Escuchar nota
A veces, en el fútbol argentino, alcanza un solo partido para volver visible algo que muchos sospechan desde hace tiempo. El escándalo alrededor de Racing en el partido contra Rosario Central, los fallos arbitrales, la bronca pública de su presidente Diego Milito y la sensación de desprotección que quedó flotando después del partido funcionaron casi como una radiografía de un clima de época. Todo esto excede el resultado e incluso la polémica puntual. Va mucho más a fondo. Expone la percepción de que en nuestro fútbol ya no alcanza con jugar bien, administrar correctamente o tener un proyecto serio. Hoy está a la vista otra condición mucho menos explícita y bastante más determinante. Acá hay que saber ubicarse dentro del mapa del poder.
El episodio dejó algo curioso. Más allá de las protestas mediáticas y las declaraciones cruzadas, volvió a instalarse esa frase que atraviesa desde hace años los pasillos de la AFA, y que casi siempre aparece en voz baja y lejos de los micrófonos: “No conviene pelearse con el poder”.
No importa el club ni la categoría, la frase aparece en dirigentes de Primera, del ascenso y de las ligas del interior. En el fútbol argentino moderno, el poder ya no necesita exhibirse demasiado, solamente alcanza con que todos entiendan cuáles son los límites. Y quizás ahí esté uno de los cambios más profundos del sistema en los últimos años. Cada fecha que pasa deja al descubierto que el fútbol argentino dejó de premiar proyectos para empezar a premiar alineamientos.
Hace tiempo que la discusión deportiva parece haber quedado relegada detrás de otra lógica. Los clubes presentan balances ordenados, muestran obras en redes sociales, profesionalizan estructuras, inauguran gimnasios y hablan de modernización institucional. Pero al mismo tiempo, puertas adentro, muchos dirigentes sienten que nada de eso garantiza realmente competir en igualdad de condiciones; porque existe una sensación cada vez más instalada de que el verdadero campeonato también se juega en las relaciones, en los vínculos, en los respaldos políticos y en la cercanía con quienes toman decisiones.
No hace falta que nadie lo diga abiertamente. En Argentina, el disciplinamiento futbolero rara vez funciona mediante amenazas explícitas. Opera desde la percepción, desde el temor a quedar aislado y desde esa idea de que determinados reclamos pueden traer consecuencias invisibles. Ahí aparecen arbitrajes dudosos, fallos que nunca llegan, sanciones desproporcionadas o silencios incómodos.
La consolidación política de Claudio Tapia terminó profundizando todavía más esa dinámica. Después de años de caos institucional, peleas internas y crisis permanentes, la AFA encontró estabilidad, y esa estabilidad le dio poder a “Chiqui”. Mucho poder.
Hoy casi no existe oposición visible. Los clubes, incluso aquellos que en privado cuestionan decisiones, prefieren mantener relaciones razonables antes que entrar en una confrontación abierta que consideran imposible de ganar. “Si te enfrentás, terminás perdiendo. Tarde o temprano te lo hacen pagar, y a eso lo saben todos los que están dentro del ambiente del fútbol argentino”, dice un dirigente tucumano.
El problema es que esa lógica termina modificando la esencia misma de la competencia; porque cuando los clubes empiezan a sentir que para crecer necesitan más vínculos que ideas, el fútbol deja de organizarse alrededor del mérito deportivo y empieza a parecerse peligrosamente a una estructura política tradicional. Una en la que sobrevivir cerca del poder puede resultar más importante que discutirlo.
Nadie quiere quedar expuesto por mostrarse enfrentado con del poder
En Tucumán, esa realidad también se percibe. Atlético y San Martín, desde lugares distintos y con historias diferentes, entienden perfectamente cómo funciona el tablero. Ninguno puede darse el lujo de vivir completamente enfrentado con la estructura central del fútbol argentino, incluso cuando en varios momentos de los últimos años sufrieron injusticias que los dejaron rojos de la bronca.
Los dos necesitan gestionar relaciones de manera permanente; los dirigentes “decanos” y “santos” saben que, además de entrenadores, refuerzos y resultados, existen otras conversaciones inevitables que también forman parte del juego.
Por momentos, incluso, el hincha parece percibirlo más rápido que los propios dirigentes. Cada polémica arbitral, cada designación sospechosa o cada sanción discutida alimenta esa sensación de vulnerabilidad que atraviesa especialmente a los clubes del interior.
Pero el fenómeno no termina en Primera División. Más abajo, en la Liga Tucumana, la dependencia se vuelve todavía más evidente. Muchos clubes sobreviven gracias al respaldo de municipios, dirigentes políticos o aportes privados circunstanciales. Son instituciones que hacen malabares para pagar la luz, para sostener sus inferiores o mantener una cancha en condiciones. En ese contexto, la autonomía suele transformarse en una ilusión romántica más que en una posibilidad concreta.
Y ahí aparece otra consecuencia silenciosa; la transformación del dirigente deportivo en operador permanente. Hoy, en muchos clubes, gestionar ya no implica solamente administrar recursos o planificar deportivamente. También significa saber moverse en determinados espacios, cultivar relaciones y entender códigos políticos. La rosca ocupa un lugar que antes pertenecía al proyecto.
Mientras tanto, los hinchas siguen discutiendo tácticas, esquemas y mercados de pases, aunque muchas veces la verdadera disputa ocurra bastante lejos del césped.
El fútbol argentino vive una contradicción extraña. Nunca hubo tantos recursos audiovisuales, tanta exposición mediática, tantas plataformas y tantos discursos sobre profesionalización. Sin embargo, pocas veces existió una sensación tan extendida de desconfianza estructural. El problema ya no es únicamente quién gana o quién pierde. Hoy, el problema es qué deja de importar en el camino; porque cuando un sistema convence a todos de que cuestionar tiene costo, el silencio deja de ser prudencia para transformarse en mecanismo de supervivencia.
Y quizá esa sea hoy la fotografía más precisa del fútbol argentino. Hay clubes que hablan de proyectos, pero que muchas veces sienten que antes de crecer necesitan asegurarse algo mucho más básico y mucho más incómodo: no quedar afuera del círculo en el que todo se cocina a antojo de los que tienen la pelota entre sus manos.







