Teatro y gastronomía

26 Febrero 2010
Quien haya seguido de cerca o haya participado directamente en una puesta en escena ha de saber que, con cierta frecuencia, el director y los actores consiguen avances significativos en su tarea fuera del ámbito físico del escenario propiamente dicho. Las charlas acerca del abordaje de la pieza, de ciertas escenas o de aspectos específicos del personaje son de vital importancia para la complementación de sensibilidades, oficio y talento que resulta indispensable para concretar una buena actuación dentro de una puesta en escena. Muchas de esas conversaciones encuentran el ámbito ideal ante una mesa bien servida (y regada) o frente a incontables pocillos de café. 
En la década del 70, cuando daba los primeros pasos de mi carrera actoral, era casi un rito prolongar los ensayos en largas tenidas en algún bar o restaurante. Por esos años, el elenco del teatro Universitario solía recalar en masa en el ya desaparecido "El Duque" (9 de Julio casi Crisóstomo Alvarez) para calentar alma y cuerpo con una excelente sopa pavesa mientras las conversaciones convergían fatalmente sobre la pieza que estábamos ensayando. Y después, esas charlas continuaban a pocos metros de allí, en "El Buen Gusto", o en "La Cosechera" (San Martín y Junín). A veces, la excursión nos llevaba a Marcos Paz y Maipú, para sentarnos a las mesas del "Maxim´s".
A un par de cuadras de allí, la esquina de avenida Sarmiento y Maipú ejercía una atracción casi magnética sobre los distintos elencos, aunque por razones de proximidad con el teatro San Martín se identificaba más con "los del Estable". Allí dábamos rienda suelta a las charlas teatrales mientras compartíamos las portentosas milanesas de "Amín" (exactamente en la esquina) o las pastas que ofrecía "San Remo Notte" (a pocos metros, sobre Sarmiento). La trasnoche se prolongaba en "La ruletita", un rincón muy preciado por la música que reproducía el excelente equipo de sonido  del bar. En ese ambiente, decorado con dibujos de plásticos tucumanos y con viejos programas teatrales, a veces nos cruzábamos con periodistas de LA GACETA, que esperaban el diario recién impreso para releer las crónicas que horas antes habían escrito en sus ruidosas Olivetti. 
Muchos de los personajes  que aplaudió en los teatros una generación de tucumanos terminaron de forjarse alrededor de aquellas pintorescas mesas, cuya existencia hoy sólo rescata la nostalgia de algunos memoriosos.

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