31 Marzo 2003 Seguir en 
"Patovicas" denomina el lenguaje popular a los encargados de custodiar la entrada y de mantener el orden dentro de cada local bailable. Ocioso es decir que, dada la exponencial multiplicación de esos establecimientos, el "patovica" constituye una figura cada vez más abundante dentro de la galería de personajes que pueblan la noche.
Por su misión, el "patovica" es un "duro", con físico entrenado para cualquier confrontación. Ejerce su cometido sin miramientos y sin explicaciones. Tanto admite que entre esta persona como impide que lo haga esta otra; de la misma manera que resuelve expulsar a este o a aquel, según se lo dicte su criterio. Se encuentra siempre dispuesto a utilizar la fuerza, de modo implacable, como el elemento más eficaz de persuasión. Está constituido en juez y verdugo supremo de todas las situaciones, tan variadas, que pueden presentarse en el transcurso de las largas noches de los adolescentes.
Se podría pensar que ese oficio no tiene demasiadas otras posibilidades. En un lugar donde los jóvenes están relajados y divertidos, y donde opera la frecuente euforia del alcohol, pueden darse realidades que solamente se pueden manejar de forma resuelta y sin muchas contemplaciones.
Pero, mirada desde otro punto de vista, la cuestión resulta inquietante. En primer lugar, porque -como bien sabemos- la fuerza debe ser siempre monopolio del Estado, a través de la Policía. Y en el mismo orden de importancia, está el hecho inquietante de que, en estos últimos tiempos, los "patovicas" aparecen vinculados a hechos de sangre, sin que se termine de establecer claramente la parte que les correspondió en ellos.Alguna vez nos hemos ocupado del tema, sobre todo cinco años atrás, cuando se sancionó la ley 6.874, que, entre otras cosas, establecía algunos recaudos que debían cumplir los "patovicas" para desempeñarse como tales. La norma no parece haber sido lo suficientemente eficaz (sin duda porque sólo fijaba mínimas condiciones formales), si pensamos que el accionar de estos porteros no siempre se muestra encuadrado dentro de lo legal. Las agresiones y los hechos de violencia que últimamente se les imputan no pueden considerarse, de manera alguna, incluidos dentro de la órbita de sus funciones.
Es del caso propiciar, entonces, una preocupación mayor de las autoridades por este tema de los "patovicas". Más allá de exigirles un certificado de buena conducta y una oblea que los identifique, hay muchas otras preguntas que se plantean aquí. Nos referimos, por ejemplo, a la calificación psicológica de estos individuos y a una fijación clara de cuáles son sus atribuciones y cuáles son los modos y límites de su ejercicio, por ejemplo. De otro modo se estaría autorizando una fuerza parapolicial que, en la práctica, puede proceder como se le antoje.No debe esfumarse la cuestión troncal. Indiscutiblemente, cada vez es mayor la cantidad de adolescentes y de jóvenes que concurre a "boliches", "bailantas" y demás establecimientos de ese tipo. Y también es evidente que, en tales negocios, se dan con frecuencia situaciones que no son para nada deseables. Hablamos de una amplia gama, que va desde las grescas en las puertas hasta los casos de consumo de alcohol o de drogas. No se nota que intervenga la Policía. Los domingos por la mañana, jóvenes tirados en las calles, que caminan tambaleándose o que se descomponen en los zaguanes, proporcionan una mínima muestra de lo que se genera en esos ambientes sacudidos por la música hasta la salida del sol.
Todo este cuadro hace necesaria una atención mucho más acentuada del poder público, hacia las peculiaridades de la vida nocturna de los jóvenes. Conviene tenerlo en cuenta.
Por su misión, el "patovica" es un "duro", con físico entrenado para cualquier confrontación. Ejerce su cometido sin miramientos y sin explicaciones. Tanto admite que entre esta persona como impide que lo haga esta otra; de la misma manera que resuelve expulsar a este o a aquel, según se lo dicte su criterio. Se encuentra siempre dispuesto a utilizar la fuerza, de modo implacable, como el elemento más eficaz de persuasión. Está constituido en juez y verdugo supremo de todas las situaciones, tan variadas, que pueden presentarse en el transcurso de las largas noches de los adolescentes.
Se podría pensar que ese oficio no tiene demasiadas otras posibilidades. En un lugar donde los jóvenes están relajados y divertidos, y donde opera la frecuente euforia del alcohol, pueden darse realidades que solamente se pueden manejar de forma resuelta y sin muchas contemplaciones.
Pero, mirada desde otro punto de vista, la cuestión resulta inquietante. En primer lugar, porque -como bien sabemos- la fuerza debe ser siempre monopolio del Estado, a través de la Policía. Y en el mismo orden de importancia, está el hecho inquietante de que, en estos últimos tiempos, los "patovicas" aparecen vinculados a hechos de sangre, sin que se termine de establecer claramente la parte que les correspondió en ellos.Alguna vez nos hemos ocupado del tema, sobre todo cinco años atrás, cuando se sancionó la ley 6.874, que, entre otras cosas, establecía algunos recaudos que debían cumplir los "patovicas" para desempeñarse como tales. La norma no parece haber sido lo suficientemente eficaz (sin duda porque sólo fijaba mínimas condiciones formales), si pensamos que el accionar de estos porteros no siempre se muestra encuadrado dentro de lo legal. Las agresiones y los hechos de violencia que últimamente se les imputan no pueden considerarse, de manera alguna, incluidos dentro de la órbita de sus funciones.
Es del caso propiciar, entonces, una preocupación mayor de las autoridades por este tema de los "patovicas". Más allá de exigirles un certificado de buena conducta y una oblea que los identifique, hay muchas otras preguntas que se plantean aquí. Nos referimos, por ejemplo, a la calificación psicológica de estos individuos y a una fijación clara de cuáles son sus atribuciones y cuáles son los modos y límites de su ejercicio, por ejemplo. De otro modo se estaría autorizando una fuerza parapolicial que, en la práctica, puede proceder como se le antoje.No debe esfumarse la cuestión troncal. Indiscutiblemente, cada vez es mayor la cantidad de adolescentes y de jóvenes que concurre a "boliches", "bailantas" y demás establecimientos de ese tipo. Y también es evidente que, en tales negocios, se dan con frecuencia situaciones que no son para nada deseables. Hablamos de una amplia gama, que va desde las grescas en las puertas hasta los casos de consumo de alcohol o de drogas. No se nota que intervenga la Policía. Los domingos por la mañana, jóvenes tirados en las calles, que caminan tambaleándose o que se descomponen en los zaguanes, proporcionan una mínima muestra de lo que se genera en esos ambientes sacudidos por la música hasta la salida del sol.
Todo este cuadro hace necesaria una atención mucho más acentuada del poder público, hacia las peculiaridades de la vida nocturna de los jóvenes. Conviene tenerlo en cuenta.







