Deplorable actitud del Senado

La protección de Barrionuevo es otra muestra de la decadencia de la Cámara Alta.

28 Marzo 2003
Como es sabido, el Senado de la Nación rechazó la iniciativa de expulsar de su seno a Luis Barrionuevo, a pesar de que el dictamen de su Comisión de Asuntos Constitucionales lo encontraba incurso en las causales de "desorden de conducta" y de "inhabilidad moral". Se refería -como es igualmente sabido- a la actitud del referido senador, quien, al no ser habilitada por la Justicia su candidatura a gobernador de Catamarca, organizó disturbios que terminaron impidiendo las elecciones de esa provincia, el 2 de marzo último. El justicialismo dejó de lado las disidencias internas y, en la votación, se unió para el rechazo de la sanción que se propiciaba. El tono general de las intervenciones de los senadores que defendieron a Barrionuevo fue el de considerar que existían "culpas compartidas" en los incidentes de Catamarca y que, en última instancia, en aquellas frustradas elecciones se había proscripto al justicialismo, lo que hacía comprensibles los desórdenes.
Quedó en la opinión pública la clara impresión de que, sin importarle la razón ni el justificativo de la expulsión que se pedía, y menos el costo político que ello representara, el PJ funcionó como corporación. Así, no admitió que se separara del cuerpo a alguien que, al fin y al cabo, es un correligionario, por fuertes y documentadas que fueran las acusaciones planteadas en su contra.
Es lamentable que tal haya sido el desenlace de este asunto. Perdió el Senado la oportunidad de demostrar que es capaz de ejercitar el mejor mecanismo democrático, que es el de la autodepuración. En cambio, evidenció que existe una "disciplina partidaria" que cierra los ojos a cualquier tropelía si ella ha sido cometida por un compañero. Y perdió también el Senado la ocasión de iniciar una recuperación de su credibilidad ante la ciudadanía argentina, credibilidad que en estos momentos está en su punto más bajo.
Un destacado cronista parlamentario escribió hace medio siglo que el Congreso de la Nación era "a la vez academia, universidad, cátedra de controversias, seminario de investigaciones, tribunal de justicia y vehículo de información: tiene por misión esclarecer la conciencia de los argentinos y hacer oír la voz del pueblo, al diapasón sensible de cada período". "La historia de nuestro Congreso es la historia de nuestra Nación, y en sus bancas -que no son de nadie, pero que nos pertenecen un poco a todos- encontramos los altibajos de nuestro destino", aseguraba.
Tan optimista concepto se ha desvirtuado sin miramientos en la sesión que se prolongó hasta la madrugada de ayer. La Cámara Alta de esa rama del Estado no hizo más que demostrar que, en sus decisiones importantes, lo único que cuenta es la mayoría numérica, es decir el poder; y que este se ejerce de modo concluyente, por encima de cualquier otro tipo de consideraciones y sin importar la magnitud de los principios que, de ese modo, resulten conculcados. Hasta en el rostro risueño que en todo momento mostró Barrionuevo, podía deducirse que conocía anticipadamente el final del asunto.
Vivimos una época de fuerte cuestionamiento a los gobernantes y a la clase política en general. El Senado nacional está entre los notorios blancos de la desconfianza popular, sobre todo después del célebre escándalo de los sobornos -en la segunda mitad del año pasado-, donde se hicieron a sus integrantes acusaciones que nunca fueron esclarecidas en profundidad, ya que desaparecieron bajo la polvareda de otras turbulencias.
La definición positiva del caso Barrionuevo, como decimos arriba, hubiera sido apta para convencer a la ciudadanía de que, en el recinto donde se elaboran las leyes, hay voluntad para corregir la conducta indebida de quienes se encargan de tan delicada tarea. Se ha perdido deplorablemente esa oportunidad, que mucho hubiera contribuido a ir saneando la atmósfera política argentina.Como es sabido, el Senado de la Nación rechazó la iniciativa de expulsar de su seno a Luis Barrionuevo, a pesar de que el dictamen de su Comisión de Asuntos Constitucionales lo encontraba incurso en las causales de "desorden de conducta" y de "inhabilidad moral". Se refería -como es igualmente sabido- a la actitud del referido senador, quien, al no ser habilitada por la Justicia su candidatura a gobernador de Catamarca, organizó disturbios que terminaron impidiendo las elecciones de esa provincia, el 2 de marzo último. El justicialismo dejó de lado las disidencias internas y, en la votación, se unió para el rechazo de la sanción que se propiciaba. El tono general de las intervenciones de los senadores que defendieron a Barrionuevo fue el de considerar que existían "culpas compartidas" en los incidentes de Catamarca y que, en última instancia, en aquellas frustradas elecciones se había proscripto al justicialismo, lo que hacía comprensibles los desórdenes.
Quedó en la opinión pública la clara impresión de que, sin importarle la razón ni el justificativo de la expulsión que se pedía, y menos el costo político que ello representara, el PJ funcionó como corporación. Así, no admitió que se separara del cuerpo a alguien que, al fin y al cabo, es un correligionario, por fuertes y documentadas que fueran las acusaciones planteadas en su contra.
Es lamentable que tal haya sido el desenlace de este asunto. Perdió el Senado la oportunidad de demostrar que es capaz de ejercitar el mejor mecanismo democrático, que es el de la autodepuración. En cambio, evidenció que existe una "disciplina partidaria" que cierra los ojos a cualquier tropelía si ella ha sido cometida por un compañero. Y perdió también el Senado la ocasión de iniciar una recuperación de su credibilidad ante la ciudadanía argentina, credibilidad que en estos momentos está en su punto más bajo.
Un destacado cronista parlamentario escribió hace medio siglo que el Congreso de la Nación era "a la vez academia, universidad, cátedra de controversias, seminario de investigaciones, tribunal de justicia y vehículo de información: tiene por misión esclarecer la conciencia de los argentinos y hacer oír la voz del pueblo, al diapasón sensible de cada período". "La historia de nuestro Congreso es la historia de nuestra Nación, y en sus bancas -que no son de nadie, pero que nos pertenecen un poco a todos- encontramos los altibajos de nuestro destino", aseguraba.
Tan optimista concepto se ha desvirtuado sin miramientos en la sesión que se prolongó hasta la madrugada de ayer. La Cámara Alta de esa rama del Estado no hizo más que demostrar que, en sus decisiones importantes, lo único que cuenta es la mayoría numérica, es decir el poder; y que este se ejerce de modo concluyente, por encima de cualquier otro tipo de consideraciones y sin importar la magnitud de los principios que, de ese modo, resulten conculcados. Hasta en el rostro risueño que en todo momento mostró Barrionuevo, podía deducirse que conocía anticipadamente el final del asunto.
Vivimos una época de fuerte cuestionamiento a los gobernantes y a la clase política en general. El Senado nacional está entre los notorios blancos de la desconfianza popular, sobre todo después del célebre escándalo de los sobornos -en la segunda mitad del año pasado-, donde se hicieron a sus integrantes acusaciones que nunca fueron esclarecidas en profundidad, ya que desaparecieron bajo la polvareda de otras turbulencias.
La definición positiva del caso Barrionuevo, como decimos arriba, hubiera sido apta para convencer a la ciudadanía de que, en el recinto donde se elaboran las leyes, hay voluntad para corregir la conducta indebida de quienes se encargan de tan delicada tarea. Se ha perdido deplorablemente esa oportunidad, que mucho hubiera contribuido a ir saneando la atmósfera política argentina.

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