24 Marzo 2003 Seguir en 
A lo largo de casi toda una página y con reveladoras fotografías, la edición de LA GACETA del sábado cronicaba la situación de auténtico caos que caracteriza actualmente al centro de San Miguel de Tucumán. No es por cierto la primera vez que nos referimos a dicha realidad, cuyo carácter tremendamente negativo opera sobre la vida cotidiana y sobre las actividades de un enorme sector de la población.
Los hechos que se conjugan para configurar tal estado de cosas son bien conocidos. Enumeremos algunos de ellos. La calle Córdoba está cortada a causa de las investigaciones que se realizan en su problemático subsuelo. Lo mismo ocurre con las cuadras neurálgicas de calle Maipú, por una extraña disposición municipal que invoca el propósito de facilitar el tránsito de peatones. Y la repavimentación bloquea tres cuadras de la calle San Martín.
Pero hay mucho más. Los cortes de referencia determinan -como ya lo hemos hecho notar- que muchos vehículos de cuatro y de dos ruedas entren y salgan a contramano de los sectores afectados por el problema. Esto crea una franca situación de peligro para el peatón, que no sabe en qué momento deberá esquivar un auto, una motocicleta o una bicicleta que se le vienen encima desde el punto cardinal más inesperado.
A esto deben añadirse las frecuentes interrupciones de la circulación a causa de las manifestaciones de protesta; la detención de autos particulares, taxis, remises y transportes escolares en doble o triple fila para dejar o retirar alumnos de las escuelas; las veredas obstruidas por los cajones y mesas de los vendedores "ambulantes" que siguen enquistados en el microcentro; la cantidad de escolares que desbordan las veredas -destrozadas y colmadas de perros vagabundos- de la calle 25 de Mayo.
Está de más decir que este pandemonio se desarrolla sin contralor alguno por parte de los varitas. Su presencia en algo podría contribuir a organizar las cosas, pero ocurre que se encuentran por lo general en huelga, a causa de la falta de pago de sus haberes. Tampoco ha dispuesto el Gobierno provincial una medida obvia, que sería la de encargar entretanto a los policías siquiera una parte del cometido de los municipales huelguistas. Por lo tanto, el caos crece y se desarrolla sin marco alguno que lo contenga o que lo canalice del modo menos perjudicial.
Sin exageración alguna, puede afirmarse que esto configura un cuadro de desórdenes cuya magnitud carece en absoluto de precedentes en la historia contemporánea de nuestra ciudad. Nunca se ha advertido con tanta nitidez la ausencia de la dirección que, se supone, el poder público debe dar a la circulación de vehículos y de peatones por una urbe que suma más de medio millón de habitantes y un enorme parque automotor. Toda la organización municipal, con intendente, concejales y una significativa planta de personal, no puede cumplir con su misión básica.
Si así ocurre en el centro de la ciudad, es de suponer lo que acaece más allá de ese perímetro. Una buena muestra aportaba nuestra nota, también en LA GACETA del sábado, al informar sobre lo que ocurre en la calle Félix de Olazábal entre San Juan y Santiago. Aquella arteria ha desaparecido ya bajo los yuyales. Cuando lleve, el arroyo de aguas pestilentes que por ella serpentea se convierte en un río. Las alimañas e insectos hacen frecuentes las enfermedades de piel entre el vecindario que, por supuesto, tampoco goza ni de alumbrado público ni de cloacas.
Nos parece que las cosas no pueden continuar en esa dirección. Debe la Municipalidad poner término a este intolerable trastorno, indigno de una urbe civilizada.
Los hechos que se conjugan para configurar tal estado de cosas son bien conocidos. Enumeremos algunos de ellos. La calle Córdoba está cortada a causa de las investigaciones que se realizan en su problemático subsuelo. Lo mismo ocurre con las cuadras neurálgicas de calle Maipú, por una extraña disposición municipal que invoca el propósito de facilitar el tránsito de peatones. Y la repavimentación bloquea tres cuadras de la calle San Martín.
Pero hay mucho más. Los cortes de referencia determinan -como ya lo hemos hecho notar- que muchos vehículos de cuatro y de dos ruedas entren y salgan a contramano de los sectores afectados por el problema. Esto crea una franca situación de peligro para el peatón, que no sabe en qué momento deberá esquivar un auto, una motocicleta o una bicicleta que se le vienen encima desde el punto cardinal más inesperado.
A esto deben añadirse las frecuentes interrupciones de la circulación a causa de las manifestaciones de protesta; la detención de autos particulares, taxis, remises y transportes escolares en doble o triple fila para dejar o retirar alumnos de las escuelas; las veredas obstruidas por los cajones y mesas de los vendedores "ambulantes" que siguen enquistados en el microcentro; la cantidad de escolares que desbordan las veredas -destrozadas y colmadas de perros vagabundos- de la calle 25 de Mayo.
Está de más decir que este pandemonio se desarrolla sin contralor alguno por parte de los varitas. Su presencia en algo podría contribuir a organizar las cosas, pero ocurre que se encuentran por lo general en huelga, a causa de la falta de pago de sus haberes. Tampoco ha dispuesto el Gobierno provincial una medida obvia, que sería la de encargar entretanto a los policías siquiera una parte del cometido de los municipales huelguistas. Por lo tanto, el caos crece y se desarrolla sin marco alguno que lo contenga o que lo canalice del modo menos perjudicial.
Sin exageración alguna, puede afirmarse que esto configura un cuadro de desórdenes cuya magnitud carece en absoluto de precedentes en la historia contemporánea de nuestra ciudad. Nunca se ha advertido con tanta nitidez la ausencia de la dirección que, se supone, el poder público debe dar a la circulación de vehículos y de peatones por una urbe que suma más de medio millón de habitantes y un enorme parque automotor. Toda la organización municipal, con intendente, concejales y una significativa planta de personal, no puede cumplir con su misión básica.
Si así ocurre en el centro de la ciudad, es de suponer lo que acaece más allá de ese perímetro. Una buena muestra aportaba nuestra nota, también en LA GACETA del sábado, al informar sobre lo que ocurre en la calle Félix de Olazábal entre San Juan y Santiago. Aquella arteria ha desaparecido ya bajo los yuyales. Cuando lleve, el arroyo de aguas pestilentes que por ella serpentea se convierte en un río. Las alimañas e insectos hacen frecuentes las enfermedades de piel entre el vecindario que, por supuesto, tampoco goza ni de alumbrado público ni de cloacas.
Nos parece que las cosas no pueden continuar en esa dirección. Debe la Municipalidad poner término a este intolerable trastorno, indigno de una urbe civilizada.







