04 Septiembre 2009 Seguir en 
A Jesse ya no le interesa ir al colegio. Su papá -crítico de cine al fin- le propone una salida: de acuerdo, pero todas las semanas te sentás conmigo a ver películas y vamos a analizarlas juntos. Y así se dispara "Cineclub", la novela de David Gilmour (nada que ver con el violero de Pink Floyd).
Sivori -así, a secas- tiene en la cabeza una película sobre Eva Perón. Pero no debe ser una película más, sino un viaje al corazón del mito. La aparición de una inquietante mujer en el departamento vecino -y ese bendito guión que nunca termina de nacer- le dan vuelta la vida a Sivori. Y así se dispara "Cine", la feliz novela de Juan Martini.
¿Y qué tienen en común estas historias; qué une al experimento cinéfilo de una familia canadiense con el devenir de un director de cine porteño, estimulado por tres mujeres que se le meten por todas las rendijas de sus 51 años? Además de estar maravillosamente escritas, de regalarnos personajes verosímiles y conmovedores, son fieles a un hilo conductor: la pasión que las películas nos transmiten y las gotas de sabiduría con que nos empapan.
Todo lo que cuenta "Cineclub", vale apuntarlo, sucedió en el living de la casa de los Gilmour. Lo explica el autor en el apartado de agradecimientos. "Cine" es un ejercicio que camina constantemente por el filo de la realidad. De hecho, Carlos Sorín es amigo de Sivori y asoma en varios capítulos. El trazo periodístico aparece una y otra vez, por ejemplo en el rigor para precisar los datos sobre las películas (en ambas novelas se las consigna con año de edición y nombre del director. Martini agrega las principales figuras del elenco).
Gilmour le propone a Jesse agrupar las películas por géneros. O por directores. O por corrientes artísticas. Y en algún momento se dedican a mirar, de un tirón, las "peores de todos los tiempos". Sivori y su vecina vuelven una y otra vez sobre "Mulholland Drive", en un intento por descifrar lo indescifrable. Gilmour le explica a su hija por qué Brando es Brando. O por qué determinadas escenas son más importantes, o más fascinantes, o sencillamente perfectas. Sivori, que enseña cine, saca a Godard de la galera cuando sus alumnos se ponen demasiado presuntuosos. Y a su vecina le obsequia, el día de su cumpleaños, un reluciente DVD con el "Nosferatu", de Murnau.
"Cineclub" y Cine" hablan de las relaciones humanas, no son tratados sobre lenguaje cinematográfico. ¿Pero puede encontrarse un vehículo más inteligente, sensible, humano y profundo para transmitir sensaciones que una buena película?
Sivori -así, a secas- tiene en la cabeza una película sobre Eva Perón. Pero no debe ser una película más, sino un viaje al corazón del mito. La aparición de una inquietante mujer en el departamento vecino -y ese bendito guión que nunca termina de nacer- le dan vuelta la vida a Sivori. Y así se dispara "Cine", la feliz novela de Juan Martini.
¿Y qué tienen en común estas historias; qué une al experimento cinéfilo de una familia canadiense con el devenir de un director de cine porteño, estimulado por tres mujeres que se le meten por todas las rendijas de sus 51 años? Además de estar maravillosamente escritas, de regalarnos personajes verosímiles y conmovedores, son fieles a un hilo conductor: la pasión que las películas nos transmiten y las gotas de sabiduría con que nos empapan.
Todo lo que cuenta "Cineclub", vale apuntarlo, sucedió en el living de la casa de los Gilmour. Lo explica el autor en el apartado de agradecimientos. "Cine" es un ejercicio que camina constantemente por el filo de la realidad. De hecho, Carlos Sorín es amigo de Sivori y asoma en varios capítulos. El trazo periodístico aparece una y otra vez, por ejemplo en el rigor para precisar los datos sobre las películas (en ambas novelas se las consigna con año de edición y nombre del director. Martini agrega las principales figuras del elenco).
Gilmour le propone a Jesse agrupar las películas por géneros. O por directores. O por corrientes artísticas. Y en algún momento se dedican a mirar, de un tirón, las "peores de todos los tiempos". Sivori y su vecina vuelven una y otra vez sobre "Mulholland Drive", en un intento por descifrar lo indescifrable. Gilmour le explica a su hija por qué Brando es Brando. O por qué determinadas escenas son más importantes, o más fascinantes, o sencillamente perfectas. Sivori, que enseña cine, saca a Godard de la galera cuando sus alumnos se ponen demasiado presuntuosos. Y a su vecina le obsequia, el día de su cumpleaños, un reluciente DVD con el "Nosferatu", de Murnau.
"Cineclub" y Cine" hablan de las relaciones humanas, no son tratados sobre lenguaje cinematográfico. ¿Pero puede encontrarse un vehículo más inteligente, sensible, humano y profundo para transmitir sensaciones que una buena película?







