27 Abril 2003 Seguir en 
Los argentinos hemos sido convocados hoy a las urnas, para hacer uso del instrumento más poderoso de la democracia representativa: elegir al futuro presidente de la Nación para los próximos cuatro años. Una serie de circunstancias históricas ha dado lugar a que esta cita alcance trascendencia inédita para las generaciones presentes, cuyas responsabilidades gravitarán, más que en ninguna otra donde debieron elegir a sus representantes, sobre el destino de la República. En primer término porque la Nación padece un vacío de sus instituciones fundamentales, los tres poderes del Estado, entre los que el Ejecutivo debe señalar el rumbo de la acción comprometida con la sociedad. Solamente la madurez demostrada por la ciudadanía ha permitido que en tales condiciones haya podido mantenerse la integridad nacional, desde que la decadencia política produjo ese vaciamiento, al que ha llegado la hora de ponerle fin para recuperar con independencia y orgullo la condición que nos debemos. La oferta política en los comicios es muy limitada, mas propone algunas alternativas que, mediante una elección reflexiva, pueden permitir poner fin a la vieja opción pendular entre populismo o autoritarismo. La profundidad de la crisis que soporta el país ha dado mayor complejidad a la elección, al disponerse que los comicios sean, de hecho, la interna del partido oficialista, que no pudo resolverse por causa de las viejas disputas de sus facciones. Esa circunstancia puede representar una trampa que acecha a los electores, pues permite que tres candidatos de una agrupación partidaria diriman por la Presidencia de la Nación, tratando de impedir la opción programática en que se funda el sistema de doble vuelta o ballottage. Es por ello, también, que la meditación sobre el sufragio requiere del ciudadano, en esta ocasión, una prudencia sin precedentes. Esa situación de la candidatura partidaria múltiple -expresamente vedada por la Constitución y las leyes electorales- no es la única condición limitante que se plantea al elector para definir su voto. Otra no menos grave es la dispersión provocada en el otro gran partido tradicional por causa directa de la crisis y que, como el caso anterior, ha contribuido significativamente al acrecentamiento del electorado independiente. Por añadidura, el bajo nivel de la mayoría de las campañas, caracterizadas por el predominio del agravio y las groseras descalificaciones de los rivales, sobre las propuestas para un nuevo tiempo, ha dado lugar a que esa gran mayoría de la sociedad argentina haya optado por la moderación que testimonian las encuestas de opinión.
En la terminología de las campañas ha predominado como elemento políticamente perverso la expresión "modelo", para aludir a las diferentes gestiones públicas cuyos resultados confluyeron en la decadencia del país. Quienes generalmente han abusado de ese recurso dialéctico han sido, paradójicamente, corresponsables en mayor o menor grado de algunos de esos capítulos que empobrecieron a la sociedad argentina y desacreditaron a la República. Es necesario por ello rescatar el término de esa degradación para que recupere su genuino sentido paradigmático y se convierta de nuevo en la gran aventura hacia el futuro, de esta sociedad libre que, asumiendo el ejemplo de nuestros antepasados, haga de la Carta Constitucional la gran guía de su rumbo. Ese y no otro es el gran modelo -aunque tan solitariamente mencionado en el debate electoral- para el ciudadano y la ciudadana que deben elegir en el cuarto oscuro a quien nos presida. Recuperar el orden fundador de la paz en común y la convivencia creativa, establecido en la Constitución, debe ser la ambición que nos guíe para elegir sin recaer en los errores que nos llevaron a desmerecer el destino de un gran país.
En la terminología de las campañas ha predominado como elemento políticamente perverso la expresión "modelo", para aludir a las diferentes gestiones públicas cuyos resultados confluyeron en la decadencia del país. Quienes generalmente han abusado de ese recurso dialéctico han sido, paradójicamente, corresponsables en mayor o menor grado de algunos de esos capítulos que empobrecieron a la sociedad argentina y desacreditaron a la República. Es necesario por ello rescatar el término de esa degradación para que recupere su genuino sentido paradigmático y se convierta de nuevo en la gran aventura hacia el futuro, de esta sociedad libre que, asumiendo el ejemplo de nuestros antepasados, haga de la Carta Constitucional la gran guía de su rumbo. Ese y no otro es el gran modelo -aunque tan solitariamente mencionado en el debate electoral- para el ciudadano y la ciudadana que deben elegir en el cuarto oscuro a quien nos presida. Recuperar el orden fundador de la paz en común y la convivencia creativa, establecido en la Constitución, debe ser la ambición que nos guíe para elegir sin recaer en los errores que nos llevaron a desmerecer el destino de un gran país.







