Todo por un sueño

El casting de "Operación triunfo" dejó al descubierto la cruda realidad de una provincia arrasada por la crisis. Por Gustavo Martinelli.

09 Febrero 2003
Cantar por amor al arte es una cosa. Pero hacerlo porque no queda otra opción, llamado por el eco de la necesidad, es algo muy distinto. Eso es lo que se vio el viernes en Tucumán, durante el casting de "Operación triunfo". Más de 1.000 jóvenes, ansiosos por salir del anonimato o de la pobreza, esperaron estoicamente bajo la lluvia la oportunidad de demostrar que tienen las mismas agallas de "Bandana", o de "Mambrú". Pero esta vez, el casting dejó al descubierto la cruda realidad de una provincia arrasada por la crisis.
En la cola (que alcanzó cuatro cuadras) convivían el chico desempleado, el "sin techo" desesperanzado y el estudiante trunco que imagina el éxito no como un nombre en la marquesina, sino como una vianda asegurada de por vida. Y también estuvo la "chica bien", que estudió música desde pequeña, y que concurrió acompañada por sus padres para evitar cualquier malentendido. Sin embargo, hubo algo que unía a estos chicos de realidades tan distintas: el deseo de estar en la televisión. La misma situación se repitió ayer en los estudios de Telefé en Martínez (Buenos Aires), y seguramente seguirá repitiéndose en cada convocatoria. La televisión argentina abrió la temporada de caza de talentos, una modalidad que incluso ha desplazado a los otrora exitosos reality shows. Por eso, en la pantalla se multiplican las voces chillonas, los falsetes afectados y los ronquidos de fumador. "Bandana" (que tiene el insuperable récord de 71 funciones en el Gran Rex) tiró la piedra el año pasado, y la maquinaria televisiva la recogió este año. Y no es una exageración. "Popstars", "La banda de cantaniño", "Operación triunfo", "Escalera a la fama" y "La oportunidad de tu vida" parecen corroborar una tendencia de la televisión actual. Esa que indica que a los televidentes ya no les alcanza con participar en la TV a través de sus cartas o llamadas. Ahora quieren ser los protagonistas, aunque más no sea por un rato. Y, por supuesto, las discográficas agradecen el milagro en esta Argentina en bancarrota, donde poco queda por hacer. Alguien empezó a hablar del nuevo milagro televisivo luego del tercer disco de platino de "Bandana" y, casi de inmediato, el Gran Rex se convirtió en la Meca. En el objetivo de todos los programas. No importa lo que se cante: teen pop pegadizo para las pioneras; un rock menos ganchero y más estático para "Mambrú" (que ya superó las 80.000 copias vendidas) y un bolero tipo Luis Miguel para Paolo (salido del riñón de "La oportunidad de tu vida"). Lo único realmente importante es ganar dinero. Y para eso, los chicos deben demostrar que tienen más agallas que talento para cantar.
El objetivo que se les propone es, en todos los casos, "triunfar" sobre los otros. Y la cámara se encargará de documentar el dolor de los perdedores, que morderán, llorosos, el polvo de la derrota antes millares de espectadores. Así las cosas, la lección que parecen impartir estos ciclos es la siguiente: vivimos en una sociedad en la que sólo tienen verdadera cabida los triunfadores. A los que pierden les espera seguramente una vida mediocre y gris. Muy distinta a los que son tocados por la varita de la fama y de la fortuna. Pero, como contrapartida, tendrán una nueva posibilidad en otro escenario. Un escenario menos ficticio, aunque no por ello menos arduo: el escenario de la vida. Un campo donde la recompensa es mucho más valiosa y duradera.

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