Daños colaterales

El hambre muestra la guerra interna en Tucumán.

30 Marzo 2003
Por Nora Lía Jabif

"Esto es Irak", ironizan dos amigas, mientras sortean las "trincheras" que la Municipalidad ha cavado para repavimentar la peatonal San Martín que, tal vez, no necesitaba tanto esta obra como sí la necesitan las decenas de cuadras de la periferia de la ciudad que desde hace años viven sitiadas por trincheras naturales que sí parecen Irak. Pero no es Irak, aunque alguien piense que ese microcentro acorralado se asemeja a Basora. Irak -la guerra- es algo mucho más grave, que no resiste ironías, porque allí se juegan vidas minuto a minuto (dice la crónica de ayer que las bajas civiles del viernes, en Bagdad, fueron 68, y que entre ellas había muchas mujeres y niños).
Y es cierto que Tucumán no es Irak, y que la guerra a veces parece un concepto lejano, aunque no lo sea. Pero también es cierto que en el sur de Tucumán hay chicos con sus vidas en riesgo, no ya por las bombas bélicas, sino por efectos de la desnutrición. Ellos son lo que en el lenguaje de la guerra se llama, eufemísticamente, "daños colaterales": algo así como los "efectos no buscados" de una masacre.

No comen
En la semana que acaba de pasar, el "problema" del hambre infantil en Tucumán ha vuelto a la palestra. Una crónica del corresponsal de LA GACETA en el sur de la provincia reveló que en una veintena de comedores en los que se alimentan alrededor de 3.000 chicos hay demoras en las partidas alimentarias. En consecuencia, esos chicos no comen, que es una de las formas que adoptan los "daños colaterales". En el caso de Irak, está claro que los "daños colaterales" son provocados por las fuerzas belicistas. En Tucumán, la responsabilidad aparece a veces diluida: hay quienes señalan, no sin razón, que esta tragedia lleva décadas. Pero eso no alcanza para obviar que es el Estado -y su administrador de turno- el primer responsable de esa "masacre en goteras". El primero, pero no el único, si se apuesta a que es cierto lo que se respondió el viernes desde la Secretaría de Educación de la Provincia, cuando se les consultó sobre el tema: "hay autoridades de escuelas que no retiran a tiempo las partidas de dinero para los comedores". La funcionaria, Susana de Sandoval, del Servicio Social Educativo, aseguró que hay establecimientos educativos que tenían partidas de más de $ 1.600 esperando desde el 25 de febrero. Y que recién fueron a cobrarlas el 27 de marzo. Un mes después. Si todo ello es cierto, no sólo es un caso digno del libro Guinness de la burocracia administrativa, sino que merece una presentación judicial por "abandono de personas" hacia quienes incurrieron en esa mora. Pero ahí vuelve la responsabilidad del Estado, que debería ejercer una auditoría permanente sobre la actividad de los comedores habilitados en sus escuelas.

Ausencias
Mientras tanto, en el Hospital de Santa Ana, un grupo de pasantes de la Facultad de Medicina de la UNT advierten que si el Estado -nacional y provincial- no garantiza una mejora en las condiciones de vida para los pobladores del lugar, de nada habrán servido los esfuerzos que hicieron para salvar a cien chicos desnutridos, en el marco del programa "Búsqueda, Identificación y Nutrición". Es una advertencia que habría que escuchar con atención. Porque, a esta altura de las circunstancias, los "daños colaterales" -aunque no es Irak-ya se han convertido en Tucumán en una tragedia estructural.

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