La fama es puro cuento

Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción de LA GACETA.

ARTISTA SABIA. China Zorrilla siempre fue cortés con los desconocidos.
ARTISTA SABIA. China Zorrilla siempre fue cortés con los desconocidos.
13 Noviembre 2009
Tuve oportunidad de entrevistar un par de veces a la actriz China Zorrilla, y siempre recuerdo que, cuando empezamos a hablar, se quitó los anteojos oscuros que llevaba y me explicó que lo hacía porque le parecía extremadamente descortés ocultarle la mirada al interlocutor; y también me contó que siempre contestaba de la manera más amable y cordial los saludos que a cada paso le hacían personas absolutamente desconocidas, porque entendía que para ellos, la suya era una figura familiar.
En la década de 1980 yo estaba trabajando en el informativo de Canal 10. En esa época los espacios periodísticos en los canales de aire tenían un elevado índice de audiencia ya que la televisión por cable no había alcanzado todavía la penetración que logró en los años siguientes, y la posibilidad de acceder a la información a través de una red de computadoras era manejada apenas por un puñado de científicos.
TVPrensa (en el 10) y División Noticias (en el 8) se dividían la totalidad del encendido tanto en la edición del mediodía como en la nocturna; por lo tanto, quienes conducíamos esos espacios televisivos éramos figuras muy conocidas.
En una oportunidad iba caminando con mi hijo (que entonces tenía unos ocho años) por el centro de la ciudad, y recibí el saludo de varios desconocidos. Asombrado, Andrés me preguntó con una nota de admiración en la voz: "¿vos sos famoso, papá?". No debe haber padre capaz de resistirse a la tentación de agigantar su figura ante los ojos de sus vástagos, así que, íntimamente regocijado, le expliqué que, en realidad, me saludaban porque mi cara les resultaba familiar y repetí el concepto que había aprendido de China. Unos metros más adelante, nos cruzamos con un grupo de jovencitos. Uno de ellos me dijo algo así como "adiós, maestro", y otro remató: "grande, Potolicho", en equivocada referencia a mi colega y entonces compañero de tareas Julio Rómulo Potolicchio.
Con el rabo del ojo escudriñé la reacción de mi hijo; por suerte para mi egolatría, su frágil atención de niño estaba ya dirigida en otro sentido, por lo que ni siquiera se percató del desliz de mi confundido admirador. Me evitó entonces tener que apelar a aquello de que "la fama es puro cuento", uno de esos lugares comunes que a veces tienen una asombrosa cuota de precisión.

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