El desgaste en el poder

Función pública y conducción política.

23 Junio 2008
El prolongado conflicto entre la Nación y el campo en torno del incremento de las retenciones a las exportaciones ha repercutido, a los efectos estrictamente políticos, en una notable erosión de figura pública de la Presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Justamente, LA GACETA dio cuenta, en su edición del sábado, de un sondeo privado de la consultora Giacobbe y Asociados, en el cual se consigna que la imagen positiva de la jefa de Estado es del 19,9%, mientras que la negativa trepa al 50,8%.
Esta situación actualiza una constante del Estado. Así como la naturaleza de los poderes políticos es distinta, el pasado y el presente han mostrado en la Argentina, y particularmente en Tucumán, que el desgaste político afecta esas estructuras también de manera diferente.
En los poderes ejecutivos, como es evidente, el desgaste político recae directamente sobre la figura de su titular: la mandataria, en el caso de la Nación, los gobernadores, en las provincias, y los intendentes, en las ciudades. Pero no parece ocurrir lo mismo con los parlamentos, donde es la institución en general antes que sus miembros en particular la que soporta, eventualmente, los cuestionamientos. En términos cotidianos, los ciudadanos se quejan, del Senado, de la Legislatura o del Concejo Deliberante, y no del vicepresidente de la Nación, del vicegobernador o del concejal que presida el cuerpo deliberativo. En contraste, reniegan del intendente, del gobernador o de la Presidenta, y no de departamentos o poderes ejecutivos.
Aunque es común atribuir el desgaste de los mandatarios al paso del tiempo, puesto que se sostiene que comienzan a perder poder y a ganar debilidad conforme se acerca la finalización de sus mandatos, la Argentina del nuevo milenio sólo ha mostrado excepciones contra ese supuesto. Fernando de la Rúa renunció, en diciembre de 2001, en medio de una repulsa masiva y de una debacle económica, cuando aún le quedaban dos años de mandato. Néstor Kirchner completó cuatro años y medio de gestión (asumió el 25 de mayo de 2003, seis meses antes de lo que manda la Constitución, porque Eduardo Duhalde había decidido entregar el poder ese día) con una envidiable imagen positiva. Su esposa, a seis meses de gestión, acumula una imagen negativa categórica.
Frente a estos antecedentes, parecen ser factores no precisamente vinculados al tiempo los que mellan a los gobernantes. (Ver "Catalizadores de las crisis")
Como agravante, los jefes de los poderes ejecutivos han planteado modelos de gestión en los cuales ellos mismos son los fusibles afectados cuando hay cortocircuitos en sus administraciones.Según el politólogo Rosendo Fraga, estas son las consecuencias del hiperpresidencialismo que vive el país. Un esquema atractivo para los gobernantes cuando la realidad general del Estado es buena, porque ellos acumulan poder en detrimento de los parlamentos. Pero cuando no hay bonanza, la situación se torna sumamente riesgosa. Y, con ello, tiembla no sólo la estabilidad del funcionario electivo, sino la gobernabilidad misma. (Ver "Los acaparadores")
El analista político Ricardo Rouvier, precisamente, expone que los mandatarios han planteado un sistema en el cual ellos capitalizan todas las adhesiones por los aciertos de su gestión, "aplausos" que no comparten con los miembros de su equipo de gobierno. De igual modo, a la hora de los desaciertos, también monopolizan los cuestionamientos. (Ver "Hiperpresidencialismo")
La situación no se da de igual manera en los parlamentos, aparentemente, porque sus decisiones son una suma de voluntades -por más mayorías automáticas que hubiere-, mientras que en los Ejecutivos, por su propia mecánica y por los estilos de Gobierno imperantes, las disposiciones son individuales. Así, la aprobación y el desgaste son las dos caras de la concentración del poder.

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