El insoportable sonido de una montaña incandescente

28 Octubre 2009
El incendio desatado en la planta de Pacará Pintado, además de dantesco, era ruidoso. Desde la ruta podía apreciarse con nitidez esa montaña incandescente, cuya cima era, más bien, una enorme chimenea de la que brotaba una anchísima columna de humo blanco que, en realidad, se veía negro cuando tenía el reflejo de la luna de fondo. Al lado de la cerca perimetral, la temperatura era sensiblemente más elevada que en el oscuro camino de tierra que, a 100 metros del establecimiento, estaba atravesado por piedras grandes. Y se escuchaban de manera constante ruidos que se parecían a metales que crujían y a vidrios que estallaban. De a ratos, se producían minúsculas y visibles y estridentes explosiones. Los rostros también cambiaban conforme la distancia de la planta. En el interior, los bomberos lucían agotados. En la puerta, los empleados se veían preocupados. Y en los patios de sus casas, los vecinos se veían resignados a pasar otra mala noche. Esta vez no sería el calor agobiante ni la asfixiante fetidez del Salí, sino el crepitante incendio que, según el capricho del viento, podía cubrirlos de humo y tornarles aún más negra la noche.

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