Nuestro diseño institucional es hijo de las luchas civiles del siglo XIX. Si bien el modelo fue norteamericano, no se puede negar la influencia próxima y desangrada de los constituyentes para superar la anarquía. Dicho diseño establece una matriz presidencialista, facilitador del cesarismo. En definitiva, nuestra fuerza cultural proviene de la impronta hispano-argentina, formalizada en las leyes y en la desformalización cotidiana que constituye nuestra cultura política. Es decir que el personalismo encuentra luz verde en la estructura constitucional, o mejor dicho, en las orillas de dicha estructura. Jugar al límite es parte de nuestra historia institucionalPor eso nuestra historia está llena de contradicciones y tenemos a liberales en política que han apoyado toda interrupción institucional y que coexistieron dramáticamente con los principales movimientos de nuestra historia que, en nombre de una democracia real, violentaban las reglas de la convivencia democrática.
El gran dilema nacional, en lo político, es poder superar la tragedia del péndulo entre lo institucional y el voluntarismo, agravado por la versatilidad de la opinión pública, que en esta época no da la vida por nadie. Además de la labilidad del bolsillo se agrega otro factor del mundo moderno y es que el bombardeo de imágenes de las comunidades hiperinformadas -lo que no significa bien informadas- establecen que los gobiernos que administran Estados, son un actor más dentro de la sociedad del espectáculo. Por lo tanto, la cuestión comunicativa se ha profesionalizado al punto de ser uno de los debates actuales más importantes: la relación entre la política y los medios masivos. Buena parte de la eficacia de una administración descansa en lo que se llama "la campaña permanente".
Hoy el dispositivo vuelve a repetirse: Néstor Kirchner concentró en él todos los aplausos de su gestión, sin compartir con nadie: ni equipo, ni gabinete; del mismo modo y mediante el mismo mecanismo, hoy la Presidenta concentra la recepción de todas las críticas. Este modelo de comunicación acentuado por el estilo hiperbólico del kirchnerismo es más sensible a cualquier tropiezo y también a la erosión del tiempo, porque se agota más rápido. El hecho de que la etapa de Cristina Fernández de Kirchner sea percibida como una continuidad, impulsa la saturación.
Señalaría también que las dificultades más aprehensibles a la fecha son la extensión del conflicto con el campo y la negación de la inflación. En ambos casos, parece que la política fracasa como ciencia y como arte.