07 Marzo 2003 Seguir en 
El caso de la empresa que construyó en un edificio un piso más que los que le autorizaron y que ahora un concejal propone que se la obligue a demolerlo, no es más que una anécdota dentro de un largo historial de situaciones negativas para el crecimiento armonioso de la ciudad.
Varios son los puntos que podrían tocarse en este orden de cosas. Sin duda existió, a lo largo de los años, mucho de pasividad y de "vista gorda" frente a las infracciones que exhibe este rubro de responsabilidad municipal. Los casos se han expresado de diversas maneras: a veces se trató de la construcción de pisos de más; en otros de la no construcción de guarderías; en otros del no cumplimiento del retranqueo cuando era obligatorio, etcétera.
Por cierto que allí también ha funcionado la tantas veces mentada conciencia de impunidad, factor principal de erosión en las relaciones del Estado municipal con los habitantes: las transgresiones se cometen, es sabido, porque el poder público no se pone firme respecto de su cumplimiento. Y en el caso de la construcción, el problema se arregla con el pago de una multa, cuyo monto ha de ser sin duda tan moderado que se la satisface sin mayores inconvenientes. Es oportuno recordar que el perjuicio que se deriva, para la ciudad, de una construcción en infracción es algo perdurable, ya que se mantendrá durante el largo tiempo que supone la vida útil de un edificio.
Pero existen también otras cuestiones que han tenido incidencia muy negativa en el tema. Nos referimos, por ejemplo, a los constantes cambios en la ordenanza respectiva, lo que ha determinado que nunca se sepa bien qué es lo que corresponde y qué es lo que está vedado, en materia de edificios. Esas mudanzas han llevado, por ejemplo, a que no exista una, sino tres líneas de edificación: la vieja línea, la del balcón y la del edificio.
Es que se legisla de modo desordenado y cambiante, sin una visión que vaya más allá de la de las autoridades de turno. Debemos pensar que el problema es mucho más amplio. Porque no parece existir, en las pautas que se diseñan para nuestra ciudad, un criterio que tome conciencia de los cada vez mayores problemas que aquejan a una urbe cuya zona céntrica no está pensada para contener tanta cantidad de edificios, de personas, de automotores. Falta una resuelta acción que tienda a desarrollar esa periferia que hasta el momento nunca ha sido destinataria de las edificaciones importantes. No es posible que en unas cuantas cuadras, dentro de las avenidas, se concentren todas las actividades. Por eso vemos que, a cada momento, las colas para cobros o para pagos terminan trastornando la vida cotidiana. Y, como si fuera poco, no se preocupa el Estado de dar utilidad a edificios oficiales que pudieran servir para una adecuada descongestión. Hablamos, por ejemplo, de los ex locales ferroviarios. Una inversión interesante hubiera sido, por ejemplo, la adquisición del enorme local que perteneció al Comando Militar, en la avenida Sarmiento, hoy cerrado y sin utilidad alguna.
En suma, es hora de que el crecimiento de nuestra ciudad se planifique de otra manera. Que, en primer lugar, se legisle luego de una adecuada reflexión, donde tenga peso el criterio de los expertos en estos temas; y que, una vez establecidas las normas, ellas tengan perduración y no sean objeto de constantes alteraciones. Al mismo tiempo, en este como en tantos rubros, debe insistirse en la necesidad de que las disposiciones se cumplan, en todos los casos y con el máximo rigor, y que las infracciones no sean redimibles por multas sino por la concreta corrección de lo que se construyó inadecuadamente. De otro modo, los problemas no solamente han de repetirse, sino que su incidencia negativa habrá de potenciarse inevitablemente.
Varios son los puntos que podrían tocarse en este orden de cosas. Sin duda existió, a lo largo de los años, mucho de pasividad y de "vista gorda" frente a las infracciones que exhibe este rubro de responsabilidad municipal. Los casos se han expresado de diversas maneras: a veces se trató de la construcción de pisos de más; en otros de la no construcción de guarderías; en otros del no cumplimiento del retranqueo cuando era obligatorio, etcétera.
Por cierto que allí también ha funcionado la tantas veces mentada conciencia de impunidad, factor principal de erosión en las relaciones del Estado municipal con los habitantes: las transgresiones se cometen, es sabido, porque el poder público no se pone firme respecto de su cumplimiento. Y en el caso de la construcción, el problema se arregla con el pago de una multa, cuyo monto ha de ser sin duda tan moderado que se la satisface sin mayores inconvenientes. Es oportuno recordar que el perjuicio que se deriva, para la ciudad, de una construcción en infracción es algo perdurable, ya que se mantendrá durante el largo tiempo que supone la vida útil de un edificio.
Pero existen también otras cuestiones que han tenido incidencia muy negativa en el tema. Nos referimos, por ejemplo, a los constantes cambios en la ordenanza respectiva, lo que ha determinado que nunca se sepa bien qué es lo que corresponde y qué es lo que está vedado, en materia de edificios. Esas mudanzas han llevado, por ejemplo, a que no exista una, sino tres líneas de edificación: la vieja línea, la del balcón y la del edificio.
Es que se legisla de modo desordenado y cambiante, sin una visión que vaya más allá de la de las autoridades de turno. Debemos pensar que el problema es mucho más amplio. Porque no parece existir, en las pautas que se diseñan para nuestra ciudad, un criterio que tome conciencia de los cada vez mayores problemas que aquejan a una urbe cuya zona céntrica no está pensada para contener tanta cantidad de edificios, de personas, de automotores. Falta una resuelta acción que tienda a desarrollar esa periferia que hasta el momento nunca ha sido destinataria de las edificaciones importantes. No es posible que en unas cuantas cuadras, dentro de las avenidas, se concentren todas las actividades. Por eso vemos que, a cada momento, las colas para cobros o para pagos terminan trastornando la vida cotidiana. Y, como si fuera poco, no se preocupa el Estado de dar utilidad a edificios oficiales que pudieran servir para una adecuada descongestión. Hablamos, por ejemplo, de los ex locales ferroviarios. Una inversión interesante hubiera sido, por ejemplo, la adquisición del enorme local que perteneció al Comando Militar, en la avenida Sarmiento, hoy cerrado y sin utilidad alguna.
En suma, es hora de que el crecimiento de nuestra ciudad se planifique de otra manera. Que, en primer lugar, se legisle luego de una adecuada reflexión, donde tenga peso el criterio de los expertos en estos temas; y que, una vez establecidas las normas, ellas tengan perduración y no sean objeto de constantes alteraciones. Al mismo tiempo, en este como en tantos rubros, debe insistirse en la necesidad de que las disposiciones se cumplan, en todos los casos y con el máximo rigor, y que las infracciones no sean redimibles por multas sino por la concreta corrección de lo que se construyó inadecuadamente. De otro modo, los problemas no solamente han de repetirse, sino que su incidencia negativa habrá de potenciarse inevitablemente.







