¿Cómo la ves?

El bolsón para captar votos y asegurarse la continuidad en el poder tiene mucho en común con la reforma política y las asignaciones por hijo que anunció Cristina. Por Juan Manuel Asis - Prosecretario de Redacción.

Por Redacción Política 01 Noviembre 2009
Mediodía del jueves en la ciudad, incómodos 40 grados centígrados, bulliciosa esquina de San Martín y 25 de Mayo, un "compañero" cuarentón camina en dirección a la Casa de Gobierno; reniega con el saco que no se le abrocha, a esa hora y con esa temperatura agobiante. Excesivo día peronista, le dice al morochito que lo secunda. Encuentro fortuito, saludo y consulta breve, de caminata, usual, como lo hacen siempre los políticos cuando se cruzan con un periodista: "¿cómo la ves?". Para los comunicadores sociales el interrogante es de fácil decodificación; quiere saber sintéticamente qué se piensa del clima político, de las tensiones sociales y de la forma en que se maneja el Gobierno. Siempre hay una respuesta, también corta, de actualidad, medio en broma, medio en serio. Ese día fue: los conflictos sociales les harán perder votos en 2011. La consiguiente reflexión, suele ser breve, contundente, irónica y tremendamente realista: "entonces vamos a tener que duplicar la entrega de bolsones". Sonrisas, adioses y cada uno a lo suyo.
Faltan bastantes meses políticos para el electoral 2011, pero así como ese "compañero" planteó en broma qué se debe hacer para que el peronismo no abandone el palacio gubernamental hasta 2015; la presidenta, Cristina Fernández, hizo otro tanto, aunque en un marco más serio, con dos anuncios trascendentales pero a la vez polémicos. Los dos, el bromista y la mandataria, se manifestaron en distintos planos, pero en la misma dirección en el fondo.
Los bolsones son el emblema del clientelismo político en Tucumán y la reforma política y las nuevas asignaciones familiares tienen bastante de lo mismo. No se puede dejar de sospechar que vayan en la misma dirección, especialmente cuando la gestión kirchnerista está siendo tachada de extorsionadora institucional en base al manejo arbitrario de la billetera (recursos del Estado).
Más allá de que las iniciativas se justifiquen por sí solas, debido a la necesidad de mejorar el sistema político-partidario y de enfrentar la creciente pobreza en el país, sigue siendo la forma en que se encaran lo que genera dudas y lleva a preguntar, una y mil veces, si realmente son sinceros los Kirchner. Es normal que se dude sobre las verdaderas motivaciones y propósitos que persiguen, así como es natural que los opositores analicen con lupa todo proyecto que surja del oficialismo, lo aplaudan a medias o lo defenestren.
Pero, ¿quién no puede aplaudir que la calidad institucional sea tenida en cuenta, así como que no se descuide a los desprotegidos sociales; y que sea el Estado el que encuentre las salidas? Pero el kirchnerismo, en vez de provocar aplausos, convierte en sospechosas sus iniciativas, lo que facilita los razonamientos adversos a partir de la indisimulable sed de poder del matrimonio y el anhelo familiar de continuar atornillados en la Casa Rosada. Con estas dos propuestas lo primero que salta a la vista es que los Kirchner quieren imponer la agenda política. Y está bien, corresponde que quien gobierna no quiera que le marquen el paso -la oposición o la prensa-, porque, si no, ¿para qué se está donde se está?
 Sin embargo, hay una sutil distancia entre imponer el tema de la agenda e imponer sin debate el proyecto. Creer que hay una verdad y que la tienen ellos es un poco soberbio. Es una necedad, especialmente en ese lugar de privilegio. Siempre es mejor que en un grupo todos tiren para un mismo lado en lugar de que uno intente arrastrar al resto por la fuerza. Lamentablemente, estamos en el país de los exabruptos de Maradona: si no estás conmigo sos mi enemigo; verdad que vale para políticos, empresarios, sindicalistas, ruralistas, etcétera.
En este país, bolsón, plan social, asignación por hijo o ayuda económica de la Nación tienen un sesgo clientelar, porque ese es el modelo de gestión que se impuso. Por más loable que sea el aporte para los desocupados, ¿quién puede asegurar que en 2011 alguno no amenace con interrumpir la ayuda, si no se sufraga por el matrimonio? Estamos en el país donde la frase "cortar el chorro" se ha institucionalizado y se hizo carne. Su sola mención provoca sudores en gobernadores, intendentes y beneficiarios del Estado. No se favorece el voto libre; se apela al miedo, al temor de perder lo que se obtuvo. Con el proyecto de reforma sucede otro tanto; así como se trata de tener un voto cautivo, también se quiere imponer un modelo electoral que lleve agua al propio molino. En el fondo, la intención es que sea Néstor Kirchner quien usufructúe el sistema, aunque no sea ciertamente un traje a medida del patagónico, tal como lo dijera su esposa el miércoles. Pero no porque ella lo afirme -los sastres fueron Landau y el propio Kirchner-, sino porque los ideólogos se tendieron una pequeña trampa, sin advertirlo. Cuando lo hagan, seguramente subsanarán el error.
¿Cuál sería esa mínima equivocación? Haber llamado a internas abiertas y obligatorias para elegir los candidatos a presidente de cada agrupación política. El sistema propone que todos los electores voten en forma simultánea -el mismo día- y que esa votación sea obligatoria. Además, indica algo no menor, aunque obvio: un elector podrá emitir un voto y para una sola lista de una agrupación política.
Es decir que, más allá de los militantes propios de cada partido político -que acudirán a elegir entre los precandidatos de su agrupación-, estarán los independientes que suman casi el 70% del padrón (19 millones de personas). En teoría, como todo el mundo está obligado a votar en las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), es probable que el humor político del momento termine afectando alguna postulación.
¿Los kirchneristas dejarán abiertas las puertas para que los independientes decidan quién será el candidato del peronismo? También en teoría, de acuerdo al modelo de sometimiento impuesto por los Kirchner, les convendría más que la interna sea cerrada y reducida al PJ. Les sería más fácil acceder a una victoria. Tal vez por eso se animó Eduardo Duhalde a decir que peleará en la elección abierta del PJ y que le ganará a Kirchner. Dato al margen: si en las PASO llegara a sufragar la misma cantidad de electores que en los comicios de 2007 (19 millones), para que un precandidato pase a la instancia de candidato a presidente debe obtener 570.000 votos (el 3% de los votos emitidos). O sea: chau a los candidatos de los partidos chicos. Es una meta del kirchnerismo reducir si es posible a dos los postulantes finales.

Tucumán, paso
Imaginemos que Tucumán habilitara un sistema parecido para elegir candidatos a gobernador. Y más allá de que el PJ tenga 200.000 afiliados que puedan ir en una dirección, el hecho de que  haya otros 800.000 electores independientes podría, en teoría, influir para modificar un resultado. Aquí debería aparecer aquel dirigente agobiado por el calor y su pregunta: ¿cómo la ves? Tal vez los disconformes con la gestión (los ruralistas que catapultaron a un opositor al Congreso, los abogados que se enfrentaron con el Gobierno, los médicos que se plantaron contra el Ejecutivo, etcétera) se animen a ir a las urnas para aprovechar y vetar.
Pero ya lo anticipó el gobernador, José Alperovich: al margen de la suerte que corra la iniciativa, Tucumán se mantendrá con su propio régimen electoral. No dará ese paso. El acople, pergeñado en el Ministerio de Gobierno, le vino como anillo al dedo y le permitió ser el hombre más votado en la historia de Tucumán como candidato a gobernador. ¿Para qué cambiar? Sin embargo, más allá de que la Justicia tenga la llave para su posible reelección, el titular del PE debe analizar cómo los conflictos sociales de largo alcance pueden terminar afectando sus chances.

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