Las encuestas, como se sabe, muestran una brecha creciente entre Obama y McCain. En base a las proyecciones de voto y la integración del Colegio Electoral, una de las empresas más serias estimó que las probabilidades de victoria para el candidato demócrata son del 95%. Un reporte de Matthew Mosk -especialista en "la micro" del Grand Old Party- en el "Washington Post" brindó un dato contundente: en los días finales de la campaña, el comando de McCain ordenó reducir gastos en lugar de inyectar fondos a gran escala, como sucedió con Bush en 2004 y toda otra elección que se recuerde. Desde "The Economist" hasta el "New York Times", pasando por los más célebres conservadores -Fukuyama, Powell, la nieta de Eisenhower y la lista sigue- llamaron a votar por él. No debería haber, con estos datos, más dudas: salvo que se quiera exprimir ese 5% de probabilidades, hay que proyectar un 2009 con Obama como presidente de EEUU.
Pero la realidad ya no es un Obama cruzando los dedos para que se produzca el sueño lutherkingeano del gobernante negro. En alguna oficina, un Obama con traje de mandatario redefine su agenda a partir de la amenaza de una recesión sin precedentes: nadie sabe cuál será el alcance de la crisis que comenzó en Wall Street y se preanuncia similar a la de 1929. El trabajo de Obama es evitar la profecía. Se espera de él que sea la fusión entre John Kennedy, Reagan y el reverendo King. Es decir, un presidente transformacional.
Entre las novedades que puede traer Obama para responder a esta expectativa que generó es un gobierno de "unidad nacional" a partir de un gabinete de talentos bipartidarios. Un presidente transformacional es lo mínimo que se requiere para reparar las enormes pérdidas que deja la era Bush. Por eso los votantes de Obama pondrán en las urnas el cheque más blanco de la historia reciente. Se vienen tiempos tan apasionantes como difíciles en la potencia hegemónica del mundo.
02 Noviembre 2008 Seguir en 








