Rodeados de palabras

La extraña incapacidad de hacer realidad los sueños.

23 Marzo 2003
Si un durazno se pudre en un cajón de frutas y no se lo expulsa a tiempo, terminará corrompiendo al resto. Del mismo modo, si un cáncer no es tratado en su semilla, irá invadiendo y destruyendo los tejidos hasta matar al enfermo. Eso viene sucediendo desde hace años con nuestra clase dirigente y también con la sociedad. La queja ocupa un anaquel destacado en la idiosincrasia, así como la inercia, es decir la incapacidad de los tucumanos para salir del estado de reposo, para cambiar las condiciones de su movimiento o para cesar en él, sin la aplicación o intervención de alguna fuerza.
Vivimos arropándonos con palabras, proyectos, ideas, teorías, esperanzas, pero, por alguna fuerza misteriosa e insondable, somos incapaces de plasmar los deseos, los sueños colectivos, en acciones concretas. Hasta ahora hemos sido incapaces de unirnos detrás de objetivos comunes y de perseverar hasta concretarlos. Las ideas y propuestas pueden ser brillantes, pero si sus ejecutores no lo son o están divididos porque cada uno tiene su propia verdad, estas fracasarán o quedarán sólo en su formulación. Todos opinan sobre la realidad, tienen las posibles soluciones, pero nadie se anima a motorizarlas. Ello refleja una ausencia de compromiso social, producto de un individualismo que sólo nos conduce al sálvese quien pueda.
Sería muy difícil para una orquesta sinfónica interpretar música de alto nivel sin un director eficiente, sin partituras, sin la voluntad de cada uno de sus integrantes de contribuir al conjunto, sin exigencias, sin sueldos dignos ni concursos permanentes que los estimularan. En esta orquesta que se escucha en todo el territorio provincial, existe un relajamiento notable porque cada uno toca la nota que quiere; casi no hay respeto por el otro; no se acatan las indicaciones del director -tal vez porque no posee condiciones para el cargo-; el presupuesto para su funcionamiento es casi inexistente -pese a existir partidas reservadas-; las desafinaciones son dramáticas y la vergüenza es prácticamente nula.
Esta historia que cae sobre nuestras cabezas en forma crónica, como la piedra de Sísifo, se refleja a diario en la realidad. El caos en que se ha convertido San Miguel de Tucumán es una muestra de ello. Nadie respeta nada. Hace ya varios lustros asistimos a los conflictos en la educación y en la salud. Ningún gobierno ha sido capaz de resolver este intríngulis que nos arroja diariamente al analfabetismo y a enfermedades que han resucitado por gestión de la miseria y de la inoperancia. Las carpas en la plaza Independencia; las manifestaciones cotidianas de los distintos sectores; la desnutrición; la corrupción; la impunidad no logran sacar de la inercia a una parte de la comunidad pensante que podría generar un cambio si se lo propusiera, y a la clase dirigente que permanece sorda, construyendo a espaldas del pueblo su proyecto político. No hay dinero para pagarles a los maestros ni a los empleados de la sanidad, pero sí para la campaña proselitista.
Siempre son los mismos rostros que, ante cada elección, se promueven a sí mismos como "candidatos de la esperanza". Les pasan el plumero a las viejas propuestas incumplidas, pero no hablan de cómo concretarlas y lo más grave es que mientras ejercieron el poder no las hicieron realidad. Sólo palabras.
Un método, una investigación, un equipo de trabajo, la labor de un profesional o de un dirigente se evalúan por los resultados. Basta echar una veloz mirada a la realidad provincial para darse cuenta de los malogros obtenidos.
Detrás de la esperanza escondemos esta incapacidad para provocar un cambio y hacernos cargo de la queja asumiendo el protagonismo. Tal vez sea necesario agarrar a la esperanza de los pelos, sentarla en esta tierra fecunda y empezar a construir. Si no lo hacemos, los candidatos de la desesperanza continuarán hipotecando nuestro destino.

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