Las elecciones presidenciales pueden describirse como un mecanismo eficiente para tratar de identificar la capacidad de liderazgo de los candidatos que apuntan a la Casa Blanca. EEUU es aún el país más poderoso del mundo y su proceso electoral es observado con interés en toda la tierra. Gracias a los distintos componentes de su complejo mecanismo electoral, todos tenemos hoy una mejor impresión de los dos candidatos. En la comparación sale favorecido Barack Obama, el favorito de las encuestas. No sólo porque personifica el cambio que su desmoralizado país parece necesitar, sino porque, desde la calma y la moderación, Obama llama (sin resentimientos) a una sociedad dividida como pocas, a unirse frente al desafío de superar la crisis económica.
En elecciones normales el triunfo de Obama es probable, pero no seguro. Preocupa, sin embargo, que ese triunfo tenga tal magnitud que, incluyendo el Congreso, concentre lo sustancial del poder en el Partido Demócrata y deje de lado el saludable equilibrio que el bipartidismo genera. Obama parece haber conducido una campaña más efectiva que John McCain y sobresalió en los debates televisivos. Tiene carisma y es capaz de inspirar. Se lo puede acusar de juventud, o sea de inexperiencia, pero con solo citar los nombres de quienes lo acompañan, como los de Lawrence Summers, Timothy Geithner o Paul Volker, en el área económica; o Dick Lugar, John Kerry, Richard Holbrooke o Strobe Talbott, en política externa, las dudas se despejan. En EEUU nadie puede gobernar en soledad.
A McCain, la elección de Sarah Palin para vice terminó perjudicándolo. La gobernadora de Alaska mostró inmadurez, y la dureza en sus posiciones y sus punzantes ataques tampoco generaron en la gente la reacción que los republicanos esperaban. Por esto, y por la sombra de la gestión de Bush, de la que no pudieron zafar, sus chances son menores que las de Obama, aunque la historia aún no se escribió.
02 Noviembre 2008 Seguir en 








