Solos en la madrugada y con la tensión a pleno
Empresarios y trabajadores están en un mismo barco y temen que sus actividades naufraguen debido al conflicto. Suben los costos y bajan la rentabilidad y el salario. Por Marcelo Aguaysol - Redacción LA GACETA.
20 Junio 2008 Seguir en 
Eran las 2 de la madrugada de ayer. Los choferes habían estacionado sus colectivos cerca de una estación de servicios de Tafí Viejo. Se habían quedado allí después de una tensa jornada laboral, durante la cual todo el mundo había pedido explicaciones acerca de lo que sucede en el país. Lo hacían convencidos de que corre peligro su fuente laboral. No hay gasoil en los canchones y los dueños tienen que salir a comprar combustible para mantener el servicio. El martes, un ejecutivo de Scania miraba por la ventana hacia la planta de producción, preocupado por la falta de materia prima para elaborar las cajas de cambios. En el ambiente se percibía también la tensión de los empleados, por el temor a las suspensiones.
Los platos se rompieron el mismo momento en que el Gobierno mostró el menú con los aumentos de las retenciones. Esperó 100 días para enviar un proyecto de ley al Congreso, y lo hizo a libro cerrado, sin posibilidades de que sea discutido. El desabastecimiento dejó de ser un fantasma y se corporizó en cada góndola vacía, en cada estación de servicio de Shell o de YPF, donde los playeros sólo hacen tareas de mantenimiento. Los conos anaranjados, como fantasmas enanos, espantan a los automovilistas. En las de Refinor el panorama cambia. Sus playeros trabajan a pleno, mientras una cola de automóviles rodea la manzana a toda hora.
Los trabajadores salen de su casa rezando para que el colectivo pase a la hora señalada. La desesperanza colectiva generada por un conflicto que no encuentra salida hace que cualquier discurso suene hueco, vacuo. El malhumor social -como era de esperar- se refleja más en los indicadores privados que en los que elabora el Indec. Según el Centro de Investigación en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella, el índice de confianza del consumidor alcanzó este mes su nivel más bajo en los últimos cinco años. Mientras más lejos se está de la Casa Rosada, mayor es el pesimismo sobre el rumbo económico. El índice muestra que la caída más fuerte se observó en el interior del país. Y señala también que el malhumor argentino no hace distinción de clases sociales. "Tanto el estrato más pobre como el de mayores recursos se han vuelto más pesimistas en relación con la situación macroeconómica prevista para el corto plazo", advierte el diagnóstico académico.
No hay sector económico que no haya sentido los efectos del conflicto. Ruralistas, industriales y comerciantes perdieron rentabilidad; los trabajadores, el poder adquisitivo de sus salarios, por efecto de la inflación. Los costos son mayores, para un país emergente que tiene aplica a sus contribuyentes impuestos más caros que los europeos y, sin embargo, está sumergido en la desaceleración económica a causa de cortocircuitos políticos.
A la larga, el campo puede va a pagar los costos de la prolongada protesta. Son los riesgos que corrió al reclamar lo que entiende que es su derecho. Pero marcó una diferencia respecto de otros: defendió su postura ante un gobierno kirchnerista desacostumbrado a debatir las decisiones que toma. Desde ese punto de vista, representa a aquellos sectores que, por presiones o por estar fuertemente subsidiados por el Estado, hoy callan.
Con el conflicto ganó la inflación y perdió la sociedad, como resaltaron varios analistas a LA GACETA. Parafraseando a Joaquín Morales Solá, los argentinos ya se acostumbraron a la sensación de estar en el carrito de una montaña rusa que sin necesitar combustible, mantiene el desesperante vértigo social que significa no saber qué nos deparará el país mañana.







