En "El Sifón" impera el miedo a los más chicos

"Comienzan con la droga a los ocho años; después terminan robando", expresó Nancy Zelarayán, agente sanitaria del CAPS.

01 Abril 2003
Tienen menos de un metro y medio de altura. Corren por las calles con armas en las manos. Las bolsas con las que aspiran pegamento se inflan y desinflan constantemente. Se ríen, mientras esperan a cualquier persona que pase por la zona para asaltarla y, quizás, para matarla.
No es un juego. Ese es el panorama que a diario se puede observar en el barrio conocido como "El Sifón", ubicado frente al hospital Obarrio, en Asunción al 1.800. Allí viven más de 150 familias y en cada una hay cerca de seis menores.
En el CAPS del lugar calculan que en la zona residen cerca de 900 menores. La mayoría de estos tiene una vida marginal. Cerca del 75% de los chicos no estudia ni trabaja. Algunos tienen a sus padres o a tíos en la cárcel y muy pocos cuentan con alguien que los cuide o los controle.
"El 60% de los menores se droga. Comienzan a los ocho años; después terminan robando", expresó Nancy Zelarayán, agente sanitaria del CAPS. Todos los días, Zelarayán recorre el barrio para atender a los pequeños. "Siempre me tropiezo con los niños drogándose. Los reto y se ríen. Hablo con sus familiares y no hacen nada", comentó.
A cualquier hora, los pequeños se juntan en las vías de Asunción al 1.900 a aspirar pegamento en bolsas. Luego, aguardan a que pase un distribuidor, un colectivero, un remisero o cualquiera que se anime a penetrar la zona. Entonces, sacan de entre sus ropas armas y los asaltan.
Los vecinos ya se acostumbraron a verlos correr con pistolas por las calles. "Para ellos es como un juego. Pero nosotros les tenemos más miedo a los niños que a los grandes", contó Isabel Rodríguez, quien vive enrejada en su casa.

Indigentes
La mayoría de las familias que habita en "El Sifón" vive en la extrema pobreza. Hay padres desocupados y cientos de niños con hambre. "Antes teníamos trabajo. Ahora estamos muy pobres y a veces mis nietos tienen que salir a robar para que comamos", confesó un abuelo que tiene ocho nietos a su cargo porque su hijo desapareció.
Otros vecinos comentan que los menores asaltan sólo para poder comprarse el pegamento para drogarse, el cual se vende también en el barrio."Aquí los menores ya nacen para robar. Sus padres son delincuentes y lo toman como una profesión. Los hijos siguen el mismo camino", sostuvo Argelia Arroyo.

Puesto de peaje
Pasar por Asunción, desde el 1.500 hasta el 1.800, es un verdadero riesgo. Los distribuidores y taxistas casi no se desplazan por allí. Y los que van a trabajar en la zona a veces hasta tienen que pagarles peaje a los ladrones para que no los asalten. "Tienen cerca de 12 años y son muy pícaros. Cuando bajamos del colectivo nos piden plata, si no queremos ser asaltados", contó María del Carmen Allasia, enfermera del CAPS de la peligrosa zona.
Los empleados del Obarrio tienen el mismo problema. "Los que venimos a trabajar en motos corremos un serio peligro. Atraviesan la calle y nos impiden continuar el camino. Nos piden dinero para no sacarnos el vehículo", detalló Carlos Suárez, enfermero.
El director del hospital, el médico psiquiatra Henry Cocconi, especificó que los asaltos son diarios en la zona y también dentro del predio del Obarrio.
Uno de los mayores problemas que tienen es un terreno baldío ubicado detrás del nosocomio, que es un verdadero matorral, donde los delincuentes se esconden.
Desde allí, muchas veces los menores se trepan en los árboles y les disparan con carabinas a los efectivos que están en la guardia del hospital.

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