La marca de la desconfianza

Con altos niveles de frustración, los tucumanos no tienen expectativas de mejora en el horizonte cercano.

09 Marzo 2003
Por Juan J. Concha Martínez

Un viento de desconfianza y de frustración horada el ánimo de los tucumanos por estos días. Una fuerte caída de las expectativas muestra la percepción de que tampoco se transita hacia un horizonte claro. Desde una situación de pesadumbre actual se proyecta en lo inmediato un futuro sin cambios, un tiempo con estas mismas incertidumbres. Escépticos, descreídos, golpeados, los tucumanos aparecen muy por debajo de la media nacional en los indicadores de confianza que se elaboran para medir el nivel de esperanza sobre la economía, el consumo, el empleo, el ahorro y el panorama de las familias.
Los datos estadísticos, en sí mismos significativos, muestran una realidad que agobia y que explota a cada rato. Tucumán es una de las plazas con un poco más del 50% de desocupados y subocupados de su población económicamente activa; una de las provincias donde los niveles de pobreza afectan a cerca del 60% de su gente. Aquí hay entregados unos 90.000 planes Jefas y Jefes de Hogar, pero especialmente, la vida y el rumbo de muchos comprovincianos está marcado por lo que haga o deje de hacer el principal empleador: el Estado provincial.
En otras palabras: buena parte del componente anímico, del humor social y de la calidad de la esperanza, gira y se alimenta aquí de la gestión que el Gobierno imprime al Estado provincial.
Ciertamente, una administración con su casco deteriorado, como los baches evidentes en salud, seguridad y educación, con grandísimos problemas para controlar las urgencias, sin un plan económico que lo sostenga, con una extrema y alarmante dependencia de la Nación, sin una estrategia ni proyectos coherentes para imponerse a la coyuntura.
Pero es el agobio derivado de la cuestión financiera -la descontrolada emisión de bonos que saturó el mercado y empobreció aún más la economía- el estándar que más incide en la visión negativa de los tucumanos. Los Bocade se han transformado hoy en un signo de la decadencia. Son la evidencia palmaria del default y el atraso de la provincia, antes que en una herramienta de sostén para el comercio y la economía.

El impacto político
Toda esta desconfianza en el presente se transfiere también hacia el futuro, con una carga cuyo impacto político aún debe desentrañarse. Uno de los expertos de la Fundación Mercado (con sede en Bahía Blanca) explicó el fenómeno de esta manera: "Se advierten en el país unos niveles de recuperación de la confianza y de expectativa que no se trasladan a Tucumán. Hasta octubre o noviembre pasado estos indicadores eran similares, pero desde entonces comenzaron a cambiar. Incluso para fin de año, cuando la gente hace planes y mira las cosas un poco mejor; aquí fue al revés. En el resto del país vemos valores del 23,9% y en Tucumán se miden en el 13%. Se puede hablar, entonces, de que hay expectativas frustradas, que no se ven resultados y que la incertidumbre presiona mucho. Entonces la gente está creyendo que su situación no va a mejorar y son muy pocos los que ven a la situación como buena. Es un presente que afecta y un futuro que no conmueve. Quiere decir que el Gobierno no ha podido dar un mejor horizonte ni mejores posibilidades. Y como no hay una perspectiva clara en lo inmediato, también se está percibiendo que el nuevo Gobierno provincial no va a mejorar las cosas en el corto plazo. A unos dos meses de las elecciones no se recupera la confianza".
Afectados por las escasas posibilidades que consiguen del presente y ante la falta de un destino de ilusión, se observa que el grueso de los tucumanos con mejores chances no genera proyectos económicos propios, no planea inversiones, se retrae en los gastos, no modifica su visión de las cosas.

La posdevaluación
Pero hay que ser justo: la Argentina de la posdevaluación ahondó el drama de la crisis que se había instalado en 1998. El país retrocedió a niveles extremos nunca vistos; el entramado social se derrumbó; las ilusiones se hicieron añicos y aun hoy, cuando se aprecian mejores signos económicos, está claro que el cuadro de incertidumbre se mantiene a flor de piel.
En ese contexto de escombros tampoco se puede abonar de certezas un camino plagado de dudas. Y en Tucumán, ciertamente, incide de una manera muy fuerte la suerte de la Nación. Pero es necesario decir que hubo -hay- responsabilidades compartidas y comunes entre los gobiernos en el camino que se marca al resto de la sociedad. El ethos propio de la crisis de Tucumán no debería desprenderse del contexto dramático que impuso la quimera de la convertibilidad; la amarga frustración de la gestión De la Rúa; el rumbo azaroso que imprimió Duhalde a la Argentina; la vieja manera de generar política con el asistencialismo como principal bandera.
Marcado por la crisis, envuelto en necesidades más elevadas, el turno electoral puede ser propicio entonces para introducir un debate señero que ponga negro sobre blanco los planes y objetivos de los candidatos. Incluso, en estas horas, los principales empresarios deberían ocupar un lugar y un espacio más comprometido para hacer oír su voz. La necesidad de consensos mínimos entre todos los sectores apura más que nunca.
"Quisiera escuchar una discusión responsable sobre los temas básicos que preocupan y movilizan a todos, pero especialmente espero que digan de dónde van a conseguir los fondos para sostener las ideas; es el momento de hablar de proyectos sustentables y no de generalidades", espetó un calificado experto de la City.

Otras señales
Pero estas semanas de marzo están mostrando otras señales inquietantes. Las adversidades climáticas juegan una mala pasada a la campaña de soja en la provincia y sus secuelas se harán sentir pronto en Tucumán. Muchos productores, incluso, no esperan un buen año agrícola. Del mismo modo, el fallo sobre la redolarización dispuesta por la Corte Suprema de Justicia de la Nación viene a añadir zozobra a la economía que muestra algunos signos de recuperación.
Palo sobre palo, los datos de la Fundación Mercado no podrían ser otros que los que muestran con toda dimensión los sinsabores de una provincia que tenía fijado un destino histórico distinto. Pero acaso el punto de inflexión esté más cerca que nunca, como el que marcaron los indicadores en octubre-noviembre, cuando los tucumanos se diferenciaron de la baja de los parámetros nacionales de confianza y expectativa. En aquellos meses, las noticias de la muerte por desnutrición de niños tucumanos impactaron a todos y movilizaron la solidaridad del mundo. Está claro ahora que al grueso de los comprovincianos, ese drama increíble los arrumbó en el arcón de las desesperanzas, en el último lugar de la frustración, y que en estos días buscan, casi a oscuras, orientaciones y respuestas.
La historia enseña que muchas veces el destino no está demasiado lejos, cuando una bisagra imperceptible se acciona, estalla y conmociona.

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