La búsqueda de emociones y el placer de sentir que la adrenalina corre por la sangre son los pretextos para justificar las "picadas", en moto o en auto, por la vía pública. Desde hace décadas los medios de comunicación vienen dando cuenta de los accidentes y las muertes que provocaron estas prácticas ilegales. También reflejaron los discontinuos controles policiales, con posteriores secuestros de vehículos, pero sin detenciones. Con todo, los adictos a las "picadas" parecen seguir en aumento. Los escenarios de sus proezas -al volante o sobre dos ruedas- fueron cambiando. A mediados de los 90 la zona preferida era la avenida Presidente Perón, en Yerba Buena. Los vecinos no dormían los jueves -día de los encuentros- debido a los ruidosos caños de escape que los pilotos aficionados hacían tronar y al escandaloso bullicio de sus fans. La avenida Belgrano era otra "pista" para las carreras. Allí, a la altura del 3.000, en junio de 2005 falleció un ciclista tras ser embestido por un auto que competía con otro en una "picada". Otro "picadódromo" era la Diagonal a Tafí Viejo, donde un peatón murió, atropellado por un conductor de 24 años que jugaba carrera con otro. En el parque 9 de Julio, en tanto, se corrían carreras de motos, que se trasladaron ahora a la avenida Wenceslao Posse. Los motociclistas tienen entre 15 y 30 años, aproximadamente. Prácticamente todos son varones. Sus parejas, novias o amigas van a acompañarlos y a aplaudirlos. El gusto por la adrenalina -como ellos afirman- y por un discutible sentido de la aventura no es lo único que los une. Como pantalla de fondo se percibe cierto menosprecio por la vida humana.
La adrenalina es una sustancia segregada por el propio cuerpo, cuya función tenía sentido para el hombre primitivo, ya que le permitía defender su vida de las amenazas de la naturaleza. Es paradójico que el ser humano de hoy, supuestamente civilizado, la emplee para lo contrario: amenazar su vida y la de los demás. Cuando el cuerpo se acostumbra a recibir descargas de adrenalina, se genera una suerte de adicción, común entre quienes practican deportes extremos. La diferencia es que estos últimos ponen en riesgo su propia integridad física; los que corren "picadas" molestan y ponen en peligro a otros.
En tanto, la Policía sigue llevando a cabo controles y secuestros esporádicos; la Justicia no aparece; a los padres de los corredores adolescentes no se los ve y los "pilotos" adultos parecen no haber salido de la adolescencia. En marzo de 2008 se sancionó una ley nacional por la cual las "picadas", que hasta entonces eran una contravención, fueron tipificadas como delito e incorporadas al Código Penal. Se prevén penas de seis meses hasta tres años de prisión para los transgresores. La Policía tiene potestad para detenerlos con sólo verlos correr. Pero esa ley no se cumple. Tampoco se ve desde los poderes del Estado una política coordinada para erradicar definitivamente estas prácticas peligrosas. Los controles deberían responder a una planificación que permita hacer algo más que dispersar a los corredores y secuestrar vehículos, y deberían estar respaldados efectivamente por la Justicia, para que se apliquen las multas previstas por la ley y las otras sanciones. Paralelamente, sería importante contar con campañas de prevención y de educación, tanto para jóvenes como para adultos. La remanida queja por la crisis de valores en la época actual no es excusa para no actuar. Se está viviendo un tiempo histórico de crisis y de cambio, oportuno, por ende, para cambiar la dirección de muchos acontecimientos y puntos de vista que se perciben destructivos y opuestos al respeto por la vida. Es un llamado al que sería deseable que respondan el Estado, la sociedad civil, con sus organizaciones, y también cada individuo.
12 Febrero 2009 Seguir en 




