21 Abril 2003 Seguir en 
Todo lo que se refiera a la circulación de la moneda constituye un tema por demás sensible, y debe por tanto manejarse con el mayor de los cuidados. Hace pocos días nos referimos en este comentario a los problemas que enmarcan la anunciada desaparición de los Bonos de Cancelación de Deudas, conocidos por el público como "bonos" a secas y con los cuales convivimos desde hace ya 18 años, nada menos. Es conocido que su masiva emisión ha determinado -según todos lo saben y lo sufren- la desaparición en esta plaza de la moneda nacional, que sólo puede obtenerse pagando un elevado desagio.
Tal desagio ha subido al 12 por ciento en la jornada del sábado. La razón es un tanto obvia. Esa seudomoneda, para seguir siendo aceptada como medio de pago, requiere como elemento fundamental la confianza, en quien la recibe, de que podrá canjearla luego por dinero en efectivo bajo ciertas condiciones. Cuando estas condiciones empiezan a alterarse o a perder claridad, la confianza desaparece rápidamente y, en consecuencia, se inicia el ascenso del valor de cambio.
En estos momentos, justamente, las condiciones no terminan de clarificarse. La Nación ha emitido una ley para terminar con los bonos en todo el país, y el Ejecutivo de Tucumán elevaría hoy a la Legislatura el proyecto de adhesión a aquella norma. El problema es cómo se implementará el canje, y a cuánto llegará el desagio que los tenedores de bonos tienen que sufrir para convertirlos en efectivo. Sabemos que instituciones diversas del comercio y de la empresa (la FET, la Unión Industrial, la Cámara de Supermercados) sostienen que el canje debe hacerse a razón de 1 bono por 1 peso, tesitura que el Gobierno ve como imposible.
De acuerdo a lo que informamos, esta semana convocará a los empresarios para acordar las pautas del rescate. Al mismo tiempo, se anuncia que el Gobierno declararía la guerra a las "cuevas" por medio de un férreo control impositivo. Aunque no es discutible que el pago de impuestos es una obligación y que debe ser cumplida, es indudable que esa "guerra" tendrá también un infalible efecto que no conviene a nadie, esto es, el crecimiento de las dificultades para obtener efectivo en la plaza de Tucumán.
Entretanto, el ciudadano común, el hombre de la calle, se encuentra en un atolladero sin salida, sometido a situaciones realmente patéticas en los casos en que debe pagar indefectiblemente con esa moneda nacional que cada vez le resulta más costoso de obtener. Esta es una situación concreta y extremadamente grave, que no admite continuar irresuelta sin que nos conduzca a estallidos de imprevisible magnitud. No puede decirse otra cosa, cuando se piensa que vivimos en una provincia donde, además de los dramáticos índices de pobreza y de desempleo, prácticamente la totalidad de sus habitantes recibe bonos en pago de su trabajo. Es decir que, además, aumentan peligrosamente los niveles de deterioro de su salario real.
La cuestión, entonces, no admite dilaciones. Es urgente que el Estado provincial fije reglas de juego claras para este tan delicado momento de las finanzas. Solamente la transparencia de aquellas puede lograr un restablecimiento de la confianza en los bonos, mientras se produce esa desaparición que se aguarda con expectativa. Los sustitutos de la moneda nacional han constituido uno de los más eficaces elementos de caos en la economía de varias provincias argentinas. Pero ninguna ha llegado al desastroso nivel que el tema alcanzó en la nuestra, con la desaforada emisión de esos títulos, a pesar de las advertencias que hasta el cansancio formularon los economistas.
Así, urge salir definitivamente de los bonos. Pero hay que hacerlo a través de medidas de formulación inequívoca, adoptadas antes de que la desconfianza se agrave.
Tal desagio ha subido al 12 por ciento en la jornada del sábado. La razón es un tanto obvia. Esa seudomoneda, para seguir siendo aceptada como medio de pago, requiere como elemento fundamental la confianza, en quien la recibe, de que podrá canjearla luego por dinero en efectivo bajo ciertas condiciones. Cuando estas condiciones empiezan a alterarse o a perder claridad, la confianza desaparece rápidamente y, en consecuencia, se inicia el ascenso del valor de cambio.
En estos momentos, justamente, las condiciones no terminan de clarificarse. La Nación ha emitido una ley para terminar con los bonos en todo el país, y el Ejecutivo de Tucumán elevaría hoy a la Legislatura el proyecto de adhesión a aquella norma. El problema es cómo se implementará el canje, y a cuánto llegará el desagio que los tenedores de bonos tienen que sufrir para convertirlos en efectivo. Sabemos que instituciones diversas del comercio y de la empresa (la FET, la Unión Industrial, la Cámara de Supermercados) sostienen que el canje debe hacerse a razón de 1 bono por 1 peso, tesitura que el Gobierno ve como imposible.
De acuerdo a lo que informamos, esta semana convocará a los empresarios para acordar las pautas del rescate. Al mismo tiempo, se anuncia que el Gobierno declararía la guerra a las "cuevas" por medio de un férreo control impositivo. Aunque no es discutible que el pago de impuestos es una obligación y que debe ser cumplida, es indudable que esa "guerra" tendrá también un infalible efecto que no conviene a nadie, esto es, el crecimiento de las dificultades para obtener efectivo en la plaza de Tucumán.
Entretanto, el ciudadano común, el hombre de la calle, se encuentra en un atolladero sin salida, sometido a situaciones realmente patéticas en los casos en que debe pagar indefectiblemente con esa moneda nacional que cada vez le resulta más costoso de obtener. Esta es una situación concreta y extremadamente grave, que no admite continuar irresuelta sin que nos conduzca a estallidos de imprevisible magnitud. No puede decirse otra cosa, cuando se piensa que vivimos en una provincia donde, además de los dramáticos índices de pobreza y de desempleo, prácticamente la totalidad de sus habitantes recibe bonos en pago de su trabajo. Es decir que, además, aumentan peligrosamente los niveles de deterioro de su salario real.
La cuestión, entonces, no admite dilaciones. Es urgente que el Estado provincial fije reglas de juego claras para este tan delicado momento de las finanzas. Solamente la transparencia de aquellas puede lograr un restablecimiento de la confianza en los bonos, mientras se produce esa desaparición que se aguarda con expectativa. Los sustitutos de la moneda nacional han constituido uno de los más eficaces elementos de caos en la economía de varias provincias argentinas. Pero ninguna ha llegado al desastroso nivel que el tema alcanzó en la nuestra, con la desaforada emisión de esos títulos, a pesar de las advertencias que hasta el cansancio formularon los economistas.
Así, urge salir definitivamente de los bonos. Pero hay que hacerlo a través de medidas de formulación inequívoca, adoptadas antes de que la desconfianza se agrave.







