10 Marzo 2003 Seguir en 
Es redundante decir que la sociedad tiene la justificada impresión de hallarse desprotegida frente a la ola generalizada de delitos cargados de violencia que la envuelve. Se trata de algo que ocurre todos los días y en las zonas más diversas de la ciudad, tanto en pleno centro como en los barrios. Se delinque con igual tranquilidad tanto en medio de la noche como a la luz del sol. Y hay episodios (como el de los autos acribillados a balazos en un taller mecánico, el viernes) que evocan a aquella Chicago sin ley de los años veinte, cuando Al Capone hacía lo que se le antojaba en las calles.
Muchos atentados son denunciados, pero otros igualmente numerosos se mantienen en reserva, porque las víctimas piensan frecuentemente que es inútil dar cuenta de ellos. La impunidad pareciera proteger a los marginales que roban y, si les es necesario, matan.
Motociclistas recorren las calles buscando mujeres a las cuales golpear y arrebatarles las carteras. Es sabido que muchas ya prefieren no llevar nada en las manos y esconder en su cuerpo el dinero que necesitan para el gasto diario. Los propietarios de almacenes, cabinas telefónicas y quioscos viven con el corazón en la boca porque no saben cuál de los clientes de pronto sacará un arma y les ordenará vaciar la caja. El comerciante cierra su negocio a la noche y ruega para que al día siguiente no lo encuentre devastado por boqueteros. Se atraca en el interior de los colectivos. Taxistas y remiseros son robados por jóvenes que buscan dinero para drogas o alcohol. En cuanto a las viviendas, prácticamente no hay domicilio en la ciudad, dentro o fuera de las avenidas, que no haya sufrido la acción de los delincuentes.
Habitamos una ciudad cuyo clima se ha enrarecido por el miedo. Basta una mirada por las calles para comprobarlo. Por todas partes se han instalado rejas y alarmas. La gente camina asustada y mira con desconfianza a cualquier transeúnte con quien se cruce, ya que en el minuto siguiente puede convertirse en asaltante. Los padres aguardan con zozobra el regreso de sus hijos por la noche.
Acaba de asumir un nuevo titular del Ministerio de Gobierno y Justicia, cartera de la cual es responsable la Policía. Ha recalcado que es su propósito "atender el reclamo social de seguridad, en el marco del estado de Derecho pero sin concesiones". Cabe esperar, del nuevo funcionario, un cambio profundo en semejante estado de cosas. Los pueblos esperan, de quienes ejercen el gobierno, no que compartan sus penurias, sino que los ayuden a salir de ellas.
Una sociedad civilizada no puede vivir con miedo. No puede admitirse el desamparo de los habitantes frente a quienes desprecian la ley y han hecho un "modus vivendi" del delito. La población tiene que tener clara evidencia de que el poder público la protege, y este no ha de ahorrar esfuerzos para que "seguridad" deje de ser una palabra vacía y se convierta en realidad para todos los habitantes, del centro de la ciudad, de su periferia, y de todo el territorio de Tucumán. A cada momento se repite, en localidades del interior, que la Policía no puede actuar porque carece de personal, de vehículos, de medios. Es una situación que corresponde corregir sin pérdida de tiempo.
Bien sabemos cuáles son los requisitos para una eficaz tarea policial. Debe haber en las calles la suficiente cantidad de uniformados y debe contar la repartición con los elementos de movilidad, de comunicación y de armamento que le permitan desarrollar una eficaz acción preventiva y una veloz respuesta a la acción de los malvivientes. Y para esto debe existir un contacto permanente y de recíproca colaboración con los habitantes. Sólo de ese modo podremos conjurar la inseguridad que nos castiga.
Muchos atentados son denunciados, pero otros igualmente numerosos se mantienen en reserva, porque las víctimas piensan frecuentemente que es inútil dar cuenta de ellos. La impunidad pareciera proteger a los marginales que roban y, si les es necesario, matan.
Motociclistas recorren las calles buscando mujeres a las cuales golpear y arrebatarles las carteras. Es sabido que muchas ya prefieren no llevar nada en las manos y esconder en su cuerpo el dinero que necesitan para el gasto diario. Los propietarios de almacenes, cabinas telefónicas y quioscos viven con el corazón en la boca porque no saben cuál de los clientes de pronto sacará un arma y les ordenará vaciar la caja. El comerciante cierra su negocio a la noche y ruega para que al día siguiente no lo encuentre devastado por boqueteros. Se atraca en el interior de los colectivos. Taxistas y remiseros son robados por jóvenes que buscan dinero para drogas o alcohol. En cuanto a las viviendas, prácticamente no hay domicilio en la ciudad, dentro o fuera de las avenidas, que no haya sufrido la acción de los delincuentes.
Habitamos una ciudad cuyo clima se ha enrarecido por el miedo. Basta una mirada por las calles para comprobarlo. Por todas partes se han instalado rejas y alarmas. La gente camina asustada y mira con desconfianza a cualquier transeúnte con quien se cruce, ya que en el minuto siguiente puede convertirse en asaltante. Los padres aguardan con zozobra el regreso de sus hijos por la noche.
Acaba de asumir un nuevo titular del Ministerio de Gobierno y Justicia, cartera de la cual es responsable la Policía. Ha recalcado que es su propósito "atender el reclamo social de seguridad, en el marco del estado de Derecho pero sin concesiones". Cabe esperar, del nuevo funcionario, un cambio profundo en semejante estado de cosas. Los pueblos esperan, de quienes ejercen el gobierno, no que compartan sus penurias, sino que los ayuden a salir de ellas.
Una sociedad civilizada no puede vivir con miedo. No puede admitirse el desamparo de los habitantes frente a quienes desprecian la ley y han hecho un "modus vivendi" del delito. La población tiene que tener clara evidencia de que el poder público la protege, y este no ha de ahorrar esfuerzos para que "seguridad" deje de ser una palabra vacía y se convierta en realidad para todos los habitantes, del centro de la ciudad, de su periferia, y de todo el territorio de Tucumán. A cada momento se repite, en localidades del interior, que la Policía no puede actuar porque carece de personal, de vehículos, de medios. Es una situación que corresponde corregir sin pérdida de tiempo.
Bien sabemos cuáles son los requisitos para una eficaz tarea policial. Debe haber en las calles la suficiente cantidad de uniformados y debe contar la repartición con los elementos de movilidad, de comunicación y de armamento que le permitan desarrollar una eficaz acción preventiva y una veloz respuesta a la acción de los malvivientes. Y para esto debe existir un contacto permanente y de recíproca colaboración con los habitantes. Sólo de ese modo podremos conjurar la inseguridad que nos castiga.







