Subsidios y mano de obra

El destino final de los planes sociales.

25 Marzo 2003
Dirigentes ruralistas de diversas zonas del país han afirmado que, en varias actividades agrícolas, se percibe claramente en la actualidad la falta de brazos para el trabajo. Atribuyen esa carencia al hecho de que muchos de los que anteriormente se ganaban la vida en las cosechas, ahora prefieren cobrar las asignaciones del plan Jefes y Jefas de Hogar y no trabajar. El problema existe, en diversas dimensiones, en los casos de productos como la fruta, el algodón, la uva, el olivo, el ajo, por ejemplo, cuyas recolecciones se efectúan manualmente. Junto a este inconveniente, que es grave, está el de que algunos operarios, a fin de no perder el subsidio, aceptan ser contratados "en negro". El tema está denunciando una cuestión que debiera preocuparnos a todos, y a la que Tucumán no es ajena. Pareciera innecesario recordar que un país, para ingresar realmente en su camino de progreso, debe poseer una firme y auténtica cultura del trabajo. Si ella no existe, de nada servirán las políticas económicas que puedan diseñarse sobre el papel. El trabajo, además, es lo único que otorga a una persona respeto por sí misma. Nada puede dar mayor plenitud a un ser humano normal que la convicción de que lo que consume es producto de su propio esfuerzo.
No puede discutirse que la realidad social de la Argentina tiene características especialmente deprimentes, con sus altos índices de desocupación y los de pobreza, que son su directa consecuencia. La instauración de los planes sociales vino a representar, en ese orden de ideas, una solución de emergencia para paliar realidades frente a las cuales el Estado no podía permanecer indiferente.
Pero la verdad es que tales subsidios no pueden transformarse para sus beneficiarios en un "modus vivendi" perenne, que termine apartándolos peligrosamente del trabajo, porque resulta más cómodo recibir una ayuda gratuita. De esa manera se vendría a crear -costeada por el dinero de todos- una pésima costumbre, que conspira francamente en contra de los bien entendidos intereses del país y que empaña las posibilidades de emerger de la situación en que estamos.
Por cierto que no puede sostenerse, a esta altura, que el Estado deba cancelar los referidos subsidios. Es obvio que ellos llenan actualmente una sentida necesidad social. Pero, repetimos, debe existir sobre estas liberalidades una política que vigile permanentemente su destino, y que establezca fehacientemente la situación de necesidad y falta de posibilidades de ocupación de quienes las reciben. Porque, si está creándose un cuadro como el apuntado, en que el subsidio viene a reflejarse en una merma de respuestas a la oferta laboral, es evidente que se están generando resultados dañosos de imprevisible futuro. Ellos no son, por cierto, los que se tuvieron en mira al implementar los planes sociales.
Como tampoco puede tolerarse que tales ayudas representen, en muchos casos, un aliciente para el trabajo "en negro", lacra que en toda sociedad debidamente organizada debe desterrarse sin miramientos, por sus negativas secuelas en los más diversos órdenes. Todo esto, sin duda, puede y debe evitarse realizando los ajustes y modificaciones que sean necesarios en el sistema de los subsidios. Ellos no deben servir para adormecer las energías laborales de un país como el nuestro, que necesita vivamente disponer de todas las energías de su gente. Puesto que tanto hablamos de reactivación, no conviene olvidar que la reactivación debe representar necesariamente la abundancia de oferta laboral. Sería paradójico que no pueda responderse a ella, a causa de los subsidios creados para paliar las consecuencias de la desocupación.
Nos parece que se trata, repetimos, de un asunto grave. Sus implicancias en el presente y en el futuro del país hacen necesario encararlo y resolverlo.

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