Ricardo Rojas en el aula y en su casa

Fermín Estrella Gutiérrez evocó al destacado tucumano. Por Carlos Páez de la Torre (h).

RICARDO ROJAS. El célebre hombre de letras y catedrático tucumano, en una foto exclusiva para LA GACETA de Graphic Press, en la década de 1940.
RICARDO ROJAS. El célebre hombre de letras y catedrático tucumano, en una foto "exclusiva para LA GACETA" de Graphic Press, en la década de 1940.
12 Marzo 2009

En sus amenos "Recuerdos de la vida literaria", Fermín Estrella Gutiérrez ofrece una evocación de ese gran profesor y hombre de letras, nacido en Tucumán, que fue Ricardo Rojas (1882-1957). Por entonces ya vivía en Buenos Aires, en su casona de la calle Charcas (cuyo frente de columnas torsas imitaba el de la Casa Histórica de Tucumán, y que hoy es museo). Cuenta que muchas veces veía a Rojas llegar a pie hasta el viejo colegio de Anchorena y Santa Fe. "Vestía siempre de negro, con el sombrero también negro, alto y de alas anchas, y el infaltable bastón colgado generalmente del brazo". El colegio "funcionaba en tres casas de planta baja, con patios y jardines que se comunicaban entre sí. A veces lo veía, en los días de lluvia, pasar de un patio a otro, con el abierto paraguas avanzando entre las frondas goteantes, en busca de su aula".
Recuerda que "tomaba los exámenes con toda conciencia y parsimonia. Mientras interrogaba serenamente al joven sentado en el banquillo, con su estilográfica llenaba de dibujos los márgenes del papel donde iba poniendo las notas. Eran por lo general rostros humanos, hombres barbados y de negros ojos, verdaderos estudios fisonómicos en los que parecía concentrarse mientras inquiría detalles sobre el Poema de Mío Cid, el Marqués de Santillana, o Cervantes. A veces anotaba en la planilla, con su menuda letra, lo que el alumno decía bien o mal y luego, al hacer el acta con los dos profesores con quienes integraba la mesa -yo era uno de ellos- aquellas anotaciones resultaban un elemento valiosísimo para calificar con toda justicia".
Era un orador "elocuente e inspirado", a quien escuchó muchas veces en salones como los de la Facultad de Filosofía y Letras o del Museo Mitre. "Varias veces estuve en su casa", recuerda Estrella Gutiérrez.
"Qué paz la de sus claustros conventuales y su jardín lleno de árboles y de sol. Qué silencio el de las estancias, abarrotadas de muebles coloniales, con las paredes recubiertas de retratos y diplomas". A la distancia, le parecía verlo todavía "sonriente, cordial, lleno de experiencia y sabiduría, destacándose su noble cabeza sobre un fondo de libros multicolores".

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