07 Marzo 2010 Seguir en 

El secreto de sus ojos competirá, junto a otras cuatro películas, por el Oscar al mejor film extranjero. La producción de Juan José Campanella llega a Hollywood con recursos técnicos y una agilidad narrativa que tienen poco que envidiarle a los mejores thrillers de la industria norteamericana y que la alejan de la recurrente parsimonia del nuevo cine argentino. El secreto de sus ojos deriva de La pregunta de sus ojos, novela de Eduardo Sacheri (quien escribió el guión de la película junto a Campanella) publicada originalmente, y sin gran repercusión, en 2005 y reeditada a mediados del año pasado.
El protagonista es Benjamín Chaparro (Espósito en la película), un prosecretario jubilado de un juzgado de instrucción que empieza a escribir una historia sobre un homicidio que marcó su vida. Los oscuros años 70, un amor inconfesable y una trama compleja se combinan dentro de una historia que logra atrapar al lector.
La obra de Campanella, gracias a actuaciones notables y a sus artificios visuales, supera al texto inspirador. Pero tanto el libro como la película tienen un ritmo similar y múltiples méritos. Entre estos últimos, puede destacarse la elucubración del estremecedor desenlace, que tiene reminiscencias de El evangelio según Marcos, el cuento de Jorge Luis Borges.
LA DIRECCION
© LA GACETA
Fragmento de La pregunta de sus ojos
"Liliana decía que un hombre que es capaz, por el amor de una mujer, de cambiar su forma de ser, es un hombre que merece ser correspondido. Ricardo Morales tampoco olvidó esa conversación, y decidió seguir siendo así para siempre y para ella. Nunca se había sentido digno de nada, y mucho menos de semejante mujer. Pero supo que iba a aprovechar mientras pudiera. Hasta que el hechizo se rompiera y todo volviese a ser ratones y calabazas.
Por todo eso Morales recordaría para siempre que el 30 de mayo de 1968 Liliana tenía puesto el camisón verde agua, y se había recogido el pelo en un rodete sencillo del que escapaban algunas hebras de pelo castaño, y el sol que entraba oblicuo por la ventana de la cocina le daba en la mejilla izquierda y se la encendía y la volvía aún más hermosa, y que habían tomado té con leche y comido tostadas con manteca, y que habían hablado de qué muebles quedarían mejor en la sala, y que él se había levantado de la mesa para traer desde el comedor unos planitos que había estado haciendo para distribuir los muebles de la manera más armoniosa posible, y que ella se había reído de su manía de planificar todo, y lo había mirado profundamente y le había sonreído y le había dicho que no se tomara tanto trabajo con esos muebles viejos, pobrecito, porque más temprano que tarde tendrían que transformar la sala en dormitorio, y él, lento y distraído o mejor, obnubilado en la adoración de esa mujer de otra galaxia, no habría de reparar en la indirecta, aunque sí atinaría a tomarla de la cintura para caminar juntos hasta la puerta de calle, para besarla lentamente en el umbral, para decirle adiós con la mano al salir, sin saber que era para siempre".
El protagonista es Benjamín Chaparro (Espósito en la película), un prosecretario jubilado de un juzgado de instrucción que empieza a escribir una historia sobre un homicidio que marcó su vida. Los oscuros años 70, un amor inconfesable y una trama compleja se combinan dentro de una historia que logra atrapar al lector.
La obra de Campanella, gracias a actuaciones notables y a sus artificios visuales, supera al texto inspirador. Pero tanto el libro como la película tienen un ritmo similar y múltiples méritos. Entre estos últimos, puede destacarse la elucubración del estremecedor desenlace, que tiene reminiscencias de El evangelio según Marcos, el cuento de Jorge Luis Borges.
LA DIRECCION
© LA GACETA
Fragmento de La pregunta de sus ojos
"Liliana decía que un hombre que es capaz, por el amor de una mujer, de cambiar su forma de ser, es un hombre que merece ser correspondido. Ricardo Morales tampoco olvidó esa conversación, y decidió seguir siendo así para siempre y para ella. Nunca se había sentido digno de nada, y mucho menos de semejante mujer. Pero supo que iba a aprovechar mientras pudiera. Hasta que el hechizo se rompiera y todo volviese a ser ratones y calabazas.
Por todo eso Morales recordaría para siempre que el 30 de mayo de 1968 Liliana tenía puesto el camisón verde agua, y se había recogido el pelo en un rodete sencillo del que escapaban algunas hebras de pelo castaño, y el sol que entraba oblicuo por la ventana de la cocina le daba en la mejilla izquierda y se la encendía y la volvía aún más hermosa, y que habían tomado té con leche y comido tostadas con manteca, y que habían hablado de qué muebles quedarían mejor en la sala, y que él se había levantado de la mesa para traer desde el comedor unos planitos que había estado haciendo para distribuir los muebles de la manera más armoniosa posible, y que ella se había reído de su manía de planificar todo, y lo había mirado profundamente y le había sonreído y le había dicho que no se tomara tanto trabajo con esos muebles viejos, pobrecito, porque más temprano que tarde tendrían que transformar la sala en dormitorio, y él, lento y distraído o mejor, obnubilado en la adoración de esa mujer de otra galaxia, no habría de reparar en la indirecta, aunque sí atinaría a tomarla de la cintura para caminar juntos hasta la puerta de calle, para besarla lentamente en el umbral, para decirle adiós con la mano al salir, sin saber que era para siempre".
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