El cultivo y la industrialización de la caña de azúcar son, sin lugar a dudas, dos de los capítulos más positivos de la colonización europea de América latina. Y, en este proceso, el obispo José Eusebio Colombres (1778-1859) tuvo mucho que ver. No sólo porque sentó las bases de la industria que hoy es columna vertebral de la economía tucumana, sino porque desarrolló una denodada tarea evangelizadora y una profunda labor con responsabilidad patriótica.
El padre de la industria azucarera, de cuyo fallecimiento se cumplieron el miércoles 150 años, nació en Tucumán, donde pasó su niñez y su adolescencia. Luego, motivado por una gran vocación religiosa, ingresó en el Seminario de Córdoba, donde se ordenó sacerdote a comienzos del siglo XIX. A partir de entonces comenzó su incansable trabajo, no sólo como pastor de almas sino también como ciudadano de resuelto compromiso. Tanto, que fue uno de los protagonistas de la Declaración de la Independencia.
Las experiencias llevadas adelante por Colombres hacia 1821, cuando reintrodujo el uso del trapiche jesuita, marcaron el comienzo de la producción azucarera en la provincia. Hoy, la actividad sustenta la economía local con tanto dinamismo que el futuro tucumano está ya ineludiblemente atado a la caña de azúcar. Este año, los expertos redoblan las apuestas inmersos en una campaña que se muestra bastante alentadora. Y debido a que la caña es una materia prima de amplio espectro (es útil tanto para la producción de alimentos como para la generación de energía), el futuro se presenta más que promisorio.
Sin embargo, el ejemplo del obispo Colombres va mucho más allá. Instalado definitivamente entre los patriotas y pioneros argentinos, su tarea evangelizadora y su responsabilidad social suelen ser injustamente olvidadas. Pocos saben, por ejemplo, que en 1841 tomó partido por la Liga del Norte, contra Rosas; también fue ministro y gobernador delegado. Cuando el movimiento fracasó debió exiliarse en Bolivia, donde ejerció humildemente como párroco en el pueblo indígena de Libi Libi. A su regreso fue vicario de Salta y nunca llegó a enterarse de que lo habían designado obispo, porque las bulas papales llegaron desde Roma cuando él ya había fallecido. Fue el último de los congresales de Tucumán en morir, el 11 de febrero de 1859.
En una época de crisis (económica y moral) bien vale la pena tener en cuenta el ejemplo de quien fue llamado “el vencedor de la miseria”. “Los hechos del pasado deben dar luz a los futuros”, dice el historiador italiano Francesco Guicciardini. Un pueblo que adquiera esta conciencia y se rija por ella tendrá asegurada su buena estrella. De ahí que un hombre sea capaz de formar o de transformar una provincia -como Colombres- y que pequeños grupos puedan hacer prevalecer su cultura o su política a otros más numerosos, como lo hicieron los contemporáneos de Colombres. En cambio, cuando los miembros de una comunidad carecen del verdadero sentido de la historia por haberlo perdido (como les pasa a muchos de los actuales dirigentes y funcionarios) o por no haberlo poseído jamás; cuando lo particular se antepone a lo general, cuando la parte se antepone al todo, o el provecho individual, al bien común, el futuro aparece más oscuro. Va siendo tiempo, entonces, de que la figura del obispo Colombres adquiera su real importancia. No sólo como fundador de la primera industria pesada de la Argentina, sino como un verdadero visionario y también como un intachable patriota que trabajó por el bien común. Para que, a la luz de una conciencia histórica nacional sanamente desarrollada y orientada, se ponga ese ejemplo de vida al servicio del presente y, así, poder proyectarse hacia el futuro.
13 Febrero 2009 Seguir en 




