetidos, pocas veces son llevados a la práctica. "Yo soy yo y mis circunstancias", escribió el filósofo español José Ortega y Gasset en "Las meditaciones del Quijote", libro publicado en 1914, dos años antes de que el intelectual disertara en Tucumán. Y agregaba: "Pensar es dialogar con la circunstancia". Su colega Jean-Paul Sartre, notable bizco francés, quien nunca pisó suelo tucumano, afirmó que "el destino del hombre está en él mismo". Ambas expresiones pueden trasladarse a situaciones históricas -como la actual- en la idiosincrasia de los argentinos y, en particular, de los tucumanos. Pese a poseer un "yo soy yo" bastante acentuado, existe una suerte de imposibilidad para dialogar con las circunstancias que nos rodean y, paradójicamente, son las circunstancias las que nos manejan, cuando debería ser al revés. Las circunstancias son el reflejo de nuestras acciones o inacciones en la vida, ya sean individuales o colectivas.
Esa melancolía infiltrada en las raíces de nuestro mentado ser nacional denota una pasión por la nostalgia, por lo que fue y ya no es, que en alguna medida encierra un engaño porque el presente de ese tiempo pasado donde "todo fue mejor" era seguramente tan turbulento como el que hoy nos toca vivir. Tal vez la diferencia radique en que en décadas anteriores, había argentinos inteligentes, talentosos, honestos, que supieron salir de su burbuja individual y miraron hacia un destino colectivo; no pensaban sólo en el bienestar personal y de su familia, sino de toda la comunidad, de un país. Por esa razón, eran dueños de sus circunstancias y hacedores del destino propio y colectivo, y por ese motivo, pese a los constantes antagonismos, la Argentina creció como nación.
Da la impresión de que desde hace muchos lustros vivimos con la nostalgia del pasado. Seguimos afirmando que la última gestión que impulsó y concretó obras importantes para Tucumán fue la de Celestino Gelsi. Sin embargo, ya han pasado cuatro décadas. Hablamos de un esplendor cultural que feneció en los años 80; de un servicio de transporte público de pasajeros que alcanzó su gloria en los 80 y luego comenzó a colapsar... Asistimos a la realidad de una provincia, en cuyo suelo siguen brotando talentos, pero que parece vencida por la corrupción, por la ausencia de ley, por la falta de respeto por el otro, por la miseria y la desnutrición, por hospitales desmantelados y una educación destruida, por la prepotencia de la ilegalidad y de nuestros malos gobernantes. No obstante, esta anarquía, esta descomposición acelerada del tejido social no logran arrancar de la indiferencia a los ciudadanos que dejan que las circunstancias manejen a su libre arbitrio ese "yo soy yo" cada vez más insignificante y vergonzoso, a juzgar por la falta de participación cívica. ¿Cómo es posible que una sociedad tolere pasivamente y no increpe activamente a sus representantes por la muerte de niños por desnutrición o que permita que miles de tucumanos carezcan de un sistema de salud y de seguridad eficiente o que busquen el sustento diario en la basura?
"Todos los problemas de la Argentina están relacionados con la educación. El único nivel que funciona es el del jardín de infantes. El resto es un desastre. La corrupción no es sólo la coima o funcionarios ladrones... Corrupción es también mantener las universidades en un estado calamitoso, la injusticia social, una televisión donde hay alaridos y violencia, la desocupación, la marginalidad...", solía decir el cardiocirujano René Favaloro, cuyo suicidio no sirvió para sensibilizar a la clase dirigente.
A menudo olvidamos que nacimos para ser felices. Pero hay que construir esa felicidad, individual y colectivamente. Es necesario que aprendamos alguna vez que no se debe vender la piel, antes de matar al oso. Mientras las circunstancias nos sigan manejando, seguiremos condenados a un eterno sufrimiento.

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