El peligroso juego de vaciar instituciones
Alperovich, como Kirchner, está advirtiendo cuán problemático puede resultar acaparar todos los espacios y despejar de actores la vida política. Debilidad legislativa. Por Federico Abel - Redacción LA GACETA.
18 Junio 2008 Seguir en 
El gobernador José Alperovich está desorientado. Durante los últimos cinco años acaparó cuanto espacio de poder pudo pensando que, de ese modo, reducía a la oposición a juguete inofensivo. Pese a tanto esmero, finalmente, el peligro vino desde adentro, por implosión. El principal problema -hoy casi insoluble- proviene de la falta de pericia política del Gobierno nacional para salir del callejón innecesario en el que se metió por la forma en que impuso las retenciones a las exportaciones. El tucumano dejó traslucir su desconcierto cuando ayer, antes de viajar a la Capital Federal para dar testimonio de fe kirchnerista -al menos mediáticamente-, reconoció que no sabía ya qué se discutía en el país. En realidad estaba queriendo decir: "no entiendo por qué, si hice todo para desactivar a mis potenciales enemigos provinciales, el lunes a la noche fueron a cacerolear a la Casa de Gobierno y a pedir que nos vayamos todos, incluido yo". Lo que no puede advertir Alperovich es a lo que conduce el hiperpresidencialismo, modelo que en Tucumán él replicó meticulosamente, en el afán de probar -curiosamente con el esmero propio de los conversos- que era tan kirchnerista como el que más. Entonces, no tiene razones objetivas para mostrarse pasmado: él también es responsable -incluso por omisión- por cada vez que no levantó su voz para quejarse o al menos para sentar su posición sobre cómo se afrontaba esta crisis, que fue creciendo por ondas expansivas. ¿Alguien recuerda alguna observación concreta o disidencia que haya manifestado públicamente Alperovich? Durante los últimos 100 días, más que un gobernador fue un vocero encargado de explicar o justificar los pasos que daban los Kirchner. Como consecuencia, tuvo que padecer que los ruralistas no sólo manifestaran en la plaza Independencia, sino prácticamente en el patio de su casa o en las tranqueras de sus fincas. El lunes, como consecuencia, la bronca no hizo distinciones ni discriminó.
Confusión matrimonial
Es evidente que el problema de las retenciones móviles, más allá de su carácter odioso, como toda imposición, expresa uno más profundo sobre concepciones económicas casi irreconciliables. Pero también es el síntoma de un malestar político impreciso, gaseoso e informe, con algunas -o muchas- similitudes con los cacerolazos y con el que se vayan todos de 2001. Ya resulta difícil determinar dónde concluye concretamente el descontento contra las medidas fiscales sobre el sector rural y dónde comienzan los cuestionamientos de otra índole.
El Gobierno tampoco ayudó a deslindar ambos ámbitos y hasta colaboró en su confusión, como si le conviniera echar mano del viejo y furioso lenguaje peronista para distinguir entre "nosotros y la contra". No en vano, lejos de llamar a la concordia, ayer el ex presidente Néstor Kirchner trazó la división entre los que estaban a favor del sistema democrático y los otros (por los dirigentes rurales), a los que endilgó haber apoyado otros procesos, con toda la carga semántica que este último vocablo encierra en la historia argentina.
La desorientación de Alperovich sí tiene fundamento en un punto. Quienes en el juego político se preocupan por desalojar actores o vaciar instituciones ahora saben que pueden quedar solos, sin instancias de mediación, frente a una sociedad irritable que puede reaccionar espasmódicamente o aprovechando coyunturas, como esta, para expresar mensajes que parecieran no tener otros conductos o vías de canalización. De ello también debe tomar nota la oposición.
En esto resulta sintomático que Kirchner haya comenzado ayer enumerando los logros de su gestión, porque, efectivamente, como si se tratara de una sucesión real, nadie sabe cuándo terminó su mandato -si es que esto sucedió ya- y cuándo comenzó el de su esposa.
A eso hay que sumar que se jactó del funcionamiento independiente de los poderes del Estado cuando en el país prácticamente no hay quien no piense que el Congreso es una notaría del Poder Ejecutivo, casi como en Tucumán. Como síntoma de esa degradación legislativa, olvidó decir que es el presidente que más decretos de necesidad y urgencia dictó en nuestra historia. Y la mayor prueba es que la retenciones de la discordia no fueron impuestas por ley, sino por medio de una simple resolución del Ministerio de Economía, con lo que no sólo se evitó el debate sobre su razonabilidad y sobre su carácter social, sino también que ingresen en la masa coparticipable (el producto de los derechos de aduana corresponden al Gobierno federal). Por eso, como si hubiera sido presa de un tardío ataque de legalidad tributaria, horas más tarde su esposa-Presidenta anunció que el tema, por fin, pasará por el Congreso.
Tal como sucede en la Nación, en Tucumán un matrimonio maneja el Gobierno y el partido oficialista. Hasta en eso se proyecta el símil político-institucional. Entonces, después no hay que andar preguntando -con cara de yo no hice nada- por qué sucede lo que sucede.







