Cada vez menos libros

Un realidad que jaquea a la industria editorial y afecta a la cultura de un pueblo.

22 Marzo 2003
En páginas que no conviene olvidar, Nicolás Avellaneda afirmaba: "cuando oigo decir que un hombre tiene el hábito de la lectura, estoy inclinado a pensar bien de él". Eso porque leer es "mantener siempre vivas y despiertas las nobles facultades del espíritu, dándoles por alimento nuevas emociones, nuevas ideas y nuevos conocimientos". Por su parte, Juan B. Terán consideraba al libro como cumplidor no sólo de una misión de cultura científica, sino también de un cometido de justicia y de igualdad, ya que es lo que "iguala al labrador con el monarca", y resulta así "el nivelador de las condiciones y de las suertes".
A pesar de que no pueden sino compartirse los juicios de estos dos eminentes tucumanos, hay que decir que la situación actual del libro en la Argentina está envuelta en una crisis que debiera preocuparnos seriamente. Las estadísticas indican un cuadro grave: durante el año pasado se redujo a casi un 50 % la cantidad de ejemplares que se imprimieron el año anterior, y la cantidad de títulos descendió un 25 %.
Ello se manifiesta en una serie de realidades negativas. En primer lugar, la oferta de ediciones nacionales es escasa y cara: con las turbulencias conocidas del panorama económico, comprar un libro representa un gasto significativo, que retrae a mucha gente que hasta hace pocos años era asidua adquirente. Comentaristas de la cuestión han hecho notar que, por razones de costos, muchos autores nacionales editan últimamente en editoriales extranjeras, con lo cual se ponen fuera del alcance de los lectores del país. En efecto, si el libro de sello nacional tiene un costo elevado, el importado resulta ya directamente inaccesible para el lector común.
De mismo modo se ha señalado como un fuerte indicador, el hecho de que sólo un 40 % de los escolares argentinos dispone de un libro de texto, de acuerdo con las referencias de la Cámara del Libro. Contrasta por cierto esa situación con la vigente décadas atrás, en la cual los textos de edición nacional no solamente abastecían cómodamente al país, sino que se exportaban a muchos países de América Latina.
Obvio es apuntar que el aprendizaje requiere libros, y que estos no pueden ser sustituidos ventajosamente por otros medios. De lo que se concluye que la calidad de nuestra educación queda verdaderamente resentida por la apuntada circunstancia. Ella viene a agregarse a las otras que configuran esta inquietante problemática de la actualidad nacional.
Es decir que, en síntesis, el panorama es que cada vez hay menos posibilidades de leer en nuestro país. Parece evidente que un fenómeno de esta naturaleza conspira notoriamente contra ese crecimiento cultural que, en teoría, debiera representar para todos una acuciante prioridad. Si estamos de acuerdo en que el futuro inmediato sólo será accesible para las naciones que hayan logrado formar intelectualmente a sus habitantes, parece muy difícil encaminarse en esa dirección si no cuidamos que el libro llegue a la mayor cantidad de personas posible y en la mayor variedad de terrenos y de temas.
No puede haber formación si no se lee. Los libros espolean el espíritu en todas las direcciones, y activan sus mejores posibilidades. Un país no puede dejar de lado una cuestión con la trascendencia que esta posee, porque corre el riesgo de cortar una cadena cultural que demoraría largos años en volver a soldarse.
Pensamos que quienes hacen las leyes debieran buscar el modo de reactivar la industria editorial argentina, como manera de irle devolviendo, paulatinamente, siquiera una parte de esa importancia que tuvo en décadas pasadas. Ha de haber un camino para permitir que la comunidad argentina siga leyendo y que termine este alarmante cuesta abajo del libro entre nosotros.

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