05 Marzo 2010 Seguir en 
Hay un estante en una de las bibliotecas de mi casa en la que todavía están amontonados unos 30 long-plays. Esos sobres cuadrados guardan placas de vinilo cuyo tamaño hoy puede parecer descomunal; sin embargo, fueron en su momento la gran novedad tecnológica, y condenaron al olvido a los pesados y poco prácticos discos de pasta que giraban a 78 revoluciones por minuto, y también a las grabaciones que se reproducían a 45 r.p.m. Obligaron también a actualizar los medios de reproducción, y a desembarazarse de los "tocadiscos" y reemplazarlos por los "combinados" o las bandejas conectadas a potentes amplificadores y a voluminosos "baffles".
En aquellos tiempos en los que la posibilidad de sentarse frente a una pantalla, ejecutar unos sencillos comandos y obtener una grabación en pocos minutos y a domicilio ni siquiera se cruzaba por la mente del más afiebrado fanático de los cuentos de ciencia ficción, la única posibilidad de disfrutar de la música de los ídolos del momento era escucharla en las radios (de AM, porque la FM todavía era ajena a nuestras latitudes) o pasar, por ejemplo, por "Yaraví" (legendaria disquería ubicada al fondo de la Galería LA GACETA) y preguntar si ya había llegado el correspondiente LP. Para toda una generación, los años 60 estuvieron marcados por el acontecimiento que significaba la aparición sucesiva de "elepés" que, a la vuelta de los años, adquirieron la condición de históricos; entre ellos están, por supuesto, todos los de Los Beatles. Resulta muy difícil describir la conmoción que nos causaba la aparición en las vidrieras de una nueva tapa, de cuya existencia ya nos habíamos enterado a través de la prensa. Por eso recordamos, por ejemplo, la irrupción en las bateas de aquella cubierta blanca en la que las siluetas de los cuatro flequilludos deletreaban la palabra "Help"; poco después, los rostros inconfundibles, levemente deformados por la lente, ilustraron la tapa de "Rubber soul", con el título del disco escrito en letras que fluían desde el ángulo superior izquierdo del cuadrado. Un año más tarde, la cubierta de "Revolver" terminó colgada en más de una pared: el excelente dibujo, completado por un collage de fotos resultó casi tan sorprendente como el contenido musical del álbum. Y en 1967 estalló toda la creatividad beatle en la histórica portada de "Sgt. Pepper´s". Después vino la sobriedad extrema del "doble blanco", el melancólico desfile por Abbey Road y la explosión pop de "Yellow submarine". La cubierta de "Let it be", finalmente, certificó en la imagen la separación que ya vivían creativa y musicalmente, por más que George siguiera sonriendo.
Hoy seguimos escuchando grabaciones remasterizadas y mejoradas de Los Beatles; la experiencia sirve para recuperar las sensaciones que nos producían aquellos cartones cuadrados, con los que en nuestras memorias ha quedado asociado para siempre su incomparable talento musical.
En aquellos tiempos en los que la posibilidad de sentarse frente a una pantalla, ejecutar unos sencillos comandos y obtener una grabación en pocos minutos y a domicilio ni siquiera se cruzaba por la mente del más afiebrado fanático de los cuentos de ciencia ficción, la única posibilidad de disfrutar de la música de los ídolos del momento era escucharla en las radios (de AM, porque la FM todavía era ajena a nuestras latitudes) o pasar, por ejemplo, por "Yaraví" (legendaria disquería ubicada al fondo de la Galería LA GACETA) y preguntar si ya había llegado el correspondiente LP. Para toda una generación, los años 60 estuvieron marcados por el acontecimiento que significaba la aparición sucesiva de "elepés" que, a la vuelta de los años, adquirieron la condición de históricos; entre ellos están, por supuesto, todos los de Los Beatles. Resulta muy difícil describir la conmoción que nos causaba la aparición en las vidrieras de una nueva tapa, de cuya existencia ya nos habíamos enterado a través de la prensa. Por eso recordamos, por ejemplo, la irrupción en las bateas de aquella cubierta blanca en la que las siluetas de los cuatro flequilludos deletreaban la palabra "Help"; poco después, los rostros inconfundibles, levemente deformados por la lente, ilustraron la tapa de "Rubber soul", con el título del disco escrito en letras que fluían desde el ángulo superior izquierdo del cuadrado. Un año más tarde, la cubierta de "Revolver" terminó colgada en más de una pared: el excelente dibujo, completado por un collage de fotos resultó casi tan sorprendente como el contenido musical del álbum. Y en 1967 estalló toda la creatividad beatle en la histórica portada de "Sgt. Pepper´s". Después vino la sobriedad extrema del "doble blanco", el melancólico desfile por Abbey Road y la explosión pop de "Yellow submarine". La cubierta de "Let it be", finalmente, certificó en la imagen la separación que ya vivían creativa y musicalmente, por más que George siguiera sonriendo.
Hoy seguimos escuchando grabaciones remasterizadas y mejoradas de Los Beatles; la experiencia sirve para recuperar las sensaciones que nos producían aquellos cartones cuadrados, con los que en nuestras memorias ha quedado asociado para siempre su incomparable talento musical.
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