25 Marzo 2003 Seguir en 
El filósofo chino Confucio sostuvo alguna vez que "Gobernar significa rectificar". Henry Kissinger, estadista estadounidense, le respondió sin saberlo: "El poder es el afrodisíaco más fuerte".
Si los dirigentes pudieran interpretar y ejercer la tranquilidad y el respeto que transmite la reflexión de Confucio, mucho más cerca estarían de las necesidades y preocupaciones de la sociedad. Sin embargo, la mayoría termina embriagada en no bajarse de su sillón y trata de arreglar hasta sus verdades para quedar bien con Dios y con el diablo. Lo grave es que los ciudadanos suelen ser más inteligentes y comprenden lo que las palabras verdaderamente dicen y las intenciones que se esconden detrás de ellas.
Qué diferente habría sido la realidad del filósofo Luis Barrionuevo si -siguiendo a su "colega" chino- hubiera reconocido que se equivocó. Hoy sería uno de los pocos políticos argentinos capaz de volver hacia atrás y el Congreso de la Nación no estaría embarcado en una pelea interna durísima. Los vahos del poder le impiden tomar esa actitud, y mañana, 23 días después de los comicios de Catamarca, sus pares están obligados a echarlo o a defender lo indefendible. Su renuncia hubiera sido -tal vez- una actitud de mayor hidalguía.
Estimulados
Los estimulantes del poder también incidieron para que los senadores peronistas tucumanos no hayan podido dar una respuesta clara sobre la actitud de Barrionuevo. Hasta ahora ni José Alperovich ni Malvina Seguí pudieron expresarse libremente. Tal vez piensan que es un atentado a la democracia; tal vez consideren que estuvo bien que se hayan evitado los comicios en Catamarca porque el peronismo aparecía como proscripto. Es posible que sientan que Barrionuevo es un gran amigo que se equivocó pero al que hay que defender por sobre las instituciones o simplemente crean que hay que echarlo del Senado como piensa el otro representante por Tucumán en la Cámara Alta, el no tan bussista Pablo Walter.
Nada de eso pudieron saber los tucumanos, porque tanto Alperovich como Seguí priorizaron mantenerse bajo la premisa de Kissinger. Antes que nada, el poder y su incidencia en sus carreras personales. Los dos senadores justicialistas prefirieron decir "ni" y no asumir una posición clara, que, en síntesis, fue la misma posición que adoptó el presidente de la Nación, Eduardo Duhalde, temeroso de tener a Barrionuevo como enemigo. Es difícil promover un cambio en la política y preservar las instituciones con posiciones de tal endeblez.
Mañana Barrionuevo podría tener un despacho adverso en la comisión de Asuntos Constitucionales. Hay tres opciones: pedir su expulsión, darle una simple sanción o archivar la causa. Si se aprueba cualquiera de las dos opciones primeras habrá que juntar dos tercios en el Senado para sancionarlo. Otra vez se les exigirá las posiciones claras que aún no aparecieron. Una de las personas que tendrá que estampar su firma será la propia senadora Seguí.
Son comprensibles las actitudes dubitativas. Tanto Carlos Menem como Duhalde movieron sus piezas para presionar a los miembros de la comisión en favor de Barrionuevo, y seguramente lo harán cuando el tema llegue al recinto. Pero no por comprensible es admisible que la política siga siendo un juego de extorsiones sólo porque la seducción del poder lo justifique.
La situación no es un tema nuevo; forma parte de la vida cotidiana en el ejercicio del poder pero desnuda la debilidad de quienes lo ejercen. En épocas en las que el ciudadano tiene la responsabilidad de elegir, los mensajes claros y las verdades inconstrastables deberían imponerse a los "ni".
Si los dirigentes pudieran interpretar y ejercer la tranquilidad y el respeto que transmite la reflexión de Confucio, mucho más cerca estarían de las necesidades y preocupaciones de la sociedad. Sin embargo, la mayoría termina embriagada en no bajarse de su sillón y trata de arreglar hasta sus verdades para quedar bien con Dios y con el diablo. Lo grave es que los ciudadanos suelen ser más inteligentes y comprenden lo que las palabras verdaderamente dicen y las intenciones que se esconden detrás de ellas.
Qué diferente habría sido la realidad del filósofo Luis Barrionuevo si -siguiendo a su "colega" chino- hubiera reconocido que se equivocó. Hoy sería uno de los pocos políticos argentinos capaz de volver hacia atrás y el Congreso de la Nación no estaría embarcado en una pelea interna durísima. Los vahos del poder le impiden tomar esa actitud, y mañana, 23 días después de los comicios de Catamarca, sus pares están obligados a echarlo o a defender lo indefendible. Su renuncia hubiera sido -tal vez- una actitud de mayor hidalguía.
Estimulados
Los estimulantes del poder también incidieron para que los senadores peronistas tucumanos no hayan podido dar una respuesta clara sobre la actitud de Barrionuevo. Hasta ahora ni José Alperovich ni Malvina Seguí pudieron expresarse libremente. Tal vez piensan que es un atentado a la democracia; tal vez consideren que estuvo bien que se hayan evitado los comicios en Catamarca porque el peronismo aparecía como proscripto. Es posible que sientan que Barrionuevo es un gran amigo que se equivocó pero al que hay que defender por sobre las instituciones o simplemente crean que hay que echarlo del Senado como piensa el otro representante por Tucumán en la Cámara Alta, el no tan bussista Pablo Walter.
Nada de eso pudieron saber los tucumanos, porque tanto Alperovich como Seguí priorizaron mantenerse bajo la premisa de Kissinger. Antes que nada, el poder y su incidencia en sus carreras personales. Los dos senadores justicialistas prefirieron decir "ni" y no asumir una posición clara, que, en síntesis, fue la misma posición que adoptó el presidente de la Nación, Eduardo Duhalde, temeroso de tener a Barrionuevo como enemigo. Es difícil promover un cambio en la política y preservar las instituciones con posiciones de tal endeblez.
Mañana Barrionuevo podría tener un despacho adverso en la comisión de Asuntos Constitucionales. Hay tres opciones: pedir su expulsión, darle una simple sanción o archivar la causa. Si se aprueba cualquiera de las dos opciones primeras habrá que juntar dos tercios en el Senado para sancionarlo. Otra vez se les exigirá las posiciones claras que aún no aparecieron. Una de las personas que tendrá que estampar su firma será la propia senadora Seguí.
Son comprensibles las actitudes dubitativas. Tanto Carlos Menem como Duhalde movieron sus piezas para presionar a los miembros de la comisión en favor de Barrionuevo, y seguramente lo harán cuando el tema llegue al recinto. Pero no por comprensible es admisible que la política siga siendo un juego de extorsiones sólo porque la seducción del poder lo justifique.
La situación no es un tema nuevo; forma parte de la vida cotidiana en el ejercicio del poder pero desnuda la debilidad de quienes lo ejercen. En épocas en las que el ciudadano tiene la responsabilidad de elegir, los mensajes claros y las verdades inconstrastables deberían imponerse a los "ni".







