Un edificio jaqueado

Indiferencia hacia la casa de la Quinta Guillermina.

09 Marzo 2003
Por Carlos Paez de la Torre (h)

A fines de la década de 1920, don Alfredo Guzmán (el célebre industrial y filántropo, pionero de la industria azucarera y de los citrus) y su esposa, doña Guillermina Leston, edificaron una casa de fin de semana en su "Quinta Guillermina". La diseñó el arquitecto José Graña, autor de la actual sede de la Federación Económica, frente a plaza Independencia. Como se sabe, en las hectáreas de la quinta, el infatigable Guzmán ensayaba las variedades de citrus que había importado de los Estados Unidos, de Japón, de Australia, y que influirían profundamente en esa actividad agrícola de la provincia.
Pasaron los años. En 1947 falleció doña Guillermina y en 1952 falleció don Alfredo. En 1969, la Municipalidad adquirió la quinta para paseo público, y las sucesivas administraciones otorgaron a la casa -una buena muestra de Art Déco "bizarre"- el triste destino de depósito.
En 1997, un conjunto de gente bienintencionada quiso cambiar tal situación. Se constituyó la Fundación Amigos del Parque Guillermina, que el mismo año firmó un convenio con la Municipalidad. Fijaba la cooperación recíproca para valorizar el paseo, para proteger y promocionar su espacio verde y para despertar, en la sociedad, la conciencia acerca del valor del parque. Durante un par de años el organismo municipal dio a la actividad de la Fundación un relativo apoyo. Después, nada.
Dentro de la casa funciona un museo, que exhibe vitrinas con objetos personales, fotografías, publicaciones y otros elementos referidos al ilustre matrimonio Guzmán. Existe también una exposición permanente de obras de arte donadas por destacados plásticos tucumanos. Nunca logró la Fundación que la Municipalidad afectara a un empleado de su abultada nómina para atender al público que visita esas instalaciones. Tampoco logró que organizara actividad alguna para desarrollarse allí.
La Fundación no tiene fondos como para sostener la noble causa de un grupo de vecinos interesados en valorizar el paseo. Por lo tanto, la casa se deteriora paulatinamente. Está en el área sur del parque, que carece de iluminación. Así, su seguridad es mínima, a pesar de que cuenta con sistema de alarma monitoreada. En los últimos seis meses, fue violentada y robada en tres oportunidades. A cada momento se rompen los vidrios y se intenta forzar las cerraduras. Ante el peligro de que las obras de arte fueran sustraídas o vandalizadas, últimamente la Fundación optó por retirarlas. El acceso principal de la casa se ha convertido, sin eufemismos, en la letrina del parque. Y ni qué decir que toda la parte exterior, que es blanco favorito de una barbarie que destroza los zócalos, daña la pintura, destruye las caminerías, arranca el sistema de electricidad. Como no existen rondas nocturnas, desde que se pone el sol esa zona es tierra de nadie.
Nuestra ciudad se caracteriza por el ningún cuidado que, tradicionalmente, ha destinado a su patrimonio. A principios del siglo XX, demolimos el Cabildo y la Casa de la Independencia, y desde entonces pareciera que nos hemos esmerado en destruir o degradar sin misericordia los edificios valiosos. Y cuando no los demolemos, los dejamos abandonados a su suerte, como está ocurriendo con la casa de la Quinta Guillermina.
Por su arquitectura, por la ubicación que tiene, por su simbolismo, la casa del Parque Guillermina merece mejor destino. Hay que tomar medidas urgentes para dárselo. Si no lo hacemos así, otra pieza de nuestro ya tan escaso patrimonio arquitectónico terminará desapareciendo.

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