26 Marzo 2003 Seguir en 
Cerca de 1,4 millón de jóvenes votarán por primera vez en los próximos comicios para la presidencia de la República. La gran mayoría de ellos ha nacido luego de haberse cancelado el último gobierno militar, cuando se inició esa democracia que felizmente continúa -y continuará- enmarcando la vida de los argentinos.
Votar es un acto de la máxima importancia dentro del sistema republicano. Es el momento en que hombres y mujeres se comprometen en la obligación más trascendente que les compete como ciudadanos, que es la de definir su opinión acerca de quiénes habrán de desempeñar las funciones electivas. No puede concebirse al mecanismo democrático sin el voto, único sustento legítimo que pueden invocar quienes gobiernen. Por eso mismo tiene candente interés que la dirigencia política se ocupe especialmente de interesar a los jóvenes en sus propuestas.
A nadie se le escapa que estos últimos años no contienen elementos adecuados para atraer a quienes se inician en la vida cívica. En efecto, el cuadro que ofrece nuestra política poco tiene de alentador para ellos, espectadores perplejos de la frecuencia con la cual aparecen desajustes abismales entre la teoría y la práctica del gobierno constitucional. Los densos mantos de sospecha que han caído más de una vez sobre integrantes de los tres poderes del Estado y la falta de soluciones de fondo para la larga crisis han suscitado -entre muchos otros efectos nocivos- una falta de credibilidad, en la juventud en general, acerca del sentido último del voto.
No ha contribuido a alejar tales impresiones, por cierto, la información cotidiana que nutre esta época preelectoral. La juventud, con razón o sin ella, la percibe como una simple puja de ambiciones donde se mueven siempre los mismos protagonistas, sin que se alcance a percibir por qué razón la administración que surja del voto habrá de ser mejor que la existente, o que las que la precedieron.
Buena prueba de ello es la enorme apatía que se advierte a tan poco tiempo de la realización de las elecciones. Si esa apatía existe en la población adulta, es muy grave que haya ganado también a los jóvenes, que son quienes tienen el brío y la dosis de esperanza necesarios para motorizar un cambio.
Tal es el cuadro que hay que tratar de modificar sin pérdida de tiempo, y como una exigencia perentoria del momento actual de nuestra democracia. Ha de convencerse a la juventud sobre la necesidad de su participación protagónica en el civismo. Ningún país puede aspirar a concretar correcciones profundas en su marcha si las generaciones jóvenes aparecen apáticas y se automarginan de ese proceso.
El sistema democrático, donde los funcionarios se renuevan periódicamente por medio de elecciones, es, con todos los defectos que se le pueden achacar, el mejor que las comunidades del mundo conocen hasta este momento de la historia. Urge, entonces, encarnar en las mentes juveniles la necesidad de su compromiso con la evolución del sistema. Y mentalizarlas de que no es sino a través del voto como podrán motorizar, en la efectiva práctica de la democracia, las innovaciones que alienten.
Todo esto puede sonar a obvio, pero no lo es. La indiferencia de la juventud por la política es algo perceptible en estos tiempos, y debe por cierto preocuparnos. El país necesita de sus jóvenes como protagonistas del inmediato futuro, al que pueden y deben aportar sus mejores energías.
Debemos persuadir a quienes por primera vez van a emitir su voto de la mayúscula trascendencia de un acto cuyo valor está muy por encima de la cotidiana puja de ambiciones.
Votar es un acto de la máxima importancia dentro del sistema republicano. Es el momento en que hombres y mujeres se comprometen en la obligación más trascendente que les compete como ciudadanos, que es la de definir su opinión acerca de quiénes habrán de desempeñar las funciones electivas. No puede concebirse al mecanismo democrático sin el voto, único sustento legítimo que pueden invocar quienes gobiernen. Por eso mismo tiene candente interés que la dirigencia política se ocupe especialmente de interesar a los jóvenes en sus propuestas.
A nadie se le escapa que estos últimos años no contienen elementos adecuados para atraer a quienes se inician en la vida cívica. En efecto, el cuadro que ofrece nuestra política poco tiene de alentador para ellos, espectadores perplejos de la frecuencia con la cual aparecen desajustes abismales entre la teoría y la práctica del gobierno constitucional. Los densos mantos de sospecha que han caído más de una vez sobre integrantes de los tres poderes del Estado y la falta de soluciones de fondo para la larga crisis han suscitado -entre muchos otros efectos nocivos- una falta de credibilidad, en la juventud en general, acerca del sentido último del voto.
No ha contribuido a alejar tales impresiones, por cierto, la información cotidiana que nutre esta época preelectoral. La juventud, con razón o sin ella, la percibe como una simple puja de ambiciones donde se mueven siempre los mismos protagonistas, sin que se alcance a percibir por qué razón la administración que surja del voto habrá de ser mejor que la existente, o que las que la precedieron.
Buena prueba de ello es la enorme apatía que se advierte a tan poco tiempo de la realización de las elecciones. Si esa apatía existe en la población adulta, es muy grave que haya ganado también a los jóvenes, que son quienes tienen el brío y la dosis de esperanza necesarios para motorizar un cambio.
Tal es el cuadro que hay que tratar de modificar sin pérdida de tiempo, y como una exigencia perentoria del momento actual de nuestra democracia. Ha de convencerse a la juventud sobre la necesidad de su participación protagónica en el civismo. Ningún país puede aspirar a concretar correcciones profundas en su marcha si las generaciones jóvenes aparecen apáticas y se automarginan de ese proceso.
El sistema democrático, donde los funcionarios se renuevan periódicamente por medio de elecciones, es, con todos los defectos que se le pueden achacar, el mejor que las comunidades del mundo conocen hasta este momento de la historia. Urge, entonces, encarnar en las mentes juveniles la necesidad de su compromiso con la evolución del sistema. Y mentalizarlas de que no es sino a través del voto como podrán motorizar, en la efectiva práctica de la democracia, las innovaciones que alienten.
Todo esto puede sonar a obvio, pero no lo es. La indiferencia de la juventud por la política es algo perceptible en estos tiempos, y debe por cierto preocuparnos. El país necesita de sus jóvenes como protagonistas del inmediato futuro, al que pueden y deben aportar sus mejores energías.
Debemos persuadir a quienes por primera vez van a emitir su voto de la mayúscula trascendencia de un acto cuyo valor está muy por encima de la cotidiana puja de ambiciones.







