En el management, cada vez está más difundida la convicción de que la calidad ética de la empresa depende, en último término, del talante humano de quienes la integran y muy especialmente de sus directivos. Es evidente que todas las personas son responsables de sus actos, pero el hecho de dirigir a otras conlleva una carga mayor, plantea Patricia Debeljuh, directora de la consulotra Más Valores (www.masvalores.com.ar).
Por lo tanto, la pieza clave en la ética de la empresa es, sin duda, el conjunto de hombres y mujeres que la dirigen. Es verdad que sus subordinados son libres y pueden actuar éticamente o no, a pesar de sus esfuerzos. Pero dada su posición en la organización, el directivo puede contribuir muy positiva o negativamente al ambiente moral de la empresa y a la calidad de las personas que colaboran en ella, indica la experta.
En efecto, a los altos ejecutivos les compete conducir la empresa hacia sus fines y guiar los esfuerzos de todos para alcanzar esos objetivos comunes, sin olvidar que dirigir implica gobernar personas, es decir, seres libres. Con frecuencia, sobre ellos recae la responsabilidad de convertir los valores propios de la empresa en los objetivos que las personas quieran alcanzar individualmente, señala Debeljuh. “Si un directivo tiene mucho ascendiente entre sus empleados no necesitará usar una presión coercitiva para que sus órdenes sean cumplidas. Para conseguirlo es importantísimo dar ejemplo. Desde este punto de vista, cobra especial relevancia la talla moral del directivo”, puntualiza. Los tiempos en que se seguía al líder por lo que él “sabía hacer” han pasado; en la actualidad se le sigue por lo que “él es”, es decir, por su integridad de carácter, por sus convicciones morales, sus principios y su coraje, sostiene la experta. “Hoy más que nunca se le pide al líder que sus valores traspasen las paredes de la cultura organizacional y que refleje en sus actitudes que se siente comprometido con ellos. Como fruto de este compromiso, el directivo tiene inevitablemente que plantearse un fin personal, reconocer cuáles son sus valores últimos y analizar si su conducta refleja una coherencia entre esos ideales y su tarea directiva”, remarca.
El liderazgo, por tanto, hunde sus raíces en la capacidad del directivo de vivir y transmitir los valores. Si, a su vez, se pretende que el líder eduque a otros en valores, es necesario que él mismo esté entusiasmado con ellos. Y esto sólo lo consigue quien los vive y asume en su quehacer cotidiano. “En definitiva, al líder se le reclama una integridad que lleva a vivir con coherencia entre aquello que sabe, lo que profesa y lo que, en definitiva, hace. Esto tiene múltiples aplicaciones, por ejemplo, decir la verdad, cumplir los compromisos y, sobre todo, ser fuente de ejemplo mediante la práctica de acciones que manifiesten los valores y creencias que se dicen seguir y admirar”, indica Debeljuh.
18 Noviembre 2008 Seguir en 
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