Ajuzgar por los candidatos que otean en el corto horizonte tucumano -y nacional-, el irreverente grito "que se vayan todos" parece haber enmudecido. En su reemplazo, cada vez gana más fuerza el "que se queden todos". Ya se lo veía venir: la realidad es obstinada y no se la cambia con el simple batir de unas cuantas cacerolas. Hay que transformarla, organizándose seriamente. Y la sociedad argentina aún no supo, no quiso o no pudo -o todas estas cosas a la vez- dar ese audaz salto que implica convertir el berrinche, la queja, en nuevas instancias de pensamiento y de acción. Por eso el año electoral, en lugar de comenzar con el signo de la esperanza, empezó con el escándalo de Catamarca.
En Tucumán, la manía de los sublemas fue reemplazada por la de los frentes opositores: el Amplio por Tucumán, que lidera Olijela Rivas, y del que participan los radicales, entre otros; el Anticorrupción, de los legisladores Osvaldo Cirnigliaro y Julio Díaz Lozano; y el Popular, de Gumersindo Parajón. Todos confían en ser la alternativa transparente a los turbulentos pasados representados por el bussismo y por el matrimonio de Julio Miranda con José Alperovich. Como ninguno de ellos puede solo, todos se pelean por seducir a una figura nueva y con consenso social: el fiscal anticorrupción. Lo hacen tendiendo puentes con el diputado nacional José Ricardo Falú. Algunos sueñan, inclusive, con un gran y único superfrente opositor encabezado por dos hombres que vienen de la Justicia: Esteban Jerez y Ricardo Maturana, el ex juez federal y delfín de Rivas. Los ilusiona la posibilidad de entablar ante la sociedad el dilema corrupción-anticorrupción.
No hace falta ser un experto en Ciencias Políticas graduado en Harvard para darse cuenta de que Jerez puede terminar siendo la herramienta que galvanice a la oposición. Lo paradójico de tal posibilidad es que quien, al menos dentro de la Justicia, se jactó de ser el motor de un saludable cambio, acabe convirtiéndose en el salvavidas de los que, por acción o por omisión, como oficialistas o como opositores -o como ambas cosas a la vez-, formaron parte del elenco gobernante estable de la última década.
El lado de Jerez que lo tienta a aceptar el desafío es sumamente voluntarista y optimista: sostiene que basta con cambiar el paradigma que rige las acciones para que el bien se transforme en la virtud rectora. No en vano, ese lado que lee al filósofo católico Jean Guitton, con tono religioso, habla del contubernio de los buenos. Martín Lutero, seguramente, le respondería al fiscal: ¡"ay de esas buenas intenciones que producen desastres"! Como le dijo a LA GACETA, en enero pasado, el politólogo francés Jean Michel Blanquer, en la Argentina no hay más pecadores que en otros sitios, pero tal vez sea más fácil pecar. "Esto se soluciona -aseveró- con organismos de control bien atentos y con un gran esfuerzo de reconstrucción intelectual". En definitiva, el mensaje es que las buenas intenciones, para no perderse en el desierto, requieren de un programa, de organización y de un sistema de trabajo, de lo cual nadie habla. Sólo así quedará claro que los numerosos frentes desean de verdad un cambio de paradigma y no la supervivencia a través de una figura bondadosa. Como se ve, se trata del viejo problema de la salvación a través de las obras o de la fe, pero en este caso llevado a la política.
05 Marzo 2003 Seguir en 
Por Federico Abel







