Agresión inadmisible

Las protestas deben mantener ciertos carriles de tolerancia para evitar desmanes innecesarios.

29 Marzo 2003
En estos últimos años ha tomado peligrosa difusión cierto acto que el lenguaje popular denomina "escrache". Como todos saben, se trata de una manifestación de repudio a alguna persona o institución. Lo de "escrachar" (palabra que en el lunfardo argentino significa "fotografiar") consiste en que un grupo de personas se dirige a una sede o a un domicilio y, durante un lapso prolongado, se dedica a propinar insultos a quienes están adentro, además de consumar desmanes de diversa importancia en el frente o en las veredas del inmueble.
Alguna vez nos hemos referido críticamente a estos desbordes. Pensamos que de manera alguna pueden ser tolerados en una sociedad que se precie de respetar las normas de la convivencia. Si bien todo ciudadano tiene, dentro de una democracia, la libertad de proclamar sus convicciones y de manifestar sus rechazos, estas expresiones deben ser contenidas dentro de ciertos límites, para no convertirse en hechos de agresión y de daño.
Que un grupo se instale agresivamente frente a una casa o a un negocio para lanzar improperios, y que avance sobre esa propiedad por medio de roturas o de pintadas es un acto incivilizado y, como todos los que comete una multitud, encierra el grave peligro de derivaciones muy graves. Se trata, objetivamente, de un acto de violencia. La experiencia nos enseña sobradamente que la violencia carece de poder germinativo, y que lo único que puede esperarse de ella es más de lo mismo.
Estas apreciaciones vienen a propósito del "escrache" que ha sufrido un conocido establecimiento de comidas del centro de nuestra ciudad. El hecho de que funcione con una franquicia norteamericana, lo ha convertido recientemente en blanco de un grupo que quería protestar contra los Estados Unidos por la guerra con Irak.
No se ha pensado que se trata de una empresa instalada con inversiones tucumanas, y que proporciona trabajo a un número significativo de personas de nuestra provincia. Ello además de lo absurdo que es responsabilizar a todo lo que tenga algo de norteamericano por la acción bélica dispuesta por ese país.
En la actualidad, los argentinos y los tucumanos tenemos, como una prioritaria meta propia, la de convivir razonablemente con nuestros semejantes. De entendernos en el diálogo y de ser capaces, juntos, de realizar los esfuerzos necesarios emerger de la larga crisis que nos sofoca. Demasiado arduo resulta obtener todo eso como para que todavía aceptemos complicarlo con las cuestiones invocadas para el "escrache" que nos ocupa.
Resulta urgente, nos parece, proscribir de nuestras actitudes cotidianas la violencia que entrañan manifestaciones de tal naturaleza. Ellas, en esencia, no pueden sino calificarse de injustas porque sabemos perfectamente que nada tienen que ver con el conflicto con Irak ni con las decisiones que toma el gobierno de Estados Unidos las personas que pacíficamente trabajan en un establecimiento de comida de San Miguel de Tucumán.
El caso pareciera indicar, más bien, un propósito de generar desórdenes, de parte de los organizadores. Es lo que menos necesitamos en este particular momento de la vida de nuestra provincia, suficientemente sacudida ya por una serie de situaciones sociales conflictivas, sobre cuya vasta incidencia sería ocioso agregar apreciaciones.
Las autoridades encargadas de mantener el orden en nuestra ciudad no deben permitir que se realicen actos como este, bajo ninguna circunstancia. Corresponde obrar con la decisión necesaria para evitarlos. Debemos marginar totalmente de nuestra vida todo lo que signifique violencia y agresión, sea cual fuere el rótulo bajo el cual sus responsables pretendan justificarse. De otro modo, como decimos, estaremos abriendo la puerta a situaciones tan imprevisibles como peligrosas. Conviene no olvidarlo.

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