¿Qué hacer con los presos peligrosos?

El reclamo de mejor trato a los reclusos del pabellón de Máxima Seguridad generó polémica. Aunque no agrade a la gente, los jueces deben velar por sus derechos. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

10 Junio 2008
¿Qué hacemos con los presos? ¿Y con los presos peligrosos? La pregunta suena rara. "Nada -respondería posiblemente la opinión pública-, siempre y cuando se los deje ahí, en el fondo de la oscura prisión. Y que no salgan. No importa cómo los traten, pero que no salgan". Pero el problema surge cuando se advierte que, en algunos casos, salen antes de tiempo, y en otros casos, cumplen su condena y tienen que volver a la sociedad, le guste o no a la opinión pública. Otro problema surge cuando se advierte que hay quienes reclaman que los traten como seres humanos. Esto suele generar el enojo de la opinión pública, que reclama, emocionalmente, que se aplique la ley del ojo por ojo, diente por diente, y no ve con agrado que se trate bien a quien trató mal a otros.
Así las cosas, generó polémica en las últimas semanas que se concediera un hábeas corpus a favor de los presos alojados en el pabellón de Máxima Seguridad de la cárcel. Lo generó una denuncia de Roberto Flores, abogado de varios reos, que aseguró que habían sido golpeados y que pasaban encerrados 23 horas diarias en una celda de dos por dos.
No se conocen cuántos de los 23 reclusos que fueron llevados a ese pabellón son condenados, y cuántos, procesados; pero se sabe que entre los defendidos por Flores se encuentran Pablo Amín (acusado de asesinar salvajemente a su esposa en un hotel) y Lucas González (confeso homicida de su novia, María Fernanda Chaila). Ambos están a la espera del juicio oral, pero, dada la índole de los crímenes de los que se los acusa, la opinión pública no sólo los ha condenado anticipadamente (eso dijo Flores acerca de González) sino que espera que nunca salgan de la prisión.
Así lo expresó Olga Rivadeneira, la madre del remisero Luis Cisterna, asesinado por Alberto "Pelusa" Tolosa, uno de los condenados defendido por Flores. "Todos los que están ahí son personas peligrosas. Ese tipo de gente nunca podrá rehabilitarse para vivir en sociedad. Siempre pasará lo mismo", dijo la señora, que se hizo muy conocida porque movió cielo y tierra para que la Policía capturara a Tolosa. Tan indiscutible es su tesón como su amargura por lo irremediable. "Yo quisiera preguntar qué derechos tuvo mi hijo antes de ser asesinado. El pidió clemencia por sus cuatro hijos y nadie lo escuchó", dijo. Ella tiene una idea de qué hacer con los presos: que no salgan nunca, diría. En su opinión, los reos peligrosos son como el caníbal Hannibal Lecter: incorregibles.
Los funcionarios de la penitenciaría cumplen a medias con este deseo de la gente: los tienen encerrados, pero suelen ser indiferentes a los problemas que se generan cuando se les da permisos extramuros o cuando se les reducen las penas por supuesta buena conducta, o cuando reinciden porque no se logró la readaptación para que vuelvan a la sociedad.
El Estado (el Gobierno) no se interesa demasiado por los presos, más allá de tratar de tenerlos encerrados. Por de pronto, no ha dispuesto presupuesto para nombrar los dos jueces de Ejecución de Sentencia, figuras creadas por ley desde hace dos años para que se ocupen de lo que pasa con los reos (para que no sufran maltrato ni malas evaluaciones psicológicas, y para disminuir los riesgos de fugas); tampoco cumple con la Ley 24.660, que establece que debe reglamentarse el régimen de encierro, para que no haya arbitrariedades que generen denuncias como las que nos ocupa.
En cambio, los jueces saben que, de los procesados, es probable que algunos sean declarados inocentes. Y que de los condenados, es posible que algunos lleguen a salir en libertad. ¿No están, acaso, libres algunos condenados célebres que ya cumplieron sus penas?
¿Qué hacemos con los presos?, se preguntan los jueces con miedo a que ocurran incidentes y fugas como la de Tolosa, que desembocó en el juicio político a una camarista. Y se responden: aplicar la ley; tratarlos como seres humanos. Aunque algunos sean como Hannibal el Caníbal, y nadie quiera que anden sueltos.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios