La tragedia siempre se pinta con rojo

Por Jorge Figueroa 23 Marzo 2010
Son numerosas las teorías que existen sobre el color. A lo largo de siglos, físicos, químicos y psicoanalistas han elaborado diversas como antagónicas hipótesis al respecto. Pero en lo que parece no haber dudas es que el rojo es el color de la tragedia. Si uno pensara en los textos de Federico García Lorca, por ejemplo, el teatro ha respondido con persistencia en pintarlos con ese color en las puestas en escena de sus obras. El rojo connota pasión, fuego, fuertes sentimientos, pero por sobre todo, sangre, muerte. Así son las cosas, porque en la tragedia siempre hay una muerte. Desde estas consideraciones, no puede resultar extraño, entonces, que la sala Spilimbergo aparezca como teñida de rojo por estos días. En dos de los premios, ese color ocupa casi toda la superficie de las telas, mientras que la tercera le reserva un foco de atención interesante, con una inscripción inconfundible. Pero a diferencia de las reminiscencias mitológicas de la tragedia -atribuida a los dioses, en algunos casos, y a las fuerzas de la naturaleza, en otros- de la tragedia de la que aquí se trata tiene nombres, apellidos, responsables políticos y económicos, principalmente. No hay arte que no sea de su tiempo, señalaba un viejo filósofo. El artista, casi, casi, no puede elegir.

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