04 Marzo 2003 Seguir en 
El arbolado de nuestra ciudad capital es uno de esos temas que requieren un enfoque más dinámico y atento que el que se le ha venido otorgando hasta el presente. Una mirada al casco urbano muestra que solamente en algunas calles existen árboles en abundancia, mientras no ocurre así en muchas otras. También se percibe que los ejemplares plantados en estos últimos años, aun cuando lograran superar el incesante vandalismo y llegar a cierta madurez, no siempre son de aquellos cuyo porte y frondosidad de copa resultarían adecuados para protegernos de la inclemencia de nuestro sol. Por otro lado, está el problema de los ejemplares que se encuentran en malas condiciones y que, de tanto en tanto, resultan abatidos por las tormentas.
De más está recordar que el arbolado tiene una enorme trascendencia dentro de cualquier ciudad. Cumple un rol ambiental, estético y protector de máxima importancia en las calles, parques y plazas de toda urbe moderna. Y también es obvio destacar que no siempre dicho rol es reconocido como correspondería, según surge del mal trato que reciben los ejemplares, ante la general indiferencia de las autoridades que debieran velar por otro tipo de conducta en el vecindario.
La reforestación urbana es algo muy necesario, y debe llevarse a cabo de modo permanente, tanto plantando árboles donde no existan o donde hayan desaparecido por cualquier causa, como procediendo a retirarlos y a reemplazarlos indefectiblemente en los casos en que hayan cumplido su ciclo y representen un peligro para las casas que los rodean o para los transeúntes y automotores. Por cierto que, en los casos de reemplazo, corresponde emplear las variedades que resulten específicamente adecuadas.
Lo decimos porque alguna vez debiera ser capitalizada la abundante experiencia con que cuenta nuestra ciudad acerca de las especies más convenientes. Lógicamente, debe tratarse de evitar aquellas que pueden suscitar, en el futuro, problemas derivados tanto del tipo de fruto o sustancia que genere su follaje, como de la dimensión de sus ramas o la extensión y comportamiento de sus raíces (llama la atención, por ejemplo, que en algunas veredas los vecinos han colocado variedades cuyas raíces se caracterizan por generar graves problemas en las cañerías subterráneas).
Por otro lado, como decimos arriba, la reforestación debe abarcar no solamente los casos de aquellos ejemplares cuyo mal estado hace forzoso su retiro, sino también los faltantes en todas las calles de la ciudad. Otras veces hemos hecho notar, en el tema, la existencia de talas clandestinas -y por cierto ilegales- que en muchas ocasiones ejecutaron propietarios de negocios que aspiraban a dejar libre la entrada de sus locales, o a hacer más visible su cartelería. En esos casos, el ejemplar ha sido abatido sigilosamente, sin que la autoridad formule luego cargo alguno al responsable de haberse tomado semejante atribución.
Esto se nota fácilmente en algunas avenidas de la ciudad, donde puede comprobarse que, curiosamente, el sitio donde registra un claro en el arbolado corresponde justamente a la entrada de un local comercial. La situación se repite tantas veces que obliga a descartar la posibilidad de una coincidencia.
Es evidente que, por concienzuda que sea la tarea municipal de plantación y reposición de los árboles, nunca podrá tener real efectividad si no corre paralela con una convicción del público acerca del cuidado que merecen los ejemplares. Generar la adhesión de la comunidad hacia esos árboles que nos hacen tanto bien y que no nos significan daño alguno es algo que merece una intensa campaña, que debe ser desarrollada tanto a través de la comuna como de clases en las escuelas y en los colegios.
De más está recordar que el arbolado tiene una enorme trascendencia dentro de cualquier ciudad. Cumple un rol ambiental, estético y protector de máxima importancia en las calles, parques y plazas de toda urbe moderna. Y también es obvio destacar que no siempre dicho rol es reconocido como correspondería, según surge del mal trato que reciben los ejemplares, ante la general indiferencia de las autoridades que debieran velar por otro tipo de conducta en el vecindario.
La reforestación urbana es algo muy necesario, y debe llevarse a cabo de modo permanente, tanto plantando árboles donde no existan o donde hayan desaparecido por cualquier causa, como procediendo a retirarlos y a reemplazarlos indefectiblemente en los casos en que hayan cumplido su ciclo y representen un peligro para las casas que los rodean o para los transeúntes y automotores. Por cierto que, en los casos de reemplazo, corresponde emplear las variedades que resulten específicamente adecuadas.
Lo decimos porque alguna vez debiera ser capitalizada la abundante experiencia con que cuenta nuestra ciudad acerca de las especies más convenientes. Lógicamente, debe tratarse de evitar aquellas que pueden suscitar, en el futuro, problemas derivados tanto del tipo de fruto o sustancia que genere su follaje, como de la dimensión de sus ramas o la extensión y comportamiento de sus raíces (llama la atención, por ejemplo, que en algunas veredas los vecinos han colocado variedades cuyas raíces se caracterizan por generar graves problemas en las cañerías subterráneas).
Por otro lado, como decimos arriba, la reforestación debe abarcar no solamente los casos de aquellos ejemplares cuyo mal estado hace forzoso su retiro, sino también los faltantes en todas las calles de la ciudad. Otras veces hemos hecho notar, en el tema, la existencia de talas clandestinas -y por cierto ilegales- que en muchas ocasiones ejecutaron propietarios de negocios que aspiraban a dejar libre la entrada de sus locales, o a hacer más visible su cartelería. En esos casos, el ejemplar ha sido abatido sigilosamente, sin que la autoridad formule luego cargo alguno al responsable de haberse tomado semejante atribución.
Esto se nota fácilmente en algunas avenidas de la ciudad, donde puede comprobarse que, curiosamente, el sitio donde registra un claro en el arbolado corresponde justamente a la entrada de un local comercial. La situación se repite tantas veces que obliga a descartar la posibilidad de una coincidencia.
Es evidente que, por concienzuda que sea la tarea municipal de plantación y reposición de los árboles, nunca podrá tener real efectividad si no corre paralela con una convicción del público acerca del cuidado que merecen los ejemplares. Generar la adhesión de la comunidad hacia esos árboles que nos hacen tanto bien y que no nos significan daño alguno es algo que merece una intensa campaña, que debe ser desarrollada tanto a través de la comuna como de clases en las escuelas y en los colegios.







