Los incas estaban prevenidos

Por Valeria Totongi 28 Enero 2010
De un lado, las aguas del Urubamba-Vilcanota, bravas y espumosas, acompañan al viajero durante el trayecto entre Cuzco y Aguas Calientes, el pueblo más cercano a Machu Picchu; del otro, las montañas forman una pared de piedra tan alta que obliga a quebrar el cuello para poner la vista en la cima. A mitad de camino, en Ollantaytambo, la ruta se termina y el viajero tiene que tomar un tren o seguir a pie por los senderos (en partes empedrados) que se conocen como Camino del Inca. El paso está aún más encajonado. Entre noviembre y marzo, temporada de lluvias, la fértil tierra del Valle Sagrado se vuelve arcillosa y resbaladiza. Los incas la estabilizaron con andenes. Algunos se usaban para cultivo. Un sector de esas construcciones fue restaurado, pero la mayor parte de este fabuloso sistema de prevención de derrumbes se perdió. En una zona donde los sismos son frecuentes, la población está entrenada para saber cómo actuar, pero el viajero debe ponerse en manos de guías experimentados y escuchar las recomendaciones. Esta no es la mejor época del año para recorrer el Camino del Inca, aunque para la mayoría de los sudamericanos sea la única posibilidad porque coincide con las vacaciones. Tampoco puede esperarse que las autoridades cuzqueñas (o la empresa chilena que tiene la concesión del santuario de Machu Picchu) resignen las fabulosas ganancias que deja el mayor atractivo turístico del Perú.

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