30 Marzo 2003 Seguir en 
Un espejo es una tabla de cristal azogado por la parte posterior para que se reflejen en él los objetos que tenga delante. Aunque existen también espejos deformantes. Por extensión, se suele decir que el arte es un espejo de la vida o de las costumbres de una comunidad. La realidad es la existencia real y efectiva de una cosa y refleja las actitudes y conductas de los seres humanos en una sociedad. De manera que el estado en que se encuentra una casa, un barrio, una ciudad, una provincia o un país es un reflejo de quienes viven allí.
La Argentina actual es un reflejo de la clase dirigente que ha gobernado el país en los últimos lustros. Se ha convertido en un país devastado económica y socialmente, con altos índices de corrupción, de desocupación, de miseria. Un país de fábricas cerradas, donde la cultura del trabajo va en franca declinación. Una nación cuya Justicia pocas veces ha condenado a altos personajes de la política y la economía, envueltos en desfalcos al Estado y, por ende, a los argentinos.
Por cierto, Tucumán no escapa de esta realidad. Las muertes de niños por desnutrición, el analfabetismo creciente, la inseguridad alarmante, la educación y la salud en crisis crónica por ausencia de presupuestos dignos, son consecuencia no sólo de la situación económica, sino también de la inoperancia de una clase dirigente que ha gobernado para sus intereses personales y partidarios.
El 27 de abril los tucumanos debemos elegir al presidente de la nación y a su vice, y a legisladores nacionales. Tanto en el ámbito nacional como provincial, hay muchas caras que se han reciclado en alguna fracción del poder en los últimos 20 años. Básicamente, las propuestas siguen siendo las mismas de siempre: combatir la corrupción, lograr la independencia económica, poner en marcha el país, generar trabajo, apoyar a las pequeñas y medianas empresas, reabrir fábricas, buscar nuevos mercados, reducir el déficit del Estado, etcétera.
Seguramente, casi no existen argentinos que no estén de acuerdo con estas proposiciones que son prácticamente universales. Pero curiosamente, casi ninguno de los candidatos dice cómo hará para hacer realidad estas propuestas, ni de quiénes se rodearán para lograr los objetivos que han acompañado durante tantas elecciones a los aspirantes al sillón de Rivadavia y de Lucas Córdoba.
Lo llamativo es que los postulantes a ser nuestros representantes, soslayan, por lo general, en sus plataformas la importancia de invertir fuertemente en educación, salud, ciencia y cultura, que son los caminos ineludibles para lograr un cambio, para alcanzar la dignidad y para subirse definitivamente al progreso.
En las últimas elecciones, la mayor parte de la ciudadanía, harta de las promesas incumplidas, en lugar de darles una oportunidad a partidos pequeños, creyó que con el voto castigo o en blanco iba a destapar la sordera de la clase dirigente y la iba a obligar al cambio. Pero nada de esto sucedió, a juzgar por la realidad que nos abruma. Nuestros gobernantes hablaron de autocrítica, pero nunca la practicaron; se replegaron nuevamente en los viejos métodos y en un autismo extremo que les impide escuchar los reclamos de la sociedad.
Faltan apenas cuatro semanas para las elecciones nacionales. Los tucumanos volveremos al cuarto oscuro el 29 de junio para elegir autoridades provinciales, municipales y comunales. Sería más que auspicioso si cada ciudadano, antes de elegir a su candidato, echara una mirada descarnada a la realidad que lo circunda, examinara con calma las propuestas y se detuviera especialmente en el cómo estas podrían concretarse.
Un ex presidente de los argentinos solía decir que la única verdad es la realidad. Es hora, entonces, de que nos miremos en ese espejo para no repetir errores históricos.
La Argentina actual es un reflejo de la clase dirigente que ha gobernado el país en los últimos lustros. Se ha convertido en un país devastado económica y socialmente, con altos índices de corrupción, de desocupación, de miseria. Un país de fábricas cerradas, donde la cultura del trabajo va en franca declinación. Una nación cuya Justicia pocas veces ha condenado a altos personajes de la política y la economía, envueltos en desfalcos al Estado y, por ende, a los argentinos.
Por cierto, Tucumán no escapa de esta realidad. Las muertes de niños por desnutrición, el analfabetismo creciente, la inseguridad alarmante, la educación y la salud en crisis crónica por ausencia de presupuestos dignos, son consecuencia no sólo de la situación económica, sino también de la inoperancia de una clase dirigente que ha gobernado para sus intereses personales y partidarios.
El 27 de abril los tucumanos debemos elegir al presidente de la nación y a su vice, y a legisladores nacionales. Tanto en el ámbito nacional como provincial, hay muchas caras que se han reciclado en alguna fracción del poder en los últimos 20 años. Básicamente, las propuestas siguen siendo las mismas de siempre: combatir la corrupción, lograr la independencia económica, poner en marcha el país, generar trabajo, apoyar a las pequeñas y medianas empresas, reabrir fábricas, buscar nuevos mercados, reducir el déficit del Estado, etcétera.
Seguramente, casi no existen argentinos que no estén de acuerdo con estas proposiciones que son prácticamente universales. Pero curiosamente, casi ninguno de los candidatos dice cómo hará para hacer realidad estas propuestas, ni de quiénes se rodearán para lograr los objetivos que han acompañado durante tantas elecciones a los aspirantes al sillón de Rivadavia y de Lucas Córdoba.
Lo llamativo es que los postulantes a ser nuestros representantes, soslayan, por lo general, en sus plataformas la importancia de invertir fuertemente en educación, salud, ciencia y cultura, que son los caminos ineludibles para lograr un cambio, para alcanzar la dignidad y para subirse definitivamente al progreso.
En las últimas elecciones, la mayor parte de la ciudadanía, harta de las promesas incumplidas, en lugar de darles una oportunidad a partidos pequeños, creyó que con el voto castigo o en blanco iba a destapar la sordera de la clase dirigente y la iba a obligar al cambio. Pero nada de esto sucedió, a juzgar por la realidad que nos abruma. Nuestros gobernantes hablaron de autocrítica, pero nunca la practicaron; se replegaron nuevamente en los viejos métodos y en un autismo extremo que les impide escuchar los reclamos de la sociedad.
Faltan apenas cuatro semanas para las elecciones nacionales. Los tucumanos volveremos al cuarto oscuro el 29 de junio para elegir autoridades provinciales, municipales y comunales. Sería más que auspicioso si cada ciudadano, antes de elegir a su candidato, echara una mirada descarnada a la realidad que lo circunda, examinara con calma las propuestas y se detuviera especialmente en el cómo estas podrían concretarse.
Un ex presidente de los argentinos solía decir que la única verdad es la realidad. Es hora, entonces, de que nos miremos en ese espejo para no repetir errores históricos.







