09 Febrero 2003 Seguir en 
Una parte muy significativa del discurso político desde que el país se internó en la recesión y finalmente en la crisis más profunda de su historia moderna ha sido la recurrencia crítica al "modelo". Especie de panacea para eludir responsabilidades, la clase política y quienes la cortejaron desde el clientelismo abusaron de esa paradigmática expresión para imputarle las desventuras que acosaron a la República hasta su decadencia. Ese discurso abusivo y malicioso, sin embargo, eludió toda precisión sobre el supuesto o los supuestos modelos que sucesivamente se identificaron con la desregulación de la economía o la sedicente defensa de los intereses nacionales, como si tan simples enunciados bastaran para definirlos. En el primer caso, la promoción de la actividad privada y el retroceso del estatismo tuvo como contraparte un desmedido endeudamiento público que condujo la experiencia al fracaso; en el segundo, la postergación de las leyes ineludibles de la economía pretextando el interés social y la defensa de la soberanía acabaron sometiendo ambos valores a sus más bajas condiciones.
No es posible sostener con seriedad que el país haya tenido otro modelo desde la restauración democrática que el cortoplacista. Es decir, aquel que permite el renacimiento del entusiasmo y que será derrochado por sus promotores en aras de la perduración en el poder.
La insólitamente prolongada negociación del reciente acuerdo limitado con el Fondo Monetario Internacional ha sido una demostración cabal acerca de la incertidumbre donde se encuadra la política nacional. Durante ese tiempo, el gobierno de transición, que llegó renegando del presunto modelo precedente, debió arriar sus banderas al chocar con la evidencia de su histórico mentor acerca de que "la única verdad es la realidad"; o sea, el cartesiano aforismo que condena a morir todo aquello que no cambia.
La política argentina de las recientes décadas ha sido, en ese sentido, un elocuente fracaso, pues sus ejecutores, cautivados por el poder, no advirtieron la velocidad de los cambios que las sucesivas realidades imponían. No así la sociedad que, hiperinformada por la inmediatez de las comunicaciones y los medios en tiempo real, pudo contrastar la gran diversidad temporal que mide el atraso de nuestra clase política respecto de la comunidad internacional.
Se ha repetido hasta el cansancio, y parece necesario seguir haciéndolo, que la transición argentina y la que realizó simultáneamente Brasil marcaron la diferencia de comportamientos y consecuentes resultados de ambos países. Nuestro vecino enfrentó los problemas del acuerdo con los organismos internacionales mediante un amplio consenso preelectoral, y hoy representa una razonable garantía de cambios positivos en la región. No puede vislumbrase lo mismo sobre nosotros, cuando las voces políticas más expectables apelan al discurso confrontativo con la realidad. Paralelamente a la crisis nacional, los argentinos hemos podido observar cómo actúan y se desenvuelven en el mundo comunidades muy diversas, desde las hambreadas y tiranizadas, hasta las económicas, libres y socialmente ricas que, sin ser unas potencias políticamente dominantes, configuran modelos ejemplares para la reflexión.
Como oportunamente se señaló hace un tiempo en este sección, los valores y las condiciones de una calidad de vida asociada con la confianza internacional, cuya pérdida sumió a la República a su situación actual, son los que aparecen exitosos en tales casos: orden y seguridad jurídicos para fortalecer los derechos, seriedad fiscal y certidumbre política.
Esas exigencias requieren equilibrio político entre las ideologías y el realismo, y resumen las demandas legítimas de una sociedad auténticamente democrática, donde la libertad es bastante más que la posibilidad de protestar contra la injusticia, y los poderes públicos se ejercen esencialmente como un servicio.
No es posible sostener con seriedad que el país haya tenido otro modelo desde la restauración democrática que el cortoplacista. Es decir, aquel que permite el renacimiento del entusiasmo y que será derrochado por sus promotores en aras de la perduración en el poder.
La insólitamente prolongada negociación del reciente acuerdo limitado con el Fondo Monetario Internacional ha sido una demostración cabal acerca de la incertidumbre donde se encuadra la política nacional. Durante ese tiempo, el gobierno de transición, que llegó renegando del presunto modelo precedente, debió arriar sus banderas al chocar con la evidencia de su histórico mentor acerca de que "la única verdad es la realidad"; o sea, el cartesiano aforismo que condena a morir todo aquello que no cambia.
La política argentina de las recientes décadas ha sido, en ese sentido, un elocuente fracaso, pues sus ejecutores, cautivados por el poder, no advirtieron la velocidad de los cambios que las sucesivas realidades imponían. No así la sociedad que, hiperinformada por la inmediatez de las comunicaciones y los medios en tiempo real, pudo contrastar la gran diversidad temporal que mide el atraso de nuestra clase política respecto de la comunidad internacional.
Se ha repetido hasta el cansancio, y parece necesario seguir haciéndolo, que la transición argentina y la que realizó simultáneamente Brasil marcaron la diferencia de comportamientos y consecuentes resultados de ambos países. Nuestro vecino enfrentó los problemas del acuerdo con los organismos internacionales mediante un amplio consenso preelectoral, y hoy representa una razonable garantía de cambios positivos en la región. No puede vislumbrase lo mismo sobre nosotros, cuando las voces políticas más expectables apelan al discurso confrontativo con la realidad. Paralelamente a la crisis nacional, los argentinos hemos podido observar cómo actúan y se desenvuelven en el mundo comunidades muy diversas, desde las hambreadas y tiranizadas, hasta las económicas, libres y socialmente ricas que, sin ser unas potencias políticamente dominantes, configuran modelos ejemplares para la reflexión.
Como oportunamente se señaló hace un tiempo en este sección, los valores y las condiciones de una calidad de vida asociada con la confianza internacional, cuya pérdida sumió a la República a su situación actual, son los que aparecen exitosos en tales casos: orden y seguridad jurídicos para fortalecer los derechos, seriedad fiscal y certidumbre política.
Esas exigencias requieren equilibrio político entre las ideologías y el realismo, y resumen las demandas legítimas de una sociedad auténticamente democrática, donde la libertad es bastante más que la posibilidad de protestar contra la injusticia, y los poderes públicos se ejercen esencialmente como un servicio.







