19 Marzo 2010 Seguir en 
Quien haya participado en una puesta en escena debe recordar más de una broma interna generada por algún integrante del elenco. Hay directores o responsables de las puestas en escena totalmente intransigentes ante este tipo de situaciones, porque entienden que atentan contra la calidad del producto que se ofrece al público; y hay otros que consideran que si la broma no trasciende a la platea, puede significar un desafío para los actores, y hasta que es posible que los ayude a combatir la mecanización de las acciones que suele sobrevenir con la repetición de las funciones. Está claro que ese límite entre lo que el público puede o no percibir como una anomalía en la puesta es sumamente difuso.
Maquinistas y utileros solían sumarse con entusiasmo a las bromas: zapatos que el actor debía ponerse en escena y que estaban clavados al piso, cajones que no se abrían, armas que no disparaban, galanes que eran despeinados un segundo antes de entrar a escena (sin posibilidad de recomponer la imagen antes de enfrentar al público), ropas que deben ponerse en escasos segundos con las mangas anudadas, y muchas otras variantes.
Una de las peores bromas que recuerdo no me tuvo como destinatario, aunque fui testigo directo de sus consecuencias. En la quinta escena de "Mi Bella Dama" (Teatro Estable, 1979) mi personaje, el lingüista Henry Higgins, pretende que su discípula, Eliza Doolittle, realice ciertos ejercicios para mejorar la dicción.
Uno de ellos consiste en hacerla pronunciar frases complejas con varias canicas en la boca. En una de las funciones, cuando fui a tomar las bolillas para dárselas a Viviana Pereyra (que encarnaba a la florista), noté cierta aspereza en los cristales; pero no había tiempo para nada, y las introduje en la boca de la actriz. Un par de segundos después Viviana me lanzó una mirada desesperada, pero continuó estoicamente con sus parlamentos; afortunadamente, la escena dura apenas unos segundos más. Cuando se cerró el telón, la actriz sufrió un violento ataque de tos, y luego comprobamos que algún insensato había espolvoreado las bolillas con pimienta. Afortunadamente, Viviana se recompuso y minutos después cerró de manera impecable "Podría yo bailar" ("I could have danced all night"), uno de los números musicales más aplaudidos de la pieza.
Maquinistas y utileros solían sumarse con entusiasmo a las bromas: zapatos que el actor debía ponerse en escena y que estaban clavados al piso, cajones que no se abrían, armas que no disparaban, galanes que eran despeinados un segundo antes de entrar a escena (sin posibilidad de recomponer la imagen antes de enfrentar al público), ropas que deben ponerse en escasos segundos con las mangas anudadas, y muchas otras variantes.
Una de las peores bromas que recuerdo no me tuvo como destinatario, aunque fui testigo directo de sus consecuencias. En la quinta escena de "Mi Bella Dama" (Teatro Estable, 1979) mi personaje, el lingüista Henry Higgins, pretende que su discípula, Eliza Doolittle, realice ciertos ejercicios para mejorar la dicción.
Uno de ellos consiste en hacerla pronunciar frases complejas con varias canicas en la boca. En una de las funciones, cuando fui a tomar las bolillas para dárselas a Viviana Pereyra (que encarnaba a la florista), noté cierta aspereza en los cristales; pero no había tiempo para nada, y las introduje en la boca de la actriz. Un par de segundos después Viviana me lanzó una mirada desesperada, pero continuó estoicamente con sus parlamentos; afortunadamente, la escena dura apenas unos segundos más. Cuando se cerró el telón, la actriz sufrió un violento ataque de tos, y luego comprobamos que algún insensato había espolvoreado las bolillas con pimienta. Afortunadamente, Viviana se recompuso y minutos después cerró de manera impecable "Podría yo bailar" ("I could have danced all night"), uno de los números musicales más aplaudidos de la pieza.
Lo más popular
Ranking notas premium







