22 Abril 2003 Seguir en 
Se habla mucho de libros, en estos días, a propósito de la vigésimo novena edición de la Feria del Libro que se desarrolla en Buenos Aires. Esa popularidad -efímera- de los tomos impresos hace adecuada la ocasión para consignar algunas reflexiones, relativas a la escasa importancia que se otorga a los libros en tanto integrantes del patrimonio cultural. No nos referimos, en este momento, a los libros nuevos, disponibles en las librerías (y que, por cierto, también forman ese patrimonio), sino a los otros, los editados décadas atrás y que ya solamente se conservan en las bibliotecas.
Hace poco, informaciones periodísticas aportaron algunos síntomas de lo que ocurre en ese rubro. Más de un centenar de tomos estampados entre los siglos XVI y XVIII desaparecieron de una biblioteca de Mendoza. Hace dos años, en una de Jujuy, alguien se llevó una primera edición del "Quijote".
En 1983, la investigación sobre libros sustraídos de la Biblioteca del Congreso reveló que el delincuente había operado con idéntico provecho en siete prestigiosas bibliotecas públicas porteñas. En la excelente biblioteca del Zoológico de Buenos Aires, los 12.000 volúmenes que atesoraba se han reducido a unos 190. Unos 1.000 tomos que pertenecieron a la biblioteca de Victoria Ocampo, donada a la Unesco, desaparecieron de los anaqueles, y se denunció que varios de esos ejemplares se vendían a elevadas cifras en el exterior.
No es extraño que se roben los libros antiguos, cuando se piensa que es un material que, en ciertos casos, tiene elevada cotización internacional. De allí es que muchos de los robos se cometan por encargo de los coleccionistas.
Todo esto nos lleva al tema central, que es la falta de cuidado de dicho patrimonio. Porque, sin duda, el hecho de que los libros puedan ser robados, y en cantidad, indica que ello es posible porque no se los custodia como corresponde. Ocurre así tanto en la Capital de la República como en las ciudades y pueblos del interior del país. Y tan poca importancia se da al fenómeno que a veces pasan largos años hasta que se detecta la desaparición. Tucumán, por cierto, dista de ser una excepción en ese panorama de descuido generalizado.
No es extraño que las bibliotecas públicas sean víctimas de la rapiña. Su estado más frecuente es el de desorganización. Su fichado, cuando existe, tiene deficiencias que van desde su falta de actualización hasta la no coincidencia con la ubicación topográfica de los tomos. Como si ello fuera poco, tienen un personal que, además de ser escaso, se halla pésimamente pagado, y no puede al mismo tiempo atender a los solicitantes y controlar que nadie arrebate material de los estantes que, en casi todas, y en contra de las normas internacionales, están ubicados en las paredes de la sala de lectura.
Apena experimentar, en muchos de estos centros bibliográficos, la impresión de que se está ante un montón de libros y no ante bibliotecas. Solamente reciben alguna atención los estantes de los diccionarios, las enciclopedias y los textos de los escolares.
El resto es una masa polvorienta de lomos destartalados que no pareciera merecer cuidado alguno por parte de quienes están a su cargo. Una de las quejas de las bibliotecas es la carencia de fondos para adquirir nuevos libros; pero nunca se preocupan por mantener en buen estado los que tienen, y cuyo contenido, no por haber sido impreso hace mucho tiempo, deja de tener enorme valor.
Es decir que, dentro de la apreciable deuda que nuestra comunidad mantiene respecto de su patrimonio cultural, debe incluirse, en sitio significativo, la que guarda acerca de sus libros. Urge reaccionar contra una actitud de esa naturaleza. Y mucho más en estos tiempos, en que se proclama la prioridad de formar intelectualmente a la juventud.
Hace poco, informaciones periodísticas aportaron algunos síntomas de lo que ocurre en ese rubro. Más de un centenar de tomos estampados entre los siglos XVI y XVIII desaparecieron de una biblioteca de Mendoza. Hace dos años, en una de Jujuy, alguien se llevó una primera edición del "Quijote".
En 1983, la investigación sobre libros sustraídos de la Biblioteca del Congreso reveló que el delincuente había operado con idéntico provecho en siete prestigiosas bibliotecas públicas porteñas. En la excelente biblioteca del Zoológico de Buenos Aires, los 12.000 volúmenes que atesoraba se han reducido a unos 190. Unos 1.000 tomos que pertenecieron a la biblioteca de Victoria Ocampo, donada a la Unesco, desaparecieron de los anaqueles, y se denunció que varios de esos ejemplares se vendían a elevadas cifras en el exterior.
No es extraño que se roben los libros antiguos, cuando se piensa que es un material que, en ciertos casos, tiene elevada cotización internacional. De allí es que muchos de los robos se cometan por encargo de los coleccionistas.
Todo esto nos lleva al tema central, que es la falta de cuidado de dicho patrimonio. Porque, sin duda, el hecho de que los libros puedan ser robados, y en cantidad, indica que ello es posible porque no se los custodia como corresponde. Ocurre así tanto en la Capital de la República como en las ciudades y pueblos del interior del país. Y tan poca importancia se da al fenómeno que a veces pasan largos años hasta que se detecta la desaparición. Tucumán, por cierto, dista de ser una excepción en ese panorama de descuido generalizado.
No es extraño que las bibliotecas públicas sean víctimas de la rapiña. Su estado más frecuente es el de desorganización. Su fichado, cuando existe, tiene deficiencias que van desde su falta de actualización hasta la no coincidencia con la ubicación topográfica de los tomos. Como si ello fuera poco, tienen un personal que, además de ser escaso, se halla pésimamente pagado, y no puede al mismo tiempo atender a los solicitantes y controlar que nadie arrebate material de los estantes que, en casi todas, y en contra de las normas internacionales, están ubicados en las paredes de la sala de lectura.
Apena experimentar, en muchos de estos centros bibliográficos, la impresión de que se está ante un montón de libros y no ante bibliotecas. Solamente reciben alguna atención los estantes de los diccionarios, las enciclopedias y los textos de los escolares.
El resto es una masa polvorienta de lomos destartalados que no pareciera merecer cuidado alguno por parte de quienes están a su cargo. Una de las quejas de las bibliotecas es la carencia de fondos para adquirir nuevos libros; pero nunca se preocupan por mantener en buen estado los que tienen, y cuyo contenido, no por haber sido impreso hace mucho tiempo, deja de tener enorme valor.
Es decir que, dentro de la apreciable deuda que nuestra comunidad mantiene respecto de su patrimonio cultural, debe incluirse, en sitio significativo, la que guarda acerca de sus libros. Urge reaccionar contra una actitud de esa naturaleza. Y mucho más en estos tiempos, en que se proclama la prioridad de formar intelectualmente a la juventud.







