24 Agosto 2009 Seguir en 
MADRID.- (Por Irene Benito). Claudio Gabis se presenta: "nací en Villa Crespo (Ciudad de Buenos Aires), me crié en Caballito y frecuenté los bares de la calle Rivadavia. Soy un músico autodidacta. Fui uno de los fundadores de Manal y el guitarrista del primer disco de Sui Generis. Publiqué un libro de armonía moderna, que es una especie de 'best seller' de la enseñanza de la música. Tengo 60 años". Y desde hace 20 vive en Madrid, con previas residencias en Brasil y Estados Unidos, y un regreso frustrado al Río de la Plata. "Dejé Argentina en 1972, cuando comprendí que se planteaban conflictos que no se iban a resolver". Con la perspectiva que regalan la distancia y el paso del tiempo, Gabis afirma: "el rock argentino no se entiende afuera porque se ha autoconfinado a la coyuntura local. Es un proceso que lleva décadas y que resulta inexplicable en un país que estuvo muy abierto al mundo".
Parece mentira que este señor de apariencia tan normal, que en dos tragos liquida un café con hielo en "La Suiza" -una pastelería tradicional de Madrid adormecida durante esta siesta estival-, pertenezca a la misma generación que Charly García. Gabis participó de la gestación de lo que él llama "movimiento rock nacional", asociado para siempre a las entonces atrevidas y vanguardistas reuniones artísticas del Instituto Di Tella. Ese rock and roll recién nacido tenía tres referencias: Los Gatos, Manal y Almendra. "Todo esto comenzó en 1967, durante la dictadura de (Juan Carlos) Onganía. Nos reprimían y faltaba libertad, pero nuestro movimiento, que era totalmente marginal, no llegó a ser brutalmente perseguido porque surgieron los grupos subversivos con un propósito más serio y radical que el rock", recuerda con inequívoco acento porteño.
-¿La leyenda exageró el clima de violencia?
-El movimiento rock nacional era mal visto. A la gente convencional le producía urticaria nuestro aspecto, conducta, el uso de las drogas, la música... Pero la policía lo solucionaba con detenciones masivas de 24 horas, disolución de las fiestas y procesos por tenencia de drogas o por alcoholismo. No nos "chupaban". A Tanguito (autor de la mítica canción "La Balsa") no lo mató la policía, que tenía órdenes de dejarlo tranquilo porque era una figura conocida. Los agentes se limitaban a cumplir el ritual de perseguirnos para calmar el mal humor social que pedía mano dura para los degenerados y pervertidos, entre los cuales estaban los hijos de la clase media y alta, de los militares, los jueces y la misma policía.
-¿Está usted conforme con la reconstrucción de la historia del rock nacional?
-No estoy de acuerdo con el mito. Tanguito, por ejemplo, nunca fue un héroe, ni siquiera fue un tipo rechazado por el sistema. Él no quiso surgir porque estaba más interesado en las drogas y en reventarse que en la música y el arte. El eligió ese camino. Se han creado estereotipos, pero, de cualquier manera, la música ha conservado el espíritu atemporal de búsqueda de la libertad, de la expresión sincera y la honestidad artística.
-Las distorsiones no eliminaron el mensaje...
-Pese a las deformaciones que encuentro cuando me pongo erudito, admito que la esencia de nuestra música persistió de manera asombrosa. Porque todo ese acervo podría haber sido eliminado, como ha ocurrido con otros aspectos de la historia. El rock y el fútbol no son más importantes que la política, que, sin embargo, está mal contada desde la fundación del país. La falta de trascendencia del prócer Mariano Moreno es más grave que la falta de reconocimiento de las figuras del rock and roll.
La excepción de Calamaro
El propósito de presentar musicalmente a Gabis está condenado de antemano. Su lengua madre es el blues, pero es un apasionado del jazz. Además, le gustan la insolencia del rock -por supuesto-, la dulzura y la armonía de los ritmos brasileños, la carne viva del flamenco y la espiritualidad de la música oriental. "(Carlos) Gardel y (*Astor) Piazzolla me ponen la piel de gallina", agrega el guitarrista. Por añadidura, confiesa: "nunca fui purista".
Afuera, el sol relampaguea. Gabis parece acostumbrado al verano español. El inmigrante asegura que no reniega de Argentina: "me encanta el país, no la nación ni el concepto político. Allí suceden cosas únicas. Pero como empresa nacional, como conjunto de gente y de instituciones llamadas a crear un entorno de evolución, crecimiento, y desarrollo, considero que es un proyecto fracasado". El músico cree que Argentina siempre fue vista con ingenuidad. "Tenemos nostalgia de algo que nunca existió. No somos capaces de ver con objetividad la realidad interna y exterior del país".
-¿Por qué el rock argentino no tiene repercusión en el extranjero?
-Porque es un fenómeno local. Sólo un artista, Andrés Calamaro, consiguió tener un pie tan bien plantado aquí como allá. Su lenguaje funciona en todas partes porque es un músico muy bien dotado. Charly es una figura extraordinaria, pero nacional. A Fito (Páez) le sucede lo mismo. Argentina antes tenía un papel internacional: ahora, en verdad, parece una isla. Hay formas musicales como el tango y el folclore, que tienen repercusión afuera, pero el rock se ha ido metiendo hacia adentro y no necesariamente por una cuestión de identidad, sino por el enquistamiento en la problemática local, que no es la problemática universal.
-A los argentinos les cuesta explicarse...
-El lenguaje resulta incomprensible. Nuestra estética rockera parece rara y extravagante. La cuestión es diferente desde el ángulo opuesto: la música española hizo presión y siempre tuvo público en Argentina, desde (Joan Manuel) Serrat hasta Raphael). Lo contrario no sucedió nunca, salvo, insisto, en el caso de Calamaro. Las cosas bajan de norte a sur y no suben al revés.
Parece mentira que este señor de apariencia tan normal, que en dos tragos liquida un café con hielo en "La Suiza" -una pastelería tradicional de Madrid adormecida durante esta siesta estival-, pertenezca a la misma generación que Charly García. Gabis participó de la gestación de lo que él llama "movimiento rock nacional", asociado para siempre a las entonces atrevidas y vanguardistas reuniones artísticas del Instituto Di Tella. Ese rock and roll recién nacido tenía tres referencias: Los Gatos, Manal y Almendra. "Todo esto comenzó en 1967, durante la dictadura de (Juan Carlos) Onganía. Nos reprimían y faltaba libertad, pero nuestro movimiento, que era totalmente marginal, no llegó a ser brutalmente perseguido porque surgieron los grupos subversivos con un propósito más serio y radical que el rock", recuerda con inequívoco acento porteño.
-¿La leyenda exageró el clima de violencia?
-El movimiento rock nacional era mal visto. A la gente convencional le producía urticaria nuestro aspecto, conducta, el uso de las drogas, la música... Pero la policía lo solucionaba con detenciones masivas de 24 horas, disolución de las fiestas y procesos por tenencia de drogas o por alcoholismo. No nos "chupaban". A Tanguito (autor de la mítica canción "La Balsa") no lo mató la policía, que tenía órdenes de dejarlo tranquilo porque era una figura conocida. Los agentes se limitaban a cumplir el ritual de perseguirnos para calmar el mal humor social que pedía mano dura para los degenerados y pervertidos, entre los cuales estaban los hijos de la clase media y alta, de los militares, los jueces y la misma policía.
-¿Está usted conforme con la reconstrucción de la historia del rock nacional?
-No estoy de acuerdo con el mito. Tanguito, por ejemplo, nunca fue un héroe, ni siquiera fue un tipo rechazado por el sistema. Él no quiso surgir porque estaba más interesado en las drogas y en reventarse que en la música y el arte. El eligió ese camino. Se han creado estereotipos, pero, de cualquier manera, la música ha conservado el espíritu atemporal de búsqueda de la libertad, de la expresión sincera y la honestidad artística.
-Las distorsiones no eliminaron el mensaje...
-Pese a las deformaciones que encuentro cuando me pongo erudito, admito que la esencia de nuestra música persistió de manera asombrosa. Porque todo ese acervo podría haber sido eliminado, como ha ocurrido con otros aspectos de la historia. El rock y el fútbol no son más importantes que la política, que, sin embargo, está mal contada desde la fundación del país. La falta de trascendencia del prócer Mariano Moreno es más grave que la falta de reconocimiento de las figuras del rock and roll.
La excepción de Calamaro
El propósito de presentar musicalmente a Gabis está condenado de antemano. Su lengua madre es el blues, pero es un apasionado del jazz. Además, le gustan la insolencia del rock -por supuesto-, la dulzura y la armonía de los ritmos brasileños, la carne viva del flamenco y la espiritualidad de la música oriental. "(Carlos) Gardel y (*Astor) Piazzolla me ponen la piel de gallina", agrega el guitarrista. Por añadidura, confiesa: "nunca fui purista".
Afuera, el sol relampaguea. Gabis parece acostumbrado al verano español. El inmigrante asegura que no reniega de Argentina: "me encanta el país, no la nación ni el concepto político. Allí suceden cosas únicas. Pero como empresa nacional, como conjunto de gente y de instituciones llamadas a crear un entorno de evolución, crecimiento, y desarrollo, considero que es un proyecto fracasado". El músico cree que Argentina siempre fue vista con ingenuidad. "Tenemos nostalgia de algo que nunca existió. No somos capaces de ver con objetividad la realidad interna y exterior del país".
-¿Por qué el rock argentino no tiene repercusión en el extranjero?
-Porque es un fenómeno local. Sólo un artista, Andrés Calamaro, consiguió tener un pie tan bien plantado aquí como allá. Su lenguaje funciona en todas partes porque es un músico muy bien dotado. Charly es una figura extraordinaria, pero nacional. A Fito (Páez) le sucede lo mismo. Argentina antes tenía un papel internacional: ahora, en verdad, parece una isla. Hay formas musicales como el tango y el folclore, que tienen repercusión afuera, pero el rock se ha ido metiendo hacia adentro y no necesariamente por una cuestión de identidad, sino por el enquistamiento en la problemática local, que no es la problemática universal.
-A los argentinos les cuesta explicarse...
-El lenguaje resulta incomprensible. Nuestra estética rockera parece rara y extravagante. La cuestión es diferente desde el ángulo opuesto: la música española hizo presión y siempre tuvo público en Argentina, desde (Joan Manuel) Serrat hasta Raphael). Lo contrario no sucedió nunca, salvo, insisto, en el caso de Calamaro. Las cosas bajan de norte a sur y no suben al revés.







